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bien oyen Estas niñas
ESTAS NIÑAS OYEN BIEN Bárbara Giménez Loscos
Dedicado a Joaquín, mis hijos, mis padres y mi hermana.
No sabes cuándo empieza. Son cosas sutiles. Con los años te das cuenta de ellas, en el momento en que las vives, no. Yo no sé exactamente cuándo dejé de oír. No tengo recuerdo de algo que oyese y, en un momento dado, dejase de hacerlo. Tampoco nadie te dice lo que escucha, ni tenía cerca ningún adulto que fuera sordo. Mis padres oyen perfectamente. Cuando nos llamaban por la espalda, no siempre nos enterábamos y, en el colegio, la profesora decía que yo era muy despistada. Estos pequeños detalles y algunos otros hicieron que mi madre sospechase que mi hermana y yo no oíamos bien. La primera vez que nos llevaron al médico, simplemente hizo sonar un diapasón y dijo: “Estas niñas oyen bien”.
En mi primer año de colegio, al principio del curso, plantamos algunas legumbres. Al cabo de un tiempo, mi profesora me pidió una tutoría con mi madre para decirle que yo era muy despistada. Yo, a mi madre le había dicho: “Mamá, la profesora quiere hablar contigo sobre mi planta”, “¿Sobre tu planta?”, “Sí, eso me ha dicho”.
Siempre fui una niña aplicada, aunque no muy ordenada. Solía atender en clase en la medida de mis posibilidades. Un día de los pocos en que la clase era divertida porque había música, la profesora me castigó. Había mandado callar, pero yo no me había enterado. Y desde un triste rincón de la clase observé con envidia cómo todos mis compañeros bailaban y jugaban al son de la música de la Pantera Rosa.
Con las personas que te rodean cada día te entiendes, te acostumbras a sus voces y a su forma de hablar. Algunos fines de semana íbamos al pueblo de mi madre, en Toledo, a ver a mis abuelos. Allí la gente tiene una manera de hablar peculiar, más cerrada. Mi abuela era muy miedosa, siempre me decía que no hablara con chicos y discutía mucho con mi madre. En una de aquellas visitas, me preguntó algo sobre el cole o algo así, pero como no era capaz de entender lo que estaba preguntando, solté lo que estaba acostumbrada a oír decir a mi madre: “Pero no digas tonterías, abuela”.
Al final del curso de natación hicieron un pequeño campeonato. Estilo libre. Dieron la salida y cuando ya estaban todos en el agua, me tiré yo. Como era estilo libre, me di la vuelta y nadé de espaldas. Me llevé una medalla.
Cuando éramos pequeñas, mi madre empezó a estudiar logopedia. Mi tía lo había empezado a estudiar un año antes y se lo recomendó. Cuando llegó al tema de la audición, a medida que avanzaba en sus clases, acabó viendo claramente que había detrás de aquellos despistes de sus hijas en el colegio: no atender cuando las llamaban por la espalda, no oír los pájaros... No se lo pensó mucho y solicitó una cita con el médico. La primera vez que nos llevaron, el médico simplemente hizo sonar un diapasón y dijo: “Estas niñas oyen bien”.
Mi madre no cejó en su empeño hasta que consiguió que el médico autorizara una audiometría. La primera vez que entré en aquel espacio cerrado herméticamente, al minuto, ya quería salir de allí. Afortunadamente, la enfermera, alarmada, no tardó en abrir la puerta porque no podía escuchar algunos de aquellos sonidos: “Señora, su hija no oye estos sonidos y el aparato está recién arreglado”. Mi madre, sin necesidad de ponerse los cascos, dijo: “Yo los oigo perfectamente”.
El diagnóstico de los médicos fue claro: “Hipoacusia neurosensorial bilateral del 75% de pérdida”. Para mis padres fue un verdadero shock. Había señales de que sus hijas no oían bien, pero no esperaban algo así. Mi padre recuerda que se quedó de una pieza cuando se lo dijeron.
A través de algún familiar conseguimos que nos admitieran en el Hospital Ramón y Cajal para hacernos un seguimiento. Por supuesto, era el hospital que más lejos estaba de nuestra casa. Ir allí en transporte público era todo un periplo. Desde que llegabas hasta que te atendían, te podías pasar allí toda la mañana. Nos atendía la doctora Castillo, un amor de persona. Se interesaba por nosotras, nos preguntaba cómo estábamos y cómo nos iba en el cole. Ya en su primer informe nos recomendó clases de logopedia y llevar audífonos. Pero, a los pocos años, la mujer murió y el doctor que la sustituyó fue la persona más opuesta a ella que podía haber. No nos preguntaba qué tal y siempre decía que no había nada que hacer. Estuve yendo hasta pasados los 20 años y, siempre que iba, me soltaba la misma cantinela: “No se puede hacer nada”.
