Nelson Pizarro Pasó en Mendoza Pasó en Mendoza, mi gente bella. Y, hoy, se los vengo a contar. Porque si los versos no alcanzan, la prosa me ha de ayudar. Historia confusa si las hay, pero que nadie ha de ignorar. Era el mes de marzo cuando el sol pegaba de costado y las uvas ya no pueden más de maduras. El calor en Mendoza no pide permiso: entra por las rendijas, se mete bajo la camisa y te besa la nuca sin que vos
lo invites. Y en ese calor, entre hilera e hilera de Malbec, andaba Julián. Veintidós años, manos grandes como hechas para arar la tierra y espalda ancha como promesa. Hijo de cosechador, nieto de cosechador, bisnieto quizás de algún peón que cruzó la cordillera con lo puesto y se quedó porque la tierra lo agarró y no lo soltó más. Julián cortaba racimos con una delicadeza que no combinaba con sus manos. Cada uva era un asunto serio para él. La miraba, la sopesaba, decidía. Los patrones decían que tenía ojo, que sabía cuándo la fruta estaba lista mejor que el propio mandamás que venía de la ciudad con sus aparatos y su título enmarcado. Pero Julián no sabía leer bien y eso, en este mundo, pesa más de lo que debería. La finca era de don Aurelio Fuentes. Tierra heredada, vino premiado, nombre con peso en toda la región de Luján. Un hombre de pocas palabras y muchas hectáreas, que miraba a sus peones con la misma expresión con que miraba el cielo antes de la lluvia: calculando daños. Y tenía una hija. ¡Ay, gente! Aquí es donde la historia se complica. Aquí es donde conviene acomodarse bien porque lo que viene no es sencillo, aunque tampoco es nuevo. Nunca es nuevo. Pero siempre duele como si fuera la primera vez que le pasa a alguien en el mundo. La hija se llamaba Rosario. Rosario Fuentes. Y ella sí sabía leer, y sabía de vinos, y había estudiado enología en Mendoza Capital, y hablaba de taninos y de crianza en barrica con una seguridad que dejaba callada a la mesa entera. Pero lo que más tenía Rosario, lo que ningún estudio le había dado, sino los genes de la madre nomás, era una forma de caminar entre las vides que parecía que las plantas se inclinaban para dejarla pasar. Se conocieron un martes o un miércoles. Esas cosas, cuando las recordás después, pierden el día exacto y solo te queda la luz. Y la luz de ese mediodía era dorada, espesa, casi líquida, como si el aire mismo fuera vino añejo. Rosario andaba haciendo su recorrida de rutina, cuaderno en mano, anotando, probando, pensando en voz alta. Julián estaba en cuclillas
arreglando un riego que había dado problema desde la semana anterior. No la vio llegar. Ella sí lo vio a él, o más bien, vio sus manos primero, que es una forma de ver a alguien que no engaña. —¿Encontraste el problema? —preguntó ella, sin presentación, sin protocolo. Julián levantó la vista. Se quedó un segundo de más mirándola; lo que en otro contexto sería descaro, pero en ese momento fue, simplemente, que no esperaba encontrar esos ojos ahí, esa tarde, en ese surco. —Sí, señorita. Una raíz metida donde no corresponde. Ella se agachó a ver. Cosa que no hacían muchos en su posición. Y eso, gente, eso fue todo. Ese gesto de agacharse. Ese no tenerle miedo a la tierra. Hablaron diez minutos de riego y de raíces. Pero estaban hablando de otra cosa, y los dos lo sabían. Y ninguno lo dijo. Los días que siguieron fueron una cueca lenta. Un cruce de miradas entre las hileras. Un “buenos días” que duraba un poco más de lo necesario y de lo debido. Una vez, Rosario le preguntó su opinión sobre un racimo que le parecía raro. Julián lo tomó en sus manos con esa delicadeza suya y le dijo que le faltaba un poco más, que había que tener paciencia, que las cosas buenas no se apuran. Y ella pensó que estaba hablando del racimo y también pensó que no. Una tarde de viento Zonda, de esos que enloquecen, resecan y hacen que la gente haga cosas que de otra manera no haría; se encontraron los dos solos al final del viñedo, donde los álamos hacen sombra y el mundo parece más chico y más íntimo. No hubo grandes palabras. Hubo una pregunta de ella —¿Cómo aprendiste a leer la fruta así? —y una respuesta larga de él, la más larga que había dado en años, donde habló de su abuelo y de las mañanas frías y de que la vid te habla si la escuchás. Y ella lo escuchó. Lo escuchó de verdad, con esa atención que es una de las formas más antiguas del amor.
Y cuando el viento amainó un poco, sin que ninguno pudiera explicar bien cómo, estaban más cerca. Se encontraron así varias veces. Siempre con la excusa de la finca, de alguna consulta, de algún problema en la tierra. Pero la tierra era solo el pretexto. Lo que crecía ahí, entre ellos, no era vid. Era otra cosa. Más difícil de podar, más difícil de contener. Don Aurelio no era ciego. Los patrones nunca son tan ciegos como uno quisiera. Una noche, llamó a Rosario a su escritorio —ese cuarto olía a roble y a decisiones tomadas de antemano— y le dijo sin rodeos que había notado ciertas cosas. Que él entendía la juventud. Que él había sido joven también. Pero que había cosas que no correspondían, que había un orden en el mundo que no era invento suyo sino de la vida misma, y que ella había estudiado demasiado y valía demasiado para andar perdiendo el tiempo. Rosario lo escuchó. Apretó el cuaderno contra el pecho. Y cuando él terminó, le dijo que lo quería mucho. Y no dijo nada más. Eso tampoco es nuevo, gente. Esa conversación la tuvieron padres e hijas en esta tierra desde antes que hubiera viñedos. Cambian los nombres, cambia el año, pero el escritorio siempre huele igual. Julián lo supo al otro día. No porque Rosario se lo contara, sino porque hay cosas que se saben sin que nadie las diga. Se lo dijo el silencio de ella cuando pasó cerca. Le distancia justa, calculada y dolorosa. Esa noche, Julián se quedó sentado al borde de la acequia mirando el agua que pasaba oscura y rápida, llevándose la tierra que sobraba y también algo más que no tenía nombre. Pensó en irse. Pensó en quedarse. Pensó que el amor, en el lugar equivocado, es como la uva en el momento equivocado: o se pierde, o te amarga el vino. Pero no se fue. Y ella no lo olvidó. La vendimia llegó con todo, como siempre llega en Mendoza: arrolladora, festiva y agotadora. Manos que no paran, canastos que se
llenan, canciones que alguien empieza y todos terminan. En la cosecha hay algo que iguala, aunque sea por unos días, aunque sea solo en la superficie. Todos con las manos tintas, todos con la espalda doblada, todos bajo el mismo cielo. El último día, cuando el sol ya bajaba y la faena casi terminaba, Rosario apareció entre las hileras con ropa de trabajo, cosa que no era tan rara en ella, y empezó a cortar. Los peones la miraron de reojo. Julián la miró de frente. Trabajaron cerca sin hablar. Pero en un momento, cuando los demás estaban más allá y el mundo les prestó un instante de soledad, ella le puso en la mano un racimo. El último que había cortado. Y le dijo bajito, tan bajito que casi se lo llevó el viento: —Vos tenías razón. Había que tener paciencia. Julián miró el racimo. La miró a ella. Y supo, como sabía cuándo la fruta estaba lista, que ese momento era todo lo que iban a poder tener. Que era poco y era mucho al mismo tiempo. Que algunas cosas no se cosechan, se prueban nomás, se guardan en algún lugar adentro donde no llega el frío ni la orden de nadie. —El mejor Malbec que pisé en mi vida —dijo él, en voz igual de baja. Y ella sonrió. Y se fue. Dicen que Julián se quedó en la finca varios años más. Que el vino de Fuentes de ese año ganó un premio importante. Que en las notas de cata hablaban de algo difícil de definir, una profundidad, un algo que te quedaba en el paladar más tiempo del esperado. Que comenzaba dulce y terminaba amargo. Dicen que Rosario se casó después, con alguien que su padre aprobó, y que fue feliz de la manera en que uno puede ser feliz cuando elige la vida tranquila sobre la vida verdadera. Dicen muchas cosas. Pero lo que yo sé, mi gente bella, lo que esta historia guarda en su parte más quieta, es que cada marzo, cuando el sol pega de costado y el aire se vuelve espeso y dorado, en algún surco de ese viñedo todavía
quedan las huellas de dos pares de pies que una tarde se acercaron más de lo que el mundo les permitía . Y las vides, que son viejas y saben, no dicen nada… pero crecen igual.
