Más allá del río: Una historia de aprendizaje.
Había una vez una mujer llamada María la cual vive en San Ángel, una pequeña comunidad rodeada de montañas y dividida por un río que dificulta el paso del transporte. Del otro lado del río se encuentra una casita muy pequeña donde vive María junto con su esposo y sus cuatro hijos. Su esposo trabaja en el campo, mientras ella se encarga de las labores del hogar.
Un día, mientras preparaba la comida, su hijo menor le pidió ayuda con una tarea de matemáticas. María se quedó en silencio. Nunca había aprendido a leer ni a escribir correctamente, pues desde pequeña tuvo que dejar la escuela para ayudar a sus padres en las labores del campo. —Perdóname, hijo, no sé cómo ayudarte —respondió con tristeza.
Aquella noche, María no pudo dormir. Pensaba que, a sus cuarenta y cinco años, aún dependía de otras personas para leer una receta médica, firmar documentos o entender los avisos del gobierno. Había escuchado que existían programas de educación para adultos, pero en su comunidad nunca llegaban maestros y las clases se impartían en la cabecera municipal, a varias horas de distancia.
Días después, una promotora educativa llegó al pueblo para realizar un censo. Al enterarse de que muchas personas adultas no sabían leer ni escribir, propuso abrir un círculo de estudio. Sin embargo, el proyecto no se concretó porque faltaban materiales, transporte y apoyo por parte de las instituciones.
Los habitantes de San Ángel comenzaron a sentir que habían sido olvidados. No solo carecían de una clínica con médicos permanentes y de caminos en buen estado, sino también de oportunidades para seguir estudiando. Muchos adultos mayores deseaban aprender a leer, pero pensaban que ya era demasiado tarde.
María no se resignó. Junto con otros vecinos decidió reunirse en las tardes en la casa ejidal. Cada quien aportaba lo que sabía: don José enseñaba a escribir su nombre, doña Carmen ayudaba con las cuentas y los jóvenes de la comunidad prestaban algunos libros. Poco a poco, aquel pequeño grupo se convirtió en un espacio de aprendizaje y convivencia.
Meses después, gracias a las constantes solicitudes de la comunidad, una institución educativa finalmente envió asesores y materiales. María aprendió a escribir cartas, leer los letreros del autobús y hacer cuentas para vender las verduras que cultivaba con su esposo.
El día que logró escribir su nombre completo sin ayuda, sintió una enorme alegría. Comprendió que nunca es tarde para aprender y que la educación es un derecho que debe llegar a todas las personas, sin importar la edad ni el lugar donde vivan. Desde entonces, María repetía a sus vecinos: —La educación no tiene edad. Lo que sí tiene límites es el olvido de las instituciones hacia quienes vivimos en el campo.