O conmigo o con nadieArthur Jones
Jamás tuve por costumbre poner mis pensamientos por escrito. Siempre consideré que un hombre debía dejar que fuesen sus actos quienes hablaran por él y no las palabras. Sin embargo, conforme los días se convierten en semanas y las semanas en un peso que apenas soy capaz de soportar, he comprendido que la memoria del hombre es traicionera. Olvida rostros, confunde lugares y altera conversaciones. No deseo que eso ocurra con la mía. Mi nombre es Arthur Jones. Nací y me crié en las afueras de Atlanta, donde heredé de mi padre un modesto rancho y aprendí que el trabajo, la disciplina y la voluntad de Dios sostienen un hogar mucho mejor que cualquier fortuna. Allí viví junto a mi esposa, Martha Jones, durante años que, hasta hace no mucho, habría jurado felices. Martha era una mujer de naturaleza singular. No conocí otra con unas manos tan diestras para la cocina. Bastaba que entrara en nuestra casa el aroma del pan recién horneado para que cualquier fatiga desapareciera de mi cuerpo. Jamás le faltó empeño en el cuidado del hogar y siempre procuró que nada me faltase al regresar de las labores del campo. No obstante, poseía inclinaciones que nunca alcancé a comprender del todo. Amaba los libros con un fervor impropio de una mujer de campo. Podía pasar horas enteras leyendo relatos de ciudades remotas, de navegantes, de artistas o de gentes que jamás conocería. En más de una ocasión le dije que aquellas fantasías solo servían para sembrar inquietudes donde antes reinaba la paz. Ella sonreía con dulzura y cerraba el libro, aunque no tardaba en abrir otro cuando creía que yo no la veía. Nunca fuimos bendecidos con hijos.
Confieso que aquel designio del Señor fue una pesada cruz para ambos. Yo procuraba aceptar su voluntad, aunque no ocultaré que deseaba un heredero que continuase cuanto mi padre me había legado. Martha sufría aquel silencio de la casa de un modo distinto. A veces permanecía largo rato contemplando los campos desde el porche, sin pronunciar palabra alguna. Cuando le preguntaba qué ocupaba su pensamiento, respondía siempre que no era nada de importancia. Con el paso de los meses advertí que su mirada se perdía demasiado a menudo en el horizonte. Pensé que el tiempo acabaría disipando aquellas ensoñaciones. Me equivoqué. Una mañana desperté antes del alba y encontré el otro lado de la cama vacío. Creí que habría salido a buscar agua al pozo o a alimentar las gallinas, mas el silencio del rancho era impropio de una hora de trabajo. La llamé varias veces sin obtener respuesta. Sobre la mesa descansaba una hoja de papel doblada. Llevaba escrito únicamente mi nombre. La abrí con manos temblorosas. Dentro solo había una frase. *"No aguanto mas Arthur,me marcho, no me busques."* La leí una vez. Después otra. Y otra más.
No hallé explicación alguna en aquellas palabras. Durante días enteros me negué a creer que aquella nota hubiese salido de la mano de mi esposa por propia voluntad. Una mujer honrada no abandona su hogar sin razón. Pensé que alguien la habría confundido, que alguna desgracia la habría obligado a escribir aquello o que el miedo le habría hecho creer que alejándose de mí obraba correctamente. Guardé aquella nota junto a la única fotografía que conservaba de ella. Aún la llevo conmigo. Muchos vecinos intentaron persuadirme de abandonar la búsqueda. Decían que una persona que desea desaparecer encuentra siempre el modo de hacerlo. Yo jamás acepté semejante resignación. Un marido digno no abandona a su esposa mientras exista la más pequeña esperanza de hallarla. Las semanas transcurrieron sin noticia alguna hasta que resolví dirigirme al pequeño puerto más cercano a Atlanta. El empleado de la taquilla se negó en un principio a mostrarme los registros de pasajeros. Alegó que aquellos documentos no podían consultarse sin autorización. Comprendí entonces que ciertas voluntades se ablandan cuando la bolsa pesa lo suficiente. Después de algunas monedas colocadas discretamente sobre el mostrador, el hombre desapareció unos minutos en un despacho y regresó con varios listados. Recorrí cada nombre con el dedo.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza cuando vi escrito el de Martha Jones. Había embarcado con destino a Saint Denis. Aquella misma tarde preparé mi caballo, recogí mis escasas pertenencias y abandoné el rancho. Ignoraba qué podía haber llevado a Martha hasta una ciudad tan lejana. Mas una certeza me acompañó durante todo el camino. Mientras Dios me concediera aliento, no habría distancia bastante grande para impedirme encontrar a mi esposa. Saint Denis era todo cuanto un hombre de campo podía imaginar y mucho más. El humo de las fábricas ennegrecía el cielo, los carruajes apenas dejaban espacio para caminar y por sus calles transitaban gentes llegadas de países cuyo nombre jamás había escuchado. Pensé que, en un lugar semejante, cualquiera podía perder su identidad. O esconderla. Mi primera obligación fue acudir a la oficina del sheriff. Mostré la fotografía de Martha y relaté cuanto sabía. Los agentes escucharon mi historia con cortesía, anotaron algunos datos y me aseguraron que investigarían su desaparición. Esperé varios días. Nadie volvió a llamarme.
