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Jeannette Benavides La niña que convirtió sus sueños en ciencia
A los seis años, cuando la mayoría de los niños apenas descubren las letras, Jeannette ya devoraba libros , especialmente los de Julio Verne, un escritor que imaginaba viajes fantásticos al centro de la Tierra o al fondo del mar. Hace algunos años, en la hermosa provincia de Heredia, Costa Rica, vivía una niña de ojos curiosos llamada Jeannette. Nació un día tibio de julio de 1952, en una casita de madera vieja. Aquella casa tenía una magia especial: cada vez que Jeannette caminaba por los pasillos, el suelo rechinaba con un divertido ¡crac, crac!, como si la madera le conversara en un idioma secreto. Pero el rincón favorito de Jeannette estaba en el patio trasero. Allí se levantaba un enorme y generoso árbol de mango. Para Jeannette, no era un árbol cualquiera: era una nave espacial, una montaña por conquistar y su biblioteca personal. Cada tarde se subía a la rama más firme del árbol de mango, se acomodaba con cuidado y abría sus páginas mientras comía mango con sal. El sabor ácido y dulce se mezclaba con las palabras, y en su mente, Jeannette volaba. Se daba cuenta de que el mundo estaba lleno de secretos y que la ciencia era como un mapa del tesoro para descubrirlos.
En esa época, el mundo de los laboratorios y los cohetes espaciales parecía cerrado para las mujeres, y muchas personas pensaban que la ciencia no era cosa de niñas. Pero Jeannette sabía que la curiosidad no tiene género ni fronteras. Las estrellas brillaban para todos por igual. Por las noches, la aventura continuaba. Jeannette se pegaba a la ventana de su cuarto y miraba el cielo oscuro, salpicado de puntitos brillantes. —¿De qué estarán hechas las estrellas? ¿Cómo se sostienen allá arriba? —se preguntaba en susurros. Una noche de 1969, algo extraordinario pasó. Toda la televisión y la radio hablaban de lo mismo: ¡el ser humano había llegado a la Luna! Jeannette, con los ojos abiertos como dos lunas llenas, miró el cielo y tomó una decisión que cambiaría su vida: —Un día, yo también voy a trabajar ahí. Voy a trabajar para la NASA —se prometió a sí misma.
Le fascinaba ver cómo cambiaban de color los líquidos en los tubos de ensayo y cómo todo lo que nos rodea está formado por partículas invisibles. Se graduó con honores de su Bachillerato y Licenciatura, pero su hambre de aprender no se detenía. Gracias a su esfuerzo, ganó una beca de la Organización Panamericana de la Salud y viajó a los Estados Unidos para estudiar una maestría en Bioquímica, la ciencia que estudia la química de los seres vivos. ¡Y no se detuvo ahí! Después estudió muchísimo más hasta convertirse en doctora en Físico-Química. Cuando Jeannette creció, entendió que para responder a las grandes preguntas de la naturaleza necesitaba la mejor herramienta de todas: el estudio. Con mucha ilusión, entró a la Universidad de Costa Rica para estudiar Química, la ciencia que se encarga de descubrir de qué están hechas las cosas y cómo se transforman. —La ciencia nunca se queda quieta, siempre cambia y avanza, y yo quiero avanzar con ella —decía Jeannette.
Pronto, su talento llamó la atención de grandes lugares. Primero trabajó en la FDA, cuidando que los alimentos y las medicinas fueran seguros. Pero en 1986, ¡el universo la llevó directo hacia su sueño de la infancia y las puertas de la NASA se abrieron para ella en el Centro Espacial Goddard! Es importante aclarar un secreto: Jeannette no era astronauta, no usaba un traje blanco inflado ni viajaba dentro de los cohetes. Ella era algo igual de emocionante: ¡era científica de naves espaciales! Su trabajo consistía en usar su mente brillante en los laboratorios de la Tierra para asegurar que los proyectos de vuelo salieran bien. Cada vez que se enfrentaba a un examen difícil o a un experimento que no salía a la primera, Jeannette sentía miedo y frustración. Los científicos también se cansan y se entristecen cuando las cosas fallan. Pero ella recordaba el rechinido de su casita de madera y el olor a mango, y se llenaba de fuerzas otra vez.
Pero Jeannette era tan firme como el árbol de mango de su niñez. Decidió alzar la voz y exigir un ambiente de trabajo más sano y justo. No permitió que las sombras de la discriminación apagaran la luz de su mente ni detuvieran sus sueños. Esto ayudó a resolver un gran problema de las naves espaciales: los cohetes necesitaban materiales que aguantaran el calor extremo del espacio exterior sin ser pesados. Sin embargo, estar en la NASA no significaba que todo fuera perfecto. Al llegar allí, Jeannette descubrió que algunas personas la trataban diferente y la excluían por ser mujer, por su raza y por sus creencias religiosas. A veces la ignoraban en las reuniones o no valoraban sus ideas. Esto le dolió mucho y le generó dificultades para hacer amistades, dejándola muchas veces sola. En los laboratorios, Jeannette se especializó en un área maravillosa: la nanotecnología. Esta palabra consiste en trabajar con materiales tan, pero tan diminutos, que no se pueden ver a simple vista. Jeannette descubrió que, al trabajar a esa escala tan pequeñita, los materiales se volvían súper fuertes y livianos.
Por sus grandiosos aportes en nanotecnología, la NASA le otorgó el premio James Kerley, convirtiéndose en la primera mujer hispana en recibirlo. También recibió la Medalla de Honor de la NASA. La niña que comía mango con sal en una casita de madera vieja había llegado a la cúspide de la ciencia mundial. En la NASA, Jeannette aprendió una de las lecciones más hermosas de la ciencia: el conocimiento se construye en equipo. —Si unimos mis estudios de química con sus conocimientos de física, podemos hacer que este material sea el doble de resistente —les decía a sus colegas. Compartiendo ideas y uniendo las piezas del rompecabezas científico, lograron grandes hazañas. Hoy en día, Jeannette mira hacia atrás y sonríe con profunda gratitud. Para ella, su carrera científica fue una aventura emocionante, gratificante y llena de descubrimientos diarios que ayudaron a mejorar la tecnología de toda la humanidad.
Ella demostró que, con esfuerzo, planificación y una determinación inquebrantable, todo es posible. Las niñas y niños tienen mentes brillantes capaces de romper cualquier estereotipo y diseñar naves espaciales. Ella sabe perfectamente que su historia es un faro de luz para muchos niños y niñas que hoy miran las estrellas desde las ventanas de sus cuartos. —La ciencia no es algo difícil, aburrido o aterrador —suele decir Jeannette con cariño—. La ciencia es un mundo emocionante lleno de descubrimiento. Así que, la próxima vez que sientas curiosidad por saber cómo funciona el universo, recuerda a Jeannette. No tengas miedo de hacer preguntas, de equivocarte y de volver a intentar tus experimentos. Mantén tus ojos abiertos, tu mente despierta y el corazón lleno de valentía, porque el mundo está esperando a que tú ayudes a descubrir sus próximos grandes secretos.
alcanzar sus sueños. A través de cada página, los lectores acompañarán a una niña que nunca dejó de hacer preguntas, explorar posibilidades y creer en sí misma. Una historia que invita a las niñas y los niños a comprender que los grandes logros comienzan con un sueño, esfuerzo y el deseo de aprender. ¿Puede una niña curiosa cambiar el mundo con sus ideas? Este cuento nos lleva a conocer la inspiradora historia de Jeannette Benavides, una mujer que descubrió en la educación, la ciencia y la perseverancia las herramientas para Creadoras Somer Nicole Barahona Guido — C5C938 Stacey Pamela Herrera Martínez — C33822 Allison de los Ángeles Mora Chaves — C4H516 "La educación es una llave que abre puertas hacia mundos extraordinarios."