FALTABA MAS epub Enrique Tenenbaum

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Table of Contents VERDAD Faltaba más! Amartek (Sin título) La calavera de Allan Poe Klimax El seminario robado El molinillo de café CONSECUENCIA DESTINAL

Faltaba más! Enrique Tenenbaum

VERDAD

Faltaba más! No sé cómo harán los escritores de verdad, los escritores de oficio. Me ocurrió haber estado transitando la escritura de un libro, con un tema definido y una concatenación de subtemas y comentarios más o menos coherente cuando, de pronto, comenzaron a asaltarme ideas laterales, ideas que no entraban en la ilación ni con facilidad ni por necesidad, aunque surgían de la trama nodal. Eran como senderos que partían a la manera de dendritas a la vera de la carretera principal. Senderos atractivos. No sé cómo harán los escritores de oficio cuando algo así les sucede. Si es que les sucede. Como, al contrario que ellos, no tengo ninguna coerción particular al escribir, ni de tiempo ni de forma ni de estilo, decidí no concentrarme exclusivamente en el cuerpo principal del libro. Les di lugar a esas ideas, a esas intrusas. Comencé a escribir relatos cortos a partir de ellas, con el entusiasmo propio de las aventuras que se sabe que acabarán pronto; como si se tratara de una infidelidad a lo establecido, con un desborde de adrenalina que brota y empuja a sostener y disfrutar esta suerte de doble vida; en este caso una doble vida con las letras. Quizás también me resultaba estimulante porque tramitaba esas ideas con otro estilo de escritura que la del libro, preocupado por intentar transmitir el psicoanálisis por otros caminos que los ya habituales, los transitados hasta el hartazgo, los tan aburridos, los de la carretera principal. Escribí esos relatos sin saber qué destino les esperaba. Sabía que en ellos alguna verdad del deseo se jugaba, porque ninguna idea se impone si no hay un deseo jugando en ella. Pero averiguar cuál era esa verdad no fue sencillo.

El libro de origen ya estaba circulando desde hacía unos meses cuando se me hizo patente que era hora de decidir qué hacer con aquellos textos desperdigados. ¿Tendrían un destino común? ¿Podría encadenarse un tránsito fluido entre ellos, y que eso autorizara su puesta en papel? Mientras tales preguntas giraban en mis insomnios a la manera de circunloquios, me encontraba trabajando en la continuación del libro ya concluido, en el entramado de los hilos sueltos que habían quedado, por cierto que adrede, al final de sus páginas. Trabajaba en las consecuencias que se seguían de aquel recorrido hecho y terminado, y del hecho mismo de haber producido un final abierto. Recordé entonces un juego de mi infancia, verdad / consecuencia. Es claro que no estaba seguro de que los textos laterales surgidos a partir de aquellas ideas sueltas tuvieran la dignidad necesaria para organizarse en una secuencia coherente. No sé cómo decidirán algo de este orden los escritores de oficio. Sin embargo, a la manera de los restos diurnos que entran al sueño para darle textura de imagen y proveer al discurso de escenas no meditadas, esas ideas habían surgido como desprendimientos al margen; en tanto que tales no fueron incluidos en la síntesis que el libro de origen suponía tener. Pero allí estaban. Ese proceder, el de tratar a las ideas intrusas a la manera de restos diurnos, me pareció suficiente argumento como para dar el siguiente paso. ¿Lo era? Como no tengo que rendir cuentas a nadie, puedo entregarme a la idea de que el lector sabrá encontrar y tejer los hilos sueltos; o no lo hará y este nuevo libro quedará compuesto por piezas de un rompecabezas dislocado, piezas que no encajan entre sí. Tomo ese riesgo, apuesto. No iba a dejar de publicar por un temor de esa naturaleza, de la naturaleza de la incompletud. Faltaba más!

Hace unos años, durante la pandemia, me propuse obtener un árbol de sakura, el cerezo japonés, a partir de semillas. En ese tiempo vivía retirado de la ciudad, y disponía de un parque con sitio y condiciones para hacerlo. Me puse a la tarea de germinar veinticinco semillas, siguiendo con el mayor cuidado las instrucciones que me habían dado. Debía guardarlas unos meses en la heladera, para salvar el desfasaje estacional del cambio de hemisferio y sincronizar la siembra con el fin del invierno. Pasados esos meses comenzaría el proceso de germinación. Primero tuve que raspar las semillas para ablandar su cáscara y disponerlas sobre un papel húmedo, todo esto aún en la heladera. Luego, cuando brotaran, las pasaría al microclima. Para eso tenía que disponer de un ambiente estable en temperatura y humedad de modo de hacer habitable el entorno de incubación. La única fuente de calor temperado y continuo que encontré a mi alcance fue el módem de Internet. Sobre él dispuse el papel húmedo, al que remplazaba cada dos días, y en él las cinco semillas que habían germinado, cobijado todo dentro de una bolsa traslúcida y de cierre hermético. A las pocas semanas el milagro ocurrió. Dos semillas presentaban unos delgadísimos hilitos blancos que se creían raíces, y del lado opuesto surgían unas intenciones de color verde que, con mucha imaginación, tenían como horizonte convertirse en hojas. Al cabo de un par de meses sólo continuó su desarrollo una semilla. La pasé a maceta, como se me había indicado, y ya al aire libre del fin de la primavera el pequeño embrión conoció el sol directo. Un tiempo después, un veinticuatro de marzo, las hojas, ahora más intrépidas, se movían al viento como si exigieran desprenderse pronto de la prisión enmacetada. Hice el trasplante a tierra.

Tan frágil parecía esa planta que, a menudo, me reprochaba haberla forzado a cambiar de hemisferio, de clima, de cultura, de paisaje. Cuando en el invierno siguiente perdió algunas hojas y otras se volvieron amarillas no pensé que le faltara hierro, pensé que mi forzamiento había sido egoísta y que no le había ofrecido una vida en la que pudiera desarrollarse a pleno. Pero siguió creciendo, creciendo lentamente. Este verano, pasados ya cinco años, algo parece haber cambiado. Las hojas se han multiplicado con más rapidez, son más grandes, más brillantes; y el débil tallo verde viró a marrón y comenzó a lucir casi casi como un tronquito con aires de madera. Me pregunto si este año florecerá. No lo creo. Dicen que alcanza la madurez a los siete años. Pero ¿mi arbolito debe medirse con el percentil propio de los cerezos con denominación de origen? Tal vez se comporte como esos niños que nacen prematuros y tardan en desarrollarse. Tal vez ni siquiera alcance la madurez. Tal vez yo ya no esté para cuando llegue, si llega, ese momento. No lo sé, debo tener paciencia, esperar. ¿Florecerá en este invierno? Prudencia, necesito. Deberé vivir unos años más para seguir estirando la pregunta. Es el modo de pensar oriental el que me sugiere algo así, creo. La pregunta debe acomodarse al objeto del que se trata y no a la ansiedad de quien pregunta. Tal vez la respuesta me llegue cuando me encuentre escribiendo un próximo libro.