Comprendí entonces que, si deseaba volver a verla, habría de encomendarme únicamente a la Providencia y a mis propios pasos. Aquella misma noche comenzó, de verdad, mi búsqueda.Los días comenzaron a confundirse unos con otros. Llegó un momento en que dejé de contar las jornadas transcurridas desde mi llegada a Saint Denis. Tan solo conservaba la costumbre de anotar cada noche cuanto había visto, oído o sospechado, con la esperanza de que algún detalle, por insignificante que pareciera, terminase conduciéndome hasta Martha. Mis pasos me llevaron primero a la gran catedral de la ciudad. No acudí allí por devoción, sino porque un hombre desesperado termina llamando a cualquier puerta que permanezca abierta. El párroco era un anciano de semblante sereno y voz pausada. Escuchó mi historia sin interrumpirme una sola vez. Cuando terminé de hablar, tomó entre sus manos la fotografía de Martha y permaneció largo rato contemplándola. —Dios no abandona a quienes perseveran —me dijo. Después rezó por ella. Y también por mí. Aquel gesto no alivió mi tristeza, pero sí templó mi ánimo. Durante unos días volví a creer que el Señor guiaba mis pasos. Continué preguntando allí donde pensaba que Martha habría podido sentirse a gusto.
Si realmente había comenzado una nueva vida, debía de haber buscado lugares acordes con su carácter. Entré en librerías donde el olor del papel viejo impregnaba hasta la ropa. Pregunté a los propietarios si alguna mujer de ojos verdes acudía con frecuencia a comprar novelas o cuadernos para escribir. Nadie supo responderme. Visité bibliotecas donde el silencio parecía más sagrado que el de cualquier iglesia. Permanecía durante horas observando discretamente a las lectoras que ocupaban las mesas. Ninguna era ella. Recorrí también las tabernas más concurridas. No porque creyera que Martha frecuentase semejantes establecimientos, sino porque los taberneros escuchan conversaciones de toda clase de personas. Pensé que alguno habría visto a una mujer llegada de Georgia buscando trabajo como cocinera. Todos negaban con la cabeza. Comencé a comprender la inmensidad de aquellas tierras Era un lugar capaz de engullir a un ser humano sin dejar rastro alguno.
Fue precisamente en una taberna donde un viejo comerciante me habló de un gabinete de investigadores privados. —Si alguien puede encontrar a una persona en esta ciudad, son esos hombres. No dejé pasar la oportunidad. A la mañana siguiente crucé la puerta de sus oficinas llevando conmigo la fotografía de Martha. El director del gabinete examinó atentamente el retrato y tomó varias notas mientras le relataba cuanto sabía de ella. Le hablé de su afición por la lectura. De su extraordinaria mano para la cocina. De su costumbre de observar el horizonte como si siempre aguardase algo más allá de los campos. Cuando terminé, me aseguró que harían cuanto estuviera en su mano. Salí de allí con la esperanza renovada. Mas no permanecí ocioso.Mientras aquellos hombres realizaban sus averiguaciones, continué la búsqueda por mis propios medios. Fue durante aquellos días cuando el destino quiso cruzar mi camino con el del propietario de un pequeño teatro.