Tras el diagnóstico, y una vez que obtuvimos los informes médicos, comenzó una odisea de papeleo. A mis padres les recomendaron hacer una “Solicitud de Reconocimiento de la Condición de Minusvalía y/o Subnormalidad”. Acudimos a la cita para que nos dieran el veredicto. El médico que nos vio se tapó la boca con un papel y nos hizo unas preguntas. No supe entender nada de lo que me decía. Nos hizo ver que si hasta ahora nosotras entendíamos bien, era porque leíamos los labios.
El profesor de logopedia de mi madre nos remitió al centro audiológico “Pro -audi”, en el barrio de Chamberí. Era una casa enorme, antigua, con el típico salón con sillones de cuero marrones. Lo llevaban dos mujeres. La que nos hacía las audiometrías era una señora peinada a la antigua, de las que se ponen rulos para dormir. El pasillo era de parqué y se escuchaba n los tacones que iban y venían. No me gustaba nada la idea de llevar un audífono. A partir de entonces se acabaron las coletas o cualquier otro peinado que mostrase mis orejas. Trataba de ocultarlo a toda costa. No era tan pequeño como los que se llevan ahora.
Mi padre aún conserva los recibos de las clases de logopedia que recibimos mi hermana y yo, una vez a la semana, durante varios años. Allí, reforzábamos el aprendizaje de la lectura labial que habíamos adquirido de forma intuitiva. También aprendíamos a vocalizar todas las letras correctamente. Y, sobre todo, lo que menos me gustaba, a pronunciar la “s”. Teníamos que sisearle a una máquina con una aguja móvil y, si ésta no se movía, teníamos que intentarlo una y otra vez.
Los audífonos había que ponérselos antes de salir de casa y comprobar que iban bien. Si veías que no funcionaban, les cambiabas las pilas. Cambiábamos las pilas sin ton ni son. Los primeros audífonos llevaban hasta dos pilas. El día que fuimos a la revisión, después de unos años, la audioprotesista dijo: “¡Pero si los audífonos que llevan estas niñas no funcionan!”.
Cuando empecé el instituto mi madre me repetía como un mantra: siéntate en primera fila, ponte en primera fila, tú en primera fila, ... Así que yo siempre me sentaba en primera fila. Por supuesto, nadie quería sentarse a mi lado, por lo que pasaba muchas clases sola. Sólo se sentaba aquel o aquella al que no le quedaba más remedio porque no quedaban sitios más atrás. Hubo algún que otro chico que quería ligar conmigo y a mi lado se sentó y con alguno llegué a salir.
Teníamos un profesor de Historia que, a la vez que explicaba en clase, solía dictar los apuntes. Pero muchas veces me perdía y trataba de copiar desesperadamente de mi compañero de al lado para poder volver a retomar las explicaciones rápidamente. Tanto me concentraba que a veces, mi compañero me escribía tonterías y yo las copiaba sin pensar. Hubo un día que llegué a copiar en mi cuaderno: “supercalifragilístico”.
En la universidad ya no es que no oyese sino que además estaba en un aula con mogollón de gente. Los profesores hablaban y hablaban y yo no me enteraba de nada. Aquello que explicaban no había quien lo entendiese. Hubo un profesor al que le pedí que no se paseara por el aula para que pudiese leerle los labios pero me contestó: “Yo soy como Michael Jackson, necesito subir y bajar del escenario”.
Cuando Pro-audi, nuestro centro audiológico, cerró, nos remitieron a un sitio similar. Llevado por dos mujeres en una casa antigua del barrio de Chamberí con sus correspondientes sillones de cuero. Les pregunté varias veces por audífonos mejores, los míos ya tenían unos años. Pero, como funcionaban, mejor no cambiarlos. También les pregunté si conocían otros sistemas de ayuda para ver la tele u otras cosas, pero no supieron decirme. Cuando iba a alguna marca reconocida de audífonos. el personal que te atendía no mostraba ninguna empatía. Como si no fueran conscientes que las personas a las que atendían tuvieran problemas de audición.