Amartek Cuando Amartek abrió la puerta de su departamento -del cuarto piso del coqueto condominio Perfect Chips- en su cabeza se terminaba de definir la fórmula para el baño con ducha de iones que iba a tomar apenas se desvistiera. Es que había sido un día muy extenuante y aún le quedaban dos horas extras de trabajo frente a la pantalla. Así es que mezcló la fórmula, ajustó la rosca del ionizador al caño de la ducha y entró al cubículo casi sin darse cuenta. Apenas el chorro de agua logró impactar en cada una de las partes de su cuerpo le asedió un pensamiento extraño: el agua estaba un poco más caliente que lo habitual. Desechó ese pensamiento y se dedicó a endulzar el siguiente, el de la reiterada queja por tener que trabajar horas extras al llegar a su casa. Claro que el dinerillo que contaría a fin de mes le recomendaba ser agradecido, agradecido por esa condición genética que lo hacía especial para ese trabajo extra: la extrema delgadez de la piel de las yemas de los dedos lo convertía en el testeador estrella de la empresa de software. Le dedicó especial atención a frotar con esmero sus manos con el jabón especial para pieles sensibles, cuidando de no presionar demasiado esa zona tan delicada. Salió de la ducha, se vistió con ropa ligera, le ordenó a la cafetera prepararle un americano con leche, buscó la gragea de biglicinato de magnesio y se sentó frente a la pantalla del teléfono, café y gragea en mano. El siguiente pensamiento que lo distrajo fue el de constatar que las imágenes que tenía que chequear se estaban volviendo repetitivas: eran casi las mismas, noche tras noche, pero con el agregado de algunos pequeños detalles que las tornaban cada vez más perturbadoras. Él sabía bien que su tarea no sería utilizada para

una investigación tan neutra como pura en reconocimiento táctil, sino que el desarrollo de pantallas que pudieran detectar mínimas variaciones de temperatura y humedad en la yema de los dedos tendría un rol fundamental en el futuro cercano. Pero no sabía exactamente cual era el interés último en cuanto a la política sobre pornografía en las redes, tema al que su tarea estaba contribuyendo, según le habían explicado. Sospechó que la información que entregarían sus yemas al tocar las imágenes que lo erotizaban tenía que ver con el ínfimo aumento de la temperatura y de la sudoración, lo que acontecía cuando las imágenes le producían lo que en lenguaje vulgar se llama calentura. Él estaba bien al tanto de lo difícil que había sido producir el algoritmo para determinar cuándo una imagen debe ser considerada pornográfica. También supo de las arbitrariedades a las que condujo la implementacion de ese controvertido algoritmo. Le parecía extraordinario que una pantalla y una fórmula pudieran detectar, antes que él mismo, qué imágenes le resultaban erotizantes y cuáles no. Fue entonces que otro pensamiento lo asaltó. ¿Acaso eran resultado del azar las imágenes que se iban agregando, o eran elegidas de acuerdo con los resultados que arrojaban las mediciones de lo que le produjeron las imágenes anteriores? Lo perturbó pensar que, tal vez, mediante algoritmos, estaban induciéndolo a excitarse con imágenes que no tenían nada en común con sus fantasías sexuales habituales. ¿Podría el programa alterar o modificar sus gustos, incidir sobre la condición erótica de los objetos de su fantasía? Debo recordar esto para hablarlo mañana en análisis, se dijo, y decidió concentrarse en la tarea. Le quedaba aún una hora frente a la pantalla y recordó que la consigna que le dieron era que no tenía que pensar en nada mientras tocaba la pantalla cuando las

imágenes se sucedían frente a sus ojos. Neutralidad, neutralidad, se repetía, como se repite un mantra. Cuando terminó recogió su vianda del horno y se fue a la cama. Comió rápido y programó la aplicación para sueño profundo, seis horas y media. Pese a que durante el día utilizó los auriculares con supresión total del ruido exterior, eligió solicitar a la app no rastrear los restos diurnos durante la fase Rem de su sueño. Quería llegar a tener un sueño puro, era su objetivo, su fin de análisis. Tras el último bocado de comida se quedó dormido. El teléfono lo despertó seis y horas y media después, con su habitual mensaje: “buenos días Amartek, espero que hayas dormido bien, es hora de levantarse”. La voz modulada en español neutro lo predisponía de muy mal humor para el resto de la mañana. Tengo que cambiar mi teléfono, tengo que hacer un upgrade, se dijo, y lo repetía todos los despertares. Al tiempo que la app le preguntaba si deseaba que le brindase el informe de la calidad de su sueño sintió una incomodidad y se movió como para incorporarse, lo que el sensor de su reloj interpretó como un sí. “Has dormido seis horas y media exactamente, el tiempo de sueño profundo fue de cincuenta y dos minutos, y la fase Rem duró tres minutos veinticinco segundos”. Se fastidió y volvió a intentar incorporarse, lo que el sensor del reloj interpretó como una señal de que había recibido el informe correctamente. La incomodidad que Amartek sintió era a causa de haber mojado las sábanas. No le pasaba desde su adolescencia. Fue una sorpresa total. Haber eyaculado en sueños no le resultaba extraño, lo extraño era no recordar nada del sueño que produjo esa eyaculación. Tengo que cambiar las sábanas, bañarme de nuevo, no voy a llegar a sesión, se dijo.

Me envió un mensaje preguntándome si podía, por hoy, corporizarse virtualmente en vez de aisistir realmente a la sesión. Era la primera vez que me lo pedía. Yo solía trabajar así con pacientes que viven en otros planetas, pero decidí dejar de hacerlo porque las interferencias cósmicas, debidas a las tormentas solares, perturbaban la transmisión y a veces los cuerpos se pixelaban; y, si eso en la pantalla ya era molesto, en la corporizacion irreal 3D se convertía francamente en una resistencia al análisis. Pero en el caso de Amartek, siendo la primera vez que me lo pedía, y calculando que no habría interferencias severas en los pocos kilómetros que nos separaban, acepté. A la hora habitual me envió un mensaje preguntándome si yo estaba listo así él podía corporizarse, y fue apenas le respondí “sí” que su cuerpo irreal se estaba acomodando, recostado ya en el diván. Me explicó lo que le ocurrió al despertar, y que me pidió corporizarse porque no habría llegado a tiempo al consultorio tras el incidente de las sábanas mojadas. No recordaba casi nada de los pensamientos del día anterior, lo que he constatado que ocurre cuando se le solicita a la aplicación de sueño profundo no rastrear los restos diurnos. Aún hay ajustes por realizar en esas aplicaciones. Pero Amartek sí recordó el pensamiento que tuvo durante la ducha, aquel que consideró que el agua estaba un poco más caliente, y sugirió que quizás tuviera relación con el experimento del que era parte, que tal vez una ducha más caliente que lo habitual modificaría, por vasodilatación, la precisión de lo que irían a medir más tarde los sensores en pantalla. Le pregunté por el sueño, pero no recordaba absolutamente nada. Le pregunté si la app no le dio información sobre el contenido de la fase Rem, pero me advirtió que ese programa no estaba actualizado y que se desconectaba automáticamente en su teléfono si recibía datos inconexos. Me recordó que cuando había decidido empezar análisis

sabía que eso implicaba no poder cambiar su teléfono por uno más moderno mientras el análisis no concluyera, que era una consigna que yo mismo le había dado: no tomar ninguna decisión importante durante el análisis. Y vaya si cambiar el teléfono no era una decisión tremendamente importante. Le pregunté si se habría masturbado mientras dormía. Lo negó rotundamente, ya que las sábanas estaban mojadas pero sus manos no. Él mismo comprendía la importancia que tenía para su investigación sobre los sueños lo que le había ocurrido. Un sueño puro, sin restos diurnos y sin actividad motora, desencadenó una eyaculación. Sin fantasía asociada, dijo. ¿Puro placer de órgano? agregó. Luego de esa pregunta se produjo un largo silencio. Seguimos la próxima, Amartek, le dije, y entonces su cuerpo se descorporizó de inmediato. Por mi parte corrí hacia la biblioteca a buscar el tomo de Freud en el que habla del placer de órgano, aquel que no se liga a una fantasía. No lo encontré enseguida, de modo que me senté con prisa a escribir estas líneas, no sea cosa que me gane el olvido. En este momento recibo un mensaje de Amartek, me dice que está agradecido por el trabajo realizado, que considera que llegó a su fin, que ahora ya podrá comprar el último modelo de teléfono que incluye la app Gadget, lo más de lo más en inteligencia artificial 7G, y que cree que retomará el análisis sólo si la IA se lo sugiere, y que muy probablemente lo hará con ella.