Era un caballero afable, de conversación elegante y notable cortesía. Hablamos apenas unos minutos, aunque bastaron para que me invitase a regresar cualquier tarde y disfrutar de una representación. Acepté por simple educación. Jamás imaginé entonces que aquel lugar acabaría ocupando un sitio tan importante en mi memoria. Varias jornadas después, mientras asistía a una de aquellas funciones, uno de los investigadores tomó asiento a mi lado. Su rostro revelaba el cansancio propio de quien lleva demasiados días siguiendo un rastro incierto. Sin apartar la vista del escenario, me habló en voz baja. —Creemos haber encontrado a dos mujeres cuya descripción guarda cierta semejanza con la de su esposa. Sentí que el corazón golpeaba mi pecho con fuerza.Continuó diciendo que una de ellas mantenía relación con personas próximas al teatro y que era conocida por muchos como una mujer rumana. Aquello me desconcertó. Martha había nacido en Georgia.
Además, según la descripción de los investigadores, aquella mujer tenía el cabello negro, hablaba con un marcado acento extranjero y vestía de una manera poco común. Nada de ello coincidía con el recuerdo que yo conservaba de mi esposa. Durante toda la representación observé discretamente a las damas que ocupaban los palcos y los pasillos. Ninguna despertó en mí el menor reconocimiento. Al abandonar el teatro aquella noche, una profunda incertidumbre se apoderó de mi ánimo. Quizá aquella pista no fuese más que otro camino equivocado. O quizá llevase demasiado tiempo imaginando a Martha exactamente igual que el día en que partió. Los investigadores desconocían un detalle que jamás había mencionado. No consideré necesario hacerlo. Martha llevaba una antigua cicatriz que descendía sobre su ojo izquierdo. Bastaría verla una sola vez para saber, sin lugar a dudas, si era ella.
Aquella misma noche el azar volvió a cruzarse en mi camino. Mientras atravesaba una calle cercana al teatro encontré a una joven con la que ya había conversado días atrás. Recordé que conocía a varias familias relacionadas con aquel lugar. Le pregunté, con la mayor naturalidad posible, por la mujer de la que todos hablaban. Primero quise saber el color de sus ojos. —Verdes —respondió sin vacilar. Noté un estremecimiento. Entonces formulé la única pregunta que verdaderamente importaba. —¿Tiene alguna cicatriz en el rostro? La muchacha guardó silencio apenas un instante antes de asentir. —Le cruza el ojo izquierdo. Agradecí la información con toda la gratitud que un hombre puede mostrar cuando la esperanza vuelve a nacer. Antes de despedirme, le entregué una pequeña recompensa por su amabilidad. Aquella noche apenas pude dormir.
Ahora aquí me encuentro, en esta espaciosa y solitaria habitación de hotel; lejos de mi hogar, pero más cerca de ti, Martha. Y en lo único que puedo pensar es en mirarte a los ojos durante ese baile, olvidar por un instante el murmullo de los asistentes y pronunciar, al fin, las cinco palabras que me atormentan desde el día en que hallé tu nota sobre la mesilla y comprendí que me habías abandonado: «O conmigo o con nadie». Esas serán las últimas palabras que escuches salir de mi boca, y el frío acero de la bala de mi revólver será lo último que sientas sobre tu piel antes de pagar por el grave agravio que cometiste contra mí. No sé cómo terminará esta historia, ni si lograré cumplir mi propósito o escaparé indemne de las consecuencias de mis actos. Pero sí sé una cosa: Martha fue, es y será el amor de mi vida; y también la mujer que destrozó mi corazón y arruinó nuestras vidas. Aquí dejo este manuscrito, con la esperanza de que llegue a las manos adecuadas y haga saber mi historia; nuestra historia. Quizá cuando estas líneas sean leídas, todo haya concluido ya. Quizá mi nombre no sea más que un recuerdo olvidado entre el polvo y el tiempo. Pero que conste para quien encuentre estas páginas que amé con toda el alma... y que fue ese mismo amor el que acabó por condenarme.Arthur Jones