Faltaban unos meses para que naciera mi primer hijo. Necesitaba algo que, cuando estuviera sola en casa, me permitiera saber si lloraba. En realidad, también lo necesitaba para cuando llamaban a la puerta y también un despertador pues hasta ahora había utilizado un CD puesto a todo volumen que normalmente no oía y alguien tenía que despertarme. Pregunté en mi centro de referencia, pero por supuesto no supieron decirme. Al final buscando y buscando por internet encontré lo que necesitaba. Era un sistema compuesto de varios artefactos que detectaban los sonidos. Una pequeña pieza con una pinza que vibraba y te avisaba con luces de colores indicando lo que en ese momento sonaba. Y un despertador con vibrador que te despertaba a tu hora o porque sonaba algo. Acabé comprándolo en Austria para mí y para mi hermana, con una notable rebaja respecto al precio de venta en España.
Siempre he vivido en un mundo de oyentes. Salvo mi hermana, nadie de mi alrededor era sordo. Mi pérdida auditiva era ya muy acusada. Me comunicaba leyendo los labios y a base de mensajes de SMS y, para ver la tele, con los horribles subtítulos del teletexto de aquel programa que los tuviera. Había un compañero del trabajo que me animaba a aprender el lenguaje de signos. En realidad, no me servía de mucho para el día a día porque para hablar no lo necesitaba y realmente requería que lo usasen aquellas personas que se comunicaban conmigo. Como m ucho podría servirme para algún programa perdido de la tele donde los mostrasen. Pero justo cuando nació mi hija en el hospital se había iniciado un protocolo para hacer un seguimiento de varios años a los niños de padres sordos. Fue el doctor que atendió a mi hija el que me propuso ponerme un implante.
Para mí, el implante coclear era una cosa novedosa, no sabía cómo era y no estaba segura de quererlo. Pasó casi un año hasta que me lo pusieron. En ese tiempo me hicieron unas cuantas pruebas para saber si físicamente era viable implantarlo, pero también para “convencerme” de hacerlo. Llegué a probar audífonos de última generación (que nunca antes me habían ofrecido). Hablé con gente que también lo llevaba. Casi todos estaban contentos, aunque algunos lo apagaban cuando los sonidos que les rodeaban eran muy molestos. Cuando salí del quirófano veía doble, salí más blanca que el papel. Tenía tan mala cara, que mi hermana no se lo puso hasta más de diez años después. Durante dos meses mi sensación fue estar montada en una noria.
Después del implante, fueron meses de rehabilitación. Los sonidos de mi infancia se habían perdido en mi memoria. Había que volver a aprenderlos: una puerta que se cierra, un grifo, una fuente, una voz.
Estaba leyendo un libro al lado de la ventana mientras todos dormían la siesta y empezó a sonar algo muy fuerte, no sabía qu é podía ser, pero nadie se despertaba. Otro día volvió a sonar y ya fue cuando me dijeron que era una chicharra. Ahora las reconozco enseguida , e s un ruido al que muchos ya ni siquiera le prestan atención. Para mí es un sonido que destaca por encima de los demás.
En un viaje a Japón hubo que cambiar totalmente de planes y acabamos visitando algunos lugares menos turísticos. En un teleférico pedimos usar mi tarjeta de minusvalía para obtener algún descuento. Inicialmente no sabían que les enseñaba, tradujeron alguna s palabras como discapacidad, sensorial y la aceptaron. Y con una amabilidad exquisita preguntaron a través del traductor del móvil: “¿Es peligrosa?”.
Ahora con el implante puedo escuchar muchas cosas, pero lo que se quedó atrás fue la música. Las canciones que escuchaba en mi juventud me suenan extrañas, no soy capaz de reconocerlas. Las letras de las canciones nunca las entendí, ni antes, ni ahora.
Tengo que celebrar el llevar un implante , no todas las personas sordas pueden optar a él . A mí me ha permitido escuchar la voz de mis hijos. Mi procesador está programado para dar prioridad a las voces de las personas por encima de otros ruidos. Al final es lo más importante pero algunos sonidos se quedan en el tintero.
Título Estas niñas oyen bien Edición Bárbara Giménez Loscos Fotografía y textos Bárbara Giménez Loscos Agradecimientos Juan Santos Ana Vázquez Ajo Blanca Martínez Elena Meglioli Gerard Clúa Castillo Juan Carlos Rodríguez Isabel Velasco Mayte Mañas Ariza Mercedes Hormaeche Berta Escribano La tipografía utilizada en este libro es Jost Light. @ de las fotografías: Bárbara Giménez Loscos @ del texto: Bárbara Giménez Loscos Madrid Junio 2026