La calavera de Allan Poe Conversábamos animadamente con T. a la vuelta de mi viaje, mientras degustábamos unos tragos. Le confesé que en esta oportunidad mi mayor descubrimiento en Europa no había sido el de más artistas ignotos de pintura renacentista, una de nuestras pasiones en común, sino que fue el Negroni, ese trago maravilloso surgido del azar y la necesidad. Y admití que a mi regreso leí todo cuanto pude sobre las proporciones de los licores y el modo de prepararlo, el tipo de vaso y hasta la posición de la cáscara de naranja, esencial para que los sabores del vermut rosso el bitter y el gin se complejizaran perfectamente. Un ingrediente no menor resultaría el cubo de hielo, que no ha de ser demasiado pequeño puesto que no debe derretirse, ya que eso arruinaría la armónica proporción de los fluidos y con ello el exquisito equilibrio del sabor del cóctel. Bebí el último trago, complacido al ver que el bloquecito de hielo seguía intacto. T. me sermoneó, como acostumbraba. Primero ironizó diciendo que hasta para embriagarme yo me fijaba en las proporciones. Luego me regañó, me dijo que, en vez de investigar sobre las leyes de la perspectiva y el juego de sus líneas y puntos de vista, y sobre todo el quiebre de ellas para producir efectos ópticos notables como el trompe-l’ôeil, yo me dediqué a beber Martinis en Florencia. -Negronis, le corregí. -Son italianos los dos, da igual, concluyó.

A veces T. resultaba sorprendentemente vulgar. Cuando lo acompañé hasta la puerta de calle para despedirlo deslizó una pregunta, como queriendo incomodarme: ¿cuál será el equivalente literario del trampantojo? me dijo con la puerta ya entreabierta. Subí las escaleras, cerré la puerta de mi dormitorio con cuidado y me fui a dormir. Me despertó un calambre en la pantorrilla izquierda. Me levanté de la cama, pasé fugazmente por el baño y bajé con dificultad las escaleras. Encendí la luz. El hielo ya se había derretido. El calambre seguía allí. Decidí elongar los gemelos separando todo lo que pude mis piernas de la superficie vertical de la pared, a la vez que apoyaba mis manos inclinándome sobre ella. Así los músculos se estirarían, ciertamente con dolor, pero ese dolor acabaría por relajarlos. La luz iluminaba el lomo de un libro de la biblioteca, eso advertí al girar la cabeza; lo hice ya que no hay visión más anodina que la de una pared muda durante el proceso de elongación. Me acerqué a la biblioteca cuando cedió el dolor y tomé en mis manos el iluminado ejemplar, que resultó ser un tomo de las obras de Allan Poe. La memoria física del libro hizo que se abriera en la página más transitada de todas, la que da comienzo al relato de La carta robada. Como T. es vanidoso y presumido, seguramente sabría reconocer de inmediato la frase de Seneca, escrita en latín, con la cual se da inicio al cuento; y de inmediato me desafiaría a que acertara la cita y dijera con exactitud a qué texto del famoso estoico romano pertenece. Pero yo no podría satisfacerlo, la frase siempre había resultado ajena a mis conocimientos. Subí al dormitorio y la busqué en internet. Nil sapientiae odiosius acumine nimio. No la encontré en ningún libro de Seneca.

Sí encontré que algunos estudiosos la refieren como falsa, como una cita falsa por parte de Poe. La verosimilitud supuesta a los relatos de Poe fue tal que hubo un célebre malentendido debido a una publicación en la Enciclopedia Británica, en la cual se encuentran unos párrafos del cuento ficcional de Poe Un descenso al Maelström considerados como el testimonio de estudios verídicos sobre los torbellinos. Ocurría que, en verdad, Poe se había servido de un capítulo sobre el tema consignado en una edición anterior de la enciclopedia, lo que fue curiosamente omitido en la nueva edición. Como sea, al comenzar a leer La carta robada el escritor nos tiende una trampa, nos ofrece una cita falsa, una fake citation. Esto nos obliga a quitar la vista de la lectura y tomar distancia para encontrarnos con que se trata de un chiste, de un joke. Recordé la pregunta de T., y se me hizo evidente que esta trampa de lectura bien podría resultar el equivalente literario del trampantojo. Si esto fuera así, todo lo que sigue del relato debiera leerse con esa clave, como se lee el cuadro Los embajadores de Holbein con la clave de la anamorfosis, la que sólo apreciamos cuando nos retiramos por la puerta lateral de la sala del museo y echamos una última mirada sobre la tela. Ahí, solamente desde ahí, la imagen de la baguette transformada en calavera se nos hace evidente y da la clave de lectura de la obra: tanta es la ostentosa vanidad de los embajadores pero, sin embargo, el objeto más importante retratado en el cuadro no es uno perteneciente a las vanidades de la vida sino la calavera, un símbolo de la muerte. Como el lector lo sabe, o al menos supongo que lo sabe, el cuento de Poe termina con otra cita. Esta vez en francés: Un dessein si funeste. S’il n’est digne d’Atrée, est digne de Thyeste. Pertenece la

frase, concluye el relato, a la Atrea de Crébillon. Si nos atenemos a la historia contada por Poe, podríamos preguntarnos si hemos de tomar esta última cita como verídica o si es falsa también. Es que se nos advierte que para resolver los enigmas resulta necesario identificarse con la estrategia de quien los profiere. ¿Pensaremos que el autor, siendo más inteligente que nosotros, y previendo nuestra inquietud, nos ofrecería gato por liebre? ¿Nos diría, como en el chiste contado por Freud, que pensemos que si nos dice que va a Cracovia no es porque vaya a ir a Lemberg? ¿Pero acaso el cuento debe leerse en clave simétrica, una cita al comienzo y otra al final, siendo que una es verdadera y la otra falsa? Si lo que importa de la carta robada no es su contenido, puesto que en definitiva nunca se nos lo da a conocer, tampoco importaría demasiado la frase que Dupin dejara estampada en la carta falsa que deja en reemplazo de la carta original. Pero, sin embargo, se nos aclara que tiene decidida importancia no resultar injuriante para con el ministro dejándole como presente troyano tan sólo una hoja en blanco doblada como la original: es necesario hacerle saber quién triunfó en el juego. Vayamos despacio y recordemos la trama haciendo hincapié en dos detalles: la letra y las letras. La letra - lettre- que en francés es también carta, y la letra en tanto estilo del trazo de escritura reconocible en la grafía. Por otra parte, están las letras de las iniciales de los protagonistas, puesto que así son nombrados dos de ellos: D, el ministro, y G, el prefecto de la policía. Acerca del trazo de estilo de la escritura, la ciencia de los grafólogos hoy ha cedido el paso al reconocimiento digital, y ya son pocos los que practican la escritura manuscrita. En tiempos de Poe, por el contrario, reconocer el trazo de escritura resultaba de tal

relevancia que se constituyó en uno de los objetos principales del relato. Cuando el ministro ve la carta sobre el escritorio de la reina, nos dice el prefecto, de inmediato reconoció la letra. La misiva, pues, fue enviada por alguien por él conocido. A tal punto que un pliegue menor del cuento nos hace saber que probablemente no era la única carta escrita por el mismo remitente, ya que el ministro, sin ninguna prestidigitación sino a la vista de todos, cambia la carta por otra que tendría algún parecido con la primera, carta esta última que él saca de alguna parte, no mencionada en el relato del prefecto. Sonó el timbre de la puerta de calle; allí se encontraba T. portando una bolsa de papel madera que envolvía inequívocamente una botella de licor. Le había telefoneado una hora atrás para invitarlo a mi casa y brindarle la respuesta a la pregunta que me había arrojado al irse la noche anterior. No solíamos reunirnos con T. tan a menudo, pero la circunstancia lo ameritaba; por su parte, adivino que él había comprado la botella de gin inglés varias horas antes, sabiendo que recibiría mi llamado. -Seguramente sabés cómo comienza el cuento de Poe La carta robada, le dije, mientras mezclaba el Negroni con suavidad. -Por supuesto, me respondió de inmediato, con una cita falsa de Seneca. -Y supongo, también, que tenés muy en claro cuál es la traducción de esa frase y por qué Poe la coloca al principio del cuento. -De la traducción no tengo dudas, alardeó: “nada es para la sabiduría más odioso que la excesiva agudeza”, y así nos anticipa, a la manera de un prefacio, que el cuento va a dejar muy mal parado a los

hombres de ciencia y a la policía que hoy -como entonces- tan ampulosamente se denomina científica. -Si, le dije, pero ¿por qué Poe elegiría engañarnos con una cita falsa al comienzo, y terminar, en cambio, con una verdadera? -Muy sencillo -dijo él-, porque se trata de recetarle al lector la misma medicina que al ministro, ofrecerle una cita falsa para indicarle que todo el cuento es en sí mismo la carta robada. Del mismo modo en que Atreo le pagara a Tiestes, con su misma moneda. Ese es el remate de la historia, su verdad. - Y, sin embargo, hay algunos detalles más a considerar. Está el detalle de las letras reconocidas por su grafía y está el misterio de las iniciales de todos los nombres salvo el de Dupin. ¿No pensaste en ello? -Te escucho, me dijo lacónicamente. Creo que estaba sorprendido. Comencé por comentarle que no más el prefecto terminara de relatar los sucesos Dupin ya tenía la respuesta al enigma, lo cual me resultaba, por mi parte, más que enigmático. Todo el desarrollo que Poe hace sobre el juego de bolitas y la inteligencia científica tal vez tuviera la función de nublar nuestra atención, de disimular algunos detalles de la conversación con el prefecto, en especial aquel sobre las diferencias entre el poeta y el científico, diferencias que se explicitan en las dos conversaciones con el policía durante sus dos visitas. Dupin desliza que él también ha apurado algunos versos, eso lo hace en la primera visita. En la segunda, en cambio, es más explícito: el relator del cuento anuncia que se trata de dos hermanos, uno científico y otro poeta, a lo que Dupin responde “usted se equivoca, lo conozco bien, es ambas cosas”, refiriéndose a D.

T. me interrumpe para indicarme que el segundo detalle no se lo anuncia al prefecto sino al anfitrión, que es quien relata todo el cuento. -De acuerdo -concedo- veo que estás atento. Prosigo entonces. Sabemos ya que Dupin conoce bien al ministro. Eso explica que cuando lo fue a visitar el ministro se encontrara tranquilo, haraganeando y fingiendo tedio, como señala Dupin. Ya venía de repetir que lo conocía bien, por lo que el encumbrado personaje se dejaría llevar despreocupado por una conversación intrascendente, como la de una visita habitual, mientras que el sagaz detective, en cambio, buscaba la carta que, ya lo sabía, debía estar a la vista y no escondida. Es así como tras detectarla abandona la casa del ministro, dejando olvidado un objeto, una caja de oro para el rapé, excusa para poder volver un día después y remplazar la carta durante un programado suceso que desviaría la atención del ministro. Lo que sigue te es muy conocido, lo doy por seguro, pero quizás no hiciste hincapié en otro detalle del relato, el que refiere Dupin acerca de que D. le había hecho una jugarreta en Viena, lo que Dupin no olvidaría; según creo, todo el cuento resulta la saga de esa mala jugada, la venganza de Dupin. -Deberías probarlo, me dijo. Con intuiciones no alcanza. -Pues bien, he aquí la prueba: el ministro conocía bien la letra de Dupin. ¿Qué relación tenían, qué habrían compartido, cómo es que uno conocía la letra del otro, el otro conocía las estrategias del primero, cómo es que la visita del sagaz Dupin no lo puso al ministro a la defensiva dejándose llevar por una conversación anodina? Además, lo de la jugarreta en Viena, que recién se nos menciona al final del relato, y que sugiere una relación próxima, no se aclara

hasta que Dupin nos anoticia de la frase que escribe, con esa letra que el ministro reconocería, la frase de la venganza. -Aun así, no has logrado persuadirme, dijo T., al tiempo que me pedía que le preparara otro Negroni. -No vas a poder seguir el hilo de mi conjetura si te emborrachás - le dije mientras lo preparaba, pero solamente para molestarlo, porque lo conozco bien y sé de su cultura alcohólica: nunca lo vi embriagado. Así que proseguí con mi razonamiento: lo que no es digno de Atreo es digno de Tiestes, dice la frase final, la que alude a la historia de dos hermanos. Como Tiestes hizo adúltera a la esposa de Atreo, traicionándole, éste se tomó venganza asesinando a los hijos de Tiestes, sus sobrinos, y cocinándolos como plato principal de un banquete que le ofreció, diplomáticamente, en son de paz. Cuando la comida termina Atreo le muestra a su hermano, en bandeja de plata, las cabezas de los hijos, consumando de este modo la venganza caníbal. El ministro D., de igual modo, que Tiestes, le había hecho a Dupin una jugarreta y éste se venga de su hermano haciéndole tomar su propia medicina. - ¿Cómo que su hermano?, preguntó exaltado T., haciendo tal movimiento involuntario que buena parte del Negroni se derramó sobre la alfombra junto con el inmaculado cubito de hielo. El sagaz Dupin no es otro que uno de los dos hermanos que se mencionan en el cuento, ambos expertos en letras, uno científico y el otro poeta: C. August Dupin, tal su nombre completo, no es sino el hermano del ministro D., del ministro Dupin. He ahí resuelto el misterio de la letra y de las letras, le dije, y de la realización de la

venganza. Por eso la nota final en clave que habla del destino funesto de los hermanos. Lo que Poe no despeja para nosotros es cuál había sido la jugarreta que hizo en Viena Tiestes Dupin, el ministro, al sagaz Atreo. T. apuró lo que quedaba de su trago, arrojó una rápida mirada sobre la alfombra húmeda, y corrió escaleras abajo murmurando algo que no alcancé a escuchar, aunque creo que fueron unos versos de nuestro poema nacional, el Martín Fierro.

Klimax Breve historia de una escalera Luego de bajar del arca se instalaron en Sinar, palabra que quiere decir foráneo, tierra foránea. Allí decidieron construir una ciudad con una gran torre, para que si volviera alguna vez el diluvio pudieran guarecerse y, también, para trepar todo lo alto que se pueda, quizás hasta el cielo. También se dijeron hagamos un nombre, shem, por si debieran esparcirse por la faz de la tierra; por el nombre podrían reconocerse. Quisieron garantizarse, a lo ancho y a lo alto. Pero Yahvé descendió de los cielos y confundió sus lenguas para que ninguno comprenda, shamá, la lengua del vecino. Confundir se dice babal, y la ciudad fue nombrada Babel, “porque allí los confundió Yahvé y los esparció por toda la tierra”. Babal es confundir, pero también es ungir, untar, amasar. Yahvé amasó las lenguas para confundirlas. El shem, el nombre que ellos quisieron hacerse, les fue dado: babal, la confusión, la no comprensión. No consiguieron las garantías más que en la confusión. Sin embargo, de resultas de esa confusión, Babel, es decir Babilonia, devino un imperio, y el símbolo de su poderío fue el zigurat, su torre escalonada. Tampoco hay garantías con fuerza de evidencia sobre la construcción de la mítica torre. Sólo se cuenta con el relato bíblico y la referencia de Heródoto quien, por su parte, escribió lo que supo de oídas, porque nunca visitó Babel. Tudela, un rabino que vivió en el siglo XII, describe los restos de una torre que supuso fue la de Babilonia, pero erró su cálculo por unos cuantos kilómetros. Luego,

una renovada confusión hizo que los viajeros creyeran durante siglos que Bagdag estaba edificada sobre Babel. Recién se daría con el emplazamiento correcto en el último año del siglo XIX. Tudela, el rabino medieval, cuenta que en los restos de torre que encontró “hay caminos, y por ellos se sube en espiral, hasta arriba”. Las exploraciones más recientes confirmaron, en cambio, que los restos de la torre ahora hallada revelan que se trató de una construcción sencilla de adobe, con una escalera central de sesenta metros de largo y algunos accesos laterales. Pero este hallazgo corresponde al siglo XX. Hasta entonces las representaciones de la torre la querían revestida de una inmensa escalinata espiralada. La más famosa de ellas, sin dudas, la encontramos en la pintura de Brueghel. Claro que Brueghel no se propuso representar una torre hecha de adobe, la que no podría de modo alguno elevarse más que unos pocos metros. Su pincel la pinta como una figura de ladrillos de estilo romano, tomando como referencia el Coliseo. Acaso la propuesta del artista fuera que la razón por la que la torre no se terminó de construir no se debía a la intervención divina sobre la lengua, sino a razones estructurales. De hecho, los pisos más altos se muestran completamente acabados mientras que los cimientos no lo parecen. Se sostienen sobre nada. En las dos representaciones de su autoría, tanto en la tela famosa como en una más pequeña, la torre ostenta una escalera en espiral ascendente, como la que contaba nuestro rabino. Tiempo más tarde, en Roma, el célebre Borromini construye la iglesia de Sant Ivo alla Sapienza, en la que para acceder a la cúpula se deben apurar unos cuantos escalones exteriores que rodean la estructura. Su obra es considerada la más alta expresión de la arquitectura barroca. Un siglo después se construye en Copenhague

la iglesia de Nuestro Salvador, una de las atracciones de la ciudad puesto que su cúpula resulta un mirador de los más privilegiados, debido a su altura. Cuatrocientos escalones dispuestos en espiral rodeando la estructura permiten el esforzado acceso a la terraza. Como una curiosidad, constato que por estas tres escaleras se asciende en sentido levógiro. Pero estas escaleras exteriores dispuestas como las imaginadas para la torre de Babel, en espiral ascendente, ya no representan la intención pagana de llegar al cielo, como lo relata el Génesis, sino otra ascensión, esta vez fomentada por la divinidad antes que cuestionada por ella. Se trata de los escalones que llevan a la ascesis espiritual, la escalera del divino ascenso, inspirada en la obra de un abad de cuya vida no se sabe mucho, salvo que redactó en el siglo VII Scala Paradisi, la escalera al paraíso, forma latina que traduce E klímax Theías anódu. Klímax -Κλίμαξ- es, en griego, escalera. De ahí el nombre transliterado con el que se conoce al referido abad: Juan Clímaco, o Juan de la Escalera. El término klimax ha sufrido una profusa dispersión semántica. No solamente refiere a la escalera que se la supone siempre ascendente, cosa curiosa, sino que indica cierto grado de acabamiento, punto más alto -define la RAE-, máxima tensión, culminación del placer sexual, gradación más alta, siempre en términos ascendentes. Una escalera que se usa sólo para subir. ¿Qué palabra se corresponde con el eventual uso de la escalera para descender? Juan de la Escalera escribió su texto mayor en el Monasterio de Santa Catalina en Sinaí, sitio donde se supone que Moisés presenció la aparición de la zarza ardiente. A pocos años de terminada la construcción del templo fue que Juan se recluyó en él, luego de la

muerte de su esposa. La leyenda dice, por el contrario, que se instaló en el monasterio a la edad de dieciséis. Quizás esta última versión quiso opacar la vida secular del futuro santo, vida en la cual la abogacía lo habría llevado a transitar otros peldaños que los del ascetismo. Como sea, Juan escribe acerca de treinta escalones, treinta años de la vida de Jesús, aquellos previos al bautismo. Cuando el asceta llegue al escalón treinta habrá adquirido las virtudes teologales, la fe la esperanza y la caridad. Acaso esta escalera remede la de Jacob, quien la soñó. Pero aquella del sueño de Jacob permitía un sentido doble de circulación, ya que por ella bajaban y subían los ángeles. Jacob, luego de engañar a su padre Isaac para hacerse de la primogenitura que le correspondía a su hermano Esaú, sueña con ser el preferido de Yahvé quien le dice, encaramado en el peldaño superior de la escala, “esta tierra en la que yaces te la doy a ti y a tu descendencia”. La tierra, no la escalera. La escalera, pues, no es para los hijos de Israel, es para los ángeles. Es una escalera por la cual no podría llegar ningún humano vivo al último escalón. Mil doscientos años después Søren Kierkegaard se sirve de la figura de Johaness Climacus para escribir utilizando ese nombre como seudónimo. De todo lo que hay que dudar, titula su obra. El tema del libro es la relación entre la duda y la filosofía, entre el pensamiento individual y las verdades eternas, entre la historia y el cristianismo. Para abordarlo construye como ficción la biografía de un joven que avanza en su recorrido filosófico a partir de la duda, mediante pasos sucesivos, cual escalones que lo llevarían a tomar posiciones cada vez mejor consolidadas. Kierkegaard hace mención expresa de que el joven ascendía de escalón en escalón “por la vía de la consecuencia, hasta uno más elevado, pues la consecuencia era para él una scala paradisi”. Sin embargo, todo parece indicar que

estas consecuencias lógicas serán, paradójicamente, revocadas, ya que cada paso nuevo ponía en duda al anterior, y acaso lo refutaba. ¿Por qué utilizar un pseudónimo? Para mantener cierta neutralidad respecto de lo dicho, señala el danés y, agreguemos, para poder desdecirse o refutarse en boca de otro. De hecho, el muy extenso postcriptum, su obra más voluminosa, no tendría otra función que revocar lo escrito anteriormente. Kierkegaard explicita que el postcriptum no es científico, de modo que nada demuestra, y el propio Climacus se pregunta cómo sería posible llegar a ser cristiano si no por la fe, de modo que también refuta el uso de la escalera para pretender llegar a serlo. ¿Acaso todo lo que el lector ha comprendido tras horas y horas de lectura debe ser puesto en duda? Es que una obra singular no podría de modo alguno tener un alcance universal, no podría servir de argumento para nadie más que el autor, leemos. Todo lo escrito en el libro debe entenderse, pues, concluye, como una revocación explícita de lo allí tratado antes, incluso como una retractación. Esa es la función de todo postcriptum, la de cuestionar, interpretar o incluso refutar lo vertido en las letras ya leídas. Interesante tarea para quien quisiera ocuparse de los postcriptum de los textos de Freud, de sus notas al pie y agregados a lo largo de los años. En el Postcriptum de Kierkegaard- Climacus se lee que escribir un libro y luego revocarlo no es lo mismo que no haberlo escrito. ¿La escalera, que supone el ascenso en la comprensión o en la elaboración, tiene el destino irrevocable del descarte? Así parece indicar el párrafo del postcriptum que dice que, si se llegara a resolver la duda y probar la verdad del cristianismo, éste habrá desaparecido, reducido a algo histórico cuya verdad sólo ahora se habrá vuelto verídica. Para probar la verdad se ha dejado caer la fe.

¿Acaso el lector de Lacan no reconoce aquí aquella fórmula que dice que si el psicoanálisis triunfara devendría un síntoma olvidado? Kierkegaard cita a Lucas: cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará fe sobre la tierra? Quizás se trate de otra forma de fracasar cuando se cree triunfar. La escalera, asi considerada, no sería más que un instrumento que, cumplida su función, habrá que desechar. Como también habrá que revocar las certidumbres adquiridas que estimulaban a subir al siguiente escalón cada vez, sin posibilidad de descenderlo para intentar saber mejor. ¿Es que acaso la escalera no lleva a ningún sitio?, ¿será que el cielo es -tan sólo- el camino hacia el cielo, como afirmara Santa Catalina? Unos años más tarde Wittgenstein escribe en su tratado lógico matemático una serie de proposiciones. En la penúltima afirma que quien haya seguido paso a paso sus desarrollos, entenderá que se ha llegado a un sinsentido. Pero sólo podrá hacerlo quien pueda salir de sus proposiciones habiéndolas transitado, quien “haya salido a través de ellas fuera de ellas”. De este modo, concluye, debe tirar la escalera luego de haberla utilizado. La última proposición de Wittgenstein en su tratado será que de lo que no se puede hablar hay que callar. El lenguaje, esa escalera, diríamos, resulta insuficiente para decir lo indecible. Lo indecible será ese punto de llegada, el Klimax. Al término del recorrido, al llegar al último peldaño, ya no nos sirve la escalera y debemos arrojarla. Pero, explicita Wittgenstein, sólo a condición de haber hecho el recorrido con ella. Al parecer, tiempo más tarde el mismo Wittgenstein dirá que, si para llegar a un lugar necesita una escalera, él ya no quiere esa escalera. Pero, claro, eso lo dijo después de haberse servido de la suya y luego arrojarla. Lo dijo cuando ya no era el mismo

Wittgenstein. Algo de ese orden sucede tras el recorrido de un análisis. La transferencia, esa escalera, es desechada, pero no por inútil sino porque ya ha cumplido su función. Intentar hablar de ese punto de llegada es intentar hablar de un sinsentido al que se ha arribado. ¿Para qué, y cómo, hablar de un sinsentido? Es que no se trata de llegar a un sinsentido en tanto que fuera de sentido, sino al sentido en su dimensión pura, que es la de un sinsentido radical. Llegado a ese punto no es que haya nada que decir, sino que hay lo imposible de decir. Entonces, se debe callar o, mejor, hacer silencio. Lo que comenzó con la confusión de lenguas culmina con la imposibilidad de decir. Lo que en un análisis comienza con la premisa de hablar culmina con un imposible de decir. La escalera, la transferencia, ha sido un privilegiado testigo. Un testigo mudo. Lacan, quien no siempre ha sido transparente en cuanto a referir las fuentes que inspiraron sus propuestas, seguramente leyó al Kierkegaard y al Wittgenstein de las escaleras. Hasta donde me consta no lo ha mencionado, pero se podría arriesgar la hipótesis de que, cuando se refiere a prescindir a condición de servirse, la escalera de Climacus se hace presente. Lacan ha dicho que del Nombre del Padre bien se puede prescindir a condición de servirse de él. Así, el Nombre del Padre no tendría otra consistencia que la de los peldaños de una escalera. Pero aún no nos apresuremos a concluir, quizás nos falte aún apurar otro escalón. Extendamos la fórmula para sostener que de algunos términos de los que disponemos, aquellos con los que nos hemos adentrado en los meollos de un discurso, términos que nos permitieron una suerte de ascenso en la escalera de la práctica teórica, de ellos podremos

prescindir a condición de servirnos de ellos, a condición de arrojar la escalera una vez que se hayan incorporado a nuestro dominio. Pero, si al término de la escalera llegamos al límite de lo que se puede decir, al punto en el que Wittgenstein decía que había que callar, la práctica de la palabra pareciera quedar interdicta. De lo que no se puede hablar hay que callar; sin embargo, no es imposible decir que hay lo imposible de decir. Eventualmente, además, se puede producir de ello una escritura. Y con eso no necesariamente revocar lo dicho. Quizás otra topología fuera necesaria, tal vez no la de una escalera convencional, aunque esta estuviera muy bien apoyada en la geometría euclidiana. Hay quienes han dado prueba de haber transitado la escalera de un análisis, y la escalera de la formación analítica, y eso se revela en su forma de expresarse, en su bien decir. Quizás el acuñamiento de nuevos términos para la transmisión del psicoanálisis sea la consecuencia de que hay lo imposible de decir y de que el lenguaje es impotente para decir lo indecible. Entonces algunos nutren su discurso con neologismos, los que cumplirían una función de suplencia de esa imposibilidad, una suerte de remedio para la impotencia. Inversamente, hay quienes hacen uso en el discurso de la vida cotidiana de los términos del vocabulario psicoanalítico, términos que forman estrictamente parte de los escalones que se han transitado para elaborar un saber teórico que soportara la práctica que animan. En algunos casos funcionan como contraseña referencial, es decir como signos de pertenencia a una parroquia de psicoanalistas. Se aprecia el carácter religioso que adquiere ese código al llamarlo parroquia. En otros casos les dan a esos términos una consistencia conceptual, funcionan como si refirieran a cosas, a entes; hablan en jerga.

Diré, por mi parte, que no es necesario hablar en jerga, que hay recursos para intentar un decir que no se sostenga de palabras que, se sabe, el que escucha no necesariamente comprende. Paulo de Tarso así lo decía, decía que si hablaba en glosa nadie salvo Dios lo comprendería. A la asamblea, decía, hay que hablar con las palabras del pueblo. Por mi parte intento no hablarle a ningún dios. Si en el apuro por decir tengo que recurrir a términos técnicos, si tengo que bajar un peldaño en la escalera, me digo que de algunos de esos términos me puedo servir, pero siempre a condición de poder prescindir de ellos. De modo que aquí conviene invertir la fórmula lacaniana cuando se trata de hablar de psicoanálisis ante otros. A falta de términos del discurso corriente me sirvo de los términos propios del discurso lacaniano, a sabiendas de que mejor sería prescindir de ellos si encontrara mejores recursos para expresarme. Me sirvo de ellos a condición de, cuando mejore mi retórica, poder prescindir de ellos. En cuanto al Nombre del Padre, si se tratara de una escalera, como escribí más arriba, ¿a qué conduciría arrojarla y prescindir de ella? Eso conduciría a hablar en lenguas. Hablar sin aquel ordenador del campo del lenguaje que permite que otros escuchen y puedan comprender. ¿Es que existe un significante, llamado Nombre del Padre, que pudiera colectivizarse? Imposible. Ni siquiera es uno. Es, para cada quien, el conjunto de significantes que han presentado, como articulado, al deseo. Los que han presentado el deseo como articulado. Articulado en relación a lo que la madre desea de su hijo, el falo. Así, el falo funciona como equivalente general. Y ya me deslicé a la jerga. ¿Se lo puede decir sin recurrir a la jerga, al falo imaginario y al falo simbólico? Lo intento. Hay intervenciones sobre las madres que les hacen saber que ese vástago suyo no es solamente suyo. Que no es

todo para ellas. Esas intervenciones, si son eficaces, permiten que se ordene un campo, el que llamamos del deseo y del goce, a partir de otro campo que es el de la palabra. Esas intervenciones no se reducen a una, salvo que se las nombre por la función que operan. Esa función es llamada, tomando el término que empleara Jesús, el Nombre del Padre. El Nombre del Padre es pues el significante impronunciable que articula el campo del deseo y del goce, y que se reduce a su función al término de un análisis. Lo que se arroja con la escalera no es la función, sino el camino que ha permitido llegar a esa reducción a la función, el camino de la transferencia. Al término del análisis ya no se trata de afirmarse en los significantes originarios que para cada quien articularon el acceso al campo de la palabra, es decir al lazo con los otros, sino de sostener la función que con esos significantes se ha trasmitido. Si Lacan llegó a decir que lo único que un padre transmite es el falo, ¿no es acaso de la función de lo que está hablando? ¿Hay acaso un objeto falo, un equivalente general? ¿No deberíamos llamar falo al orden singular por el que para cada quien se presenta articulado el campo del deseo? Lacan fue muy claro en su fórmula, la que supone una cláusula en tiempo presente. No dijo que se puede prescindir del Nombre del Padre habiéndose servido de él. Dijo que de él bien se puede prescindir a condición de servirse de él. De lo contrario corremos el riesgo de hablar en lenguas.

El seminario robado La noticia corrió como reguero de pólvora. En dos ciudades distantes entre ellas cientos de kilómetros, exactamente a la misma hora, fueron encontrados sendos ejemplares de un seminario de Lacan hasta entonces desconocido. La familia fue advertida por dos llamados telefónicos, los que seguramente fueron dirigidos a dos líneas fijas distintas de teléfono, o tal vez las llamadas difirieron entre sí unos pocos minutos, no lo sé. Si sé que se decidió ocultar la novedad y guardar celosamente los dos ejemplares en secreto, dada la incalculable trascendencia que el suceso tenía y tendría en caso de salir a la luz. Supongo que se dio aviso a la policía. Entre algunos pocos allegados surgieron comentarios dichos a las apuradas en los pasillos y comenzaron a desparramarse algunos detalles, seguramente filtrados con fines desconocidos por algún miembro de la familia. Eran, esos detalles, del todo sorprendentes. Un ejemplar había sido hallado en algún lugar de Castilla cuyo nombre ahora no puedo recordar. El otro en un rincón escondido de los suburbios de Bayonne, pero en verdad no se sabe si allí es donde fue hallado o si desde ahí se hizo una de las llamadas telefónicas. Los volúmenes tenían idéntico contenido, pero formatos distintos. Uno estaba impreso en forma apaisada, el otro en el clásico vertical. Otra diferencia, esta verdaderamente muy notable, es que un ejemplar llevaba por título Los fundamentos del psicoanálisis, y el otro Los cuatro conceptos fundamentales. Pero la sorpresa no terminaba allí. El ejemplar apaisado sigue aún en poder de la familia, pero el otro, el que tuve frente a mi hasta hace pocos minutos, le fue confiado a Ester, a quien debo el hecho de estar escribiendo estas líneas. No sé cuál fue la razón para elegir hacer circular el de formato

vertical. La misión de Ester fue la de entregarlo sucesivamente a sesenta colegas para que ellos den su opinión sobre la verdadera autoría, sobre la verosimilitud del contenido, y, lo más importante, sobre las fechas probables en que el seminario habría sido dictado. Cada uno de los sesenta dispondría, dispondríamos debo decir, exactamente de veinticuatro horas para dar una fundada opinión, por escrito. Acabo de entregar a Ester el texto con mi veredicto y, antes de que mi memoria se nuble por la emoción y por el cansancio, escribo este testimonio. No sé qué lugar en la secuencia ocupo entre los sesenta, no sé desde cuándo circula en secreto este ejemplar, no sé más, ni siquiera sé si tengo derecho a relatar lo que he vivido en este larguísimo día de continua vigilia, pero me atrevo a comunicarlo porque, quizás por omisión o por sentido común, no se me pidió reserva. Entre los detalles singularísimos constato que se trata de un texto en lengua española. ¿Qué animaría a Lacan a hablar ante su público en español? No estoy seguro de que en su retorno a Freud hubiera seguido los pasos de aquel y que aprendiese la lengua de Cervantes para leer el Quijote. Y si ese fuera el caso, tampoco puedo inferir si Lacan recitó con prodigiosa memoria clase por clase ese seminario, algunos años después de dictar el original de 1964, traduciéndolo en acto, o si tenía frente a él la edición ya impresa; o tal vez, y es la versión por la que me inclino, el libro que pasó por mis manos es una transcripción ya traducida y editada. No logro imaginar por qué, en ese caso, se mantuvo un unánime silencio por tanto tiempo. El ejemplar que se me entregó no tenía datos de edición, ni de casa editorial, ni de inscripción en los habituales registros, tampoco mención alguna de nada que pudiera permitir identificar a los autores de la impresión. Tal vez le hayan sido arrancadas las hojas

que contenían esa información, pero, si así fuera, la delicadeza y precisión con que se hizo esa tarea resultó magnífica. Volviendo al contenido, lo cierto y lo más sorprendente del texto, es que cada clase repite palabra por palabra las correspondientes a las clases ya conocidas por todos nosotros del seminario de los años sesenta. ¿Qué habrá impulsado al maestro a impartirnos semejante lección? ¿Y cuál habrá sido el motivo por el cual esta enseñanza que Lacan produjera, repitiendo palabra por palabra el seminario inaugural de su escuela, se mantuvo oculta durante tantos años? Yo no logro decidirme por dar una fecha cierta para el dictado de este nuevo seminario. Conjeturo que habrán pasado unos diez años entre uno y otro. Lo que estoy seguro es que Lacan decidió dar un mensaje cifrado al indexar cada nueva clase con idénticas fechas que las antecesoras. Dos debates se han iniciado, y sobre eso sí se me ha pedido confidencialidad. El primero es si se trata efectivamente de un seminario de Lacan o si es apócrifo. Lo segundo es cómo incidiría, de ser verdadero, en el modo en que se numeran los seminarios, habida cuenta que hay quienes los leen en orden cronológico, confundiendo comienzo con inicio, y que hay otros que consideran que las últimas palabras del maestro ya fueron dichas, y que un nuevo seminario pondría una objeción insalvable a esta posición. Sobre lo segundo no tengo opinión. Sobre la autenticidad del seminario, en cambio, no cabe duda alguna. El estilo es inconfundible, gongorino, barroco, casi exasperante, como el que todos conocemos. En todo caso sería, de resultar apócrifo, un texto brillantemente escrito por el fervor inaudito de un perseverante estudioso de Lacan. Si bien cuando un estilo es arrevesado resulta más fácil imitarlo y más difícil reconocer

el plagio, en este caso no cabe la duda puesto que se lo ha repetido palabra por palabra, sin omitir ni tergiversar ninguna. Sea copia u original, sea obra del genio de Lacan o virtud del plagiario, lo cierto es que cotejé varios párrafos del ejemplar en cuestión con la edición autorizada que tengo en mi biblioteca, y presté especial atención a los párrafos que más subrayados les he procurado, y debo decir que la conclusión es terminante: se trata de una versión perfectamente interlineal. Cada palabra resulta un calco de la original. Yo creo que esto obedece al genio de Lacan, y no a la intención de un farsante timador. En todo caso, si fuera un plagio decidido, debo admitir que la copia resulta tanto mejor que el original. No puedo avizorar qué ocurrirá cuando esta experiencia termine, no puedo aventurar el efecto que tendrá sobre los cientos de miles de lacanianos dispersos por todo el mundo. Mucho menos puedo por ahora entender por qué me encuentro yo entre los sesenta elegidos, ni cómo afectará esto mi posición entre los demás colegas que no participaron de la prueba. Tampoco sé si la familia dará a conocer el nombre de los sesenta, ni el resultado de los sesenta veredictos, y mucho menos si habrá coincidencia entre ellos. Todo lo que envuelve a Lacan termina siendo enigmático y misterioso después de su muerte. Me animo ahora a dar un ejemplo de la importancia que tiene, según entiendo, este seminario rescatado del olvido; de lo que entiendo por ahora porque, luego que el sueño me gane y me obligue a dormir, tal vez me visiten otras ideas que intentaré conservar al despertar, y quizás refuten aquellas pocas que aquí siguen. Quisiera compartir ejemplos que den cuenta de la importancia que tiene este seminario desconocido dictado por Lacan y que repite palabra por palabra el anterior. Decididamente el paso de los años transforma el

alcance de las palabras y lo que estas significan, y este creo que es su gran mérito. Serían muchos los ejemplos que podría dar entre los que encontré, pero, dada la coerción del editor de este libro para no excederme en el número de caracteres que debe tener mi escrito, apenas puedo dar cuenta de uno solo de ellos. En el seminario de 1964, en su última clase Lacan dijo: El deseo del análisis no es un deseo puro. La interpretación que cabe, y que suele darse a quienes estudian a Lacan comenzando por este seminario, es que la pureza tanto como la impureza del deseo del analista conciernen a la transferencia, y que Lacan hace aquí indudablemente mención de Freud, quien había puesto en relación el oro puro de la transferencia con el cobre de la sugestión. Siempre hay algo de sugestión en el manejo de la transferencia, y en eso consiste la impureza del deseo. Eso dijo Lacan en 1964. Pero, cuando muchos años después, insisto en que tal vez sean unos ocho o diez, Lacan repite su seminario palabra por palabra, entonces dice, y observemos la diferencia con lo anterior, dice: El deseo del análisis no es un deseo puro, ¿Cómo no reconocer que, pasados los años, el maestro nos brinda otra referencia? Si el amor de transferencia es un nuevo amor, a ese amor le corresponde un nuevo deseo. Y ese nuevo deseo es el que solamente podría verificarse por medio de un dispositivo que no tiene nada que ver con el análisis, y que llamó el pase. El deseo es impuro puesto que no se lo puede aislar en la transferencia, sino una vez que ésta ha caído. ¿No notamos, acaso, la genialidad de Lacan al utilizar la misma frase con idénticas palabras para decirnos dos cosas bien distintas, para hacernos pensar en términos muy diferentes? Cuánta

rigurosidad se requiere para transmitir la enseñanza de Lacan a las nuevas generaciones… Me arriesgo, pues, a develarles mi lectura final sobre el asunto, la que omití cuidadosamente mencionar en el informe que entregué: Lacan nos hizo saber que no hay necesidad de cargar las tintas sobre la homofonía, como lo había hecho en los que se conocen como sus últimos seminarios. Basta con repetir las mismas, idénticas palabras, una y otra vez, para que ellas nos abran a nuevos sentidos. ¿Acaso no dijo Lacan que repetía las cosas cien veces? Si así fuera, si mi lectura fuera adecuada, si coincidieran en ello los otros cincuenta y nueve elegidos, indudablemente este seminario recobrado ocuparía un sitio crucial entre los ultimísimos, y obligaría a una completa revisión de todos los seminarios anteriores. Antes de poner mi firma al pie de este breve testimonio quiero comentar otro detalle singularísimo que encontré en el ejemplar que se me confió. Quizás este detalle haya sido el que incitó a la familia a elegir para este trabajo la edición vertical y no la apaisada. Tengo la íntima convicción de que fue eso y no el título diverso de ambas versiones. Se trata de una anotación manuscrita, la única que se dejó encontrar, y la cual copié, aunque, por un cruel olvido, omití anotar el número de página en el que estaba escrita. Dice así: “Pensar, analizar, inventar no son actos anómalos, son la normal respiración de la inteligencia”. Creo haber leído estas palabras en algún otro lugar. Quizás, cuando me entregue al dormir, un sueño venga a reintegrarme el recuerdo. Referencias: Lacan, Jacques: El seminario, Libro 11, Los cuatro principios fundamentales del psicoanálisis, Seix Barral, Barcelona, 1977.

Lacan, Jacques: El seminario, Libro 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Paidos, Barcelona, 1997 Borges, Jorge L: Pierre Menard, autor del Quijote, Revista SUR, Buenos Aires, 1939.

El molinillo de café a Hölderlin Más café, dijo ella, sin quitar sus ojos de las hojas que tenía frente a sí. Agregó, apenas después, en tono muy bajo: por favor. Durante ese apenas, entre las dos primeras palabras y las dos últimas, dudó si en el tono que ella había empleado se debía percibir alguna pizca de interrogación. ¿Hay más café? Pero ese hay no había sido pronunciado, había que suponerlo. Lo que menos quería él es que ella interrumpiera la lectura, por lo que decidió que lo que quiso decir, ella, era que quería más café y que, por una simple reducción de costos, olvidó el tono, olvido que devino enseguida en aquel por favor. Tomó sigilosamente la taza y la llevó a la cocina. Se preguntó si no hubiera sido más práctico usar la cafetera eléctrica, así el café estaría disponible de inmediato, entonces podría volver él a llenar la taza y darle ella continuidad a la lectura: el mismo café, la misma concentración. Pero él había utilizado una moderna cafetera express. Por un instante un pensamiento absurdo se le presentó y se dijo que tal vez podría utilizar el café que aún permanecía en la cápsula. A ese pensamiento siguió otro que creyó no tan absurdo, solamente porque llevaba el tono de la interrogación, ese tono que le faltó al pedido de ella y que él tuvo que corregir. Fue un pensamiento acerca de si las palabras envejecían como el café. Se dijo inmediatamente que sí, que si al café ya se le había sacado todo el jugo… Se interrumpió. El café es una infusión, se dijo, no se le saca jugo a un grano, por mejor molido que se lo quiera. Comenzó a caminar por la cocina, inquieto. No lograba construir una metáfora

entre el grano de café, el fruto jugoso y las palabras. Sin embargo, que el café envejecía como las palabras y que no sabía igual el que había sido molido recién que el grano molido hacía un mes, eso le pareció indubitable. Las palabras gastadas por el uso ya no tienen la misma eficacia, el mismo sabor. Pensó en un molinillo de café y quedó perturbado por la ocurrencia que tuvo. ¡Basta!, se dijo, volvió con la taza humeante y la dejó exactamente donde la había encontrado; rogó no haber también perturbado su lectura, la de ella. Lo de exactamente en el mismo lugar no es una metáfora, claro, es una consecuencia de su oficio, el de continuista en las filmaciones, aquel que asegura que todo objeto permanezca en el escenario tal cual como estaba en el momento en que se interrumpió la toma anterior. Se preguntó si ella estaría pensando que mejor sería que él se hubiera quedado con ese oficio en vez de intentar escribir un guión. ¿Se notaría mucho que el protagonista de su película tuvo el mismo sueño que él, es decir, que el protagonista era él? Soñó que encontraba un tubo, un tubo cerrado con tapa, y que adentro había palabras. Y que no sabía por qué las palabras estaban allí. No es como cuando el poeta escribe y guarda cuidadosamente la hoja en una botella, la cierra con esmero y la arroja al mar. No. Le parecía que las palabras no estaban en el tubo para ser conservadas, sino para que no se escaparan. Esa era una idea absurda, se dijo. Pero, al fin de cuentas, los sueños son absurdos. La productora de cine – a quien él había conocido por su oficio- leía con mucha atención las hojas del guión, y pasaba de unas a otras con firmeza. Él se congratuló de haber impreso el texto antes que ofrecerle que lo leyera en la computadora. No por un cuidado a sus ojos, los de ella, no. Las pantallas no son inocuas, pero no fue por

eso. Es que él desconfía de las pantallas o, mejor, de las computadoras. El corrector ortográfico le solía jugar malas pasadas. No quería correr el riesgo de que las palabras que él había elegido con tanto esmero fueran cambiadas sin su consentimiento. Al fin de cuentas la inteligencia artificial no resulta nada inteligente, no sabe distinguir entre hojear y ojear. Las palabras en el tubo, encerradas, constituían un enigma. ¿Por qué alguien las encerraría? No hay malas palabras, recordó que un fulano había dicho, y recordó también que ese fulano se hizo más famoso después de haber dicho esas palabras. Si no hay malas palabras, por qué encarcelarlas dentro de un tubo, se preguntaba. Que no salieran de su encierro podía ser la respuesta, que no afectaran a nadie, que no hicieran daño. Tal vez. Su protagonista llevaba ese sueño al rango de premonición. Si había palabras encerradas, quizás estuvieran puestas allí, fuera de circulación, por alguna fundamentada censura; claro que si el proceso se repitiera varias veces con ello se reduciría el vocabulario de manera drástica, según la cantidad y la calidad de las palabras castigadas con el encierro. Pero no estaba seguro, el razonamiento podía resultar errado, ya que no sabía si las palabras podrían reproducirse, engendrarse de nuevo a partir de las palabras libres. Más perturbadora le resultaba la idea de que las palabras se reprodujeran en el encierro, adentro del tubo, y terminen por hacerlo explotar y se diseminen como una plaga. Si ese fuera el caso, quien las había encerrado estaría perdido, habría fracasado estrepitosamente. No haber tenido en cuenta la cópula entre palabras, la reproducción y la formación de palabras nuevas, eso era un descuido imperdonable. Quién sabe qué monstruosas palabras podrían engendrarse en cautiverio.

Peor el remedio que la enfermedad, pensó. Pensó que la productora se estaría preguntando por cómo el novel escritor resolvería la trama de tal modo que las palabras pudieran producir efectos como si fueran las actrices, las actoras de la trama. Si es así, se equivocaba, pensó él. Ojalá ya se hubiera dado cuenta que el problema no eran las palabras, sino quien las había privado de su libertad. Se dijo que tal vez le faltó sugerir cuál era el eslabón que ligaba al soñante con las palabras elegidas para ser encerradas. A él siempre le habían gustado las películas en las que los espectadores construyen los eslabones faltantes, y eso le daba un ritmo a la atención y un lugar para ellos en la trama misma. Los hacía protagonistas. Pero, si el eslabón no resultaba fácilmente adivinable por el espectador, eso podía llevar lastimosamente a que la película fracasara. Se dijo que por eso había intentado reflexionar sobre cuál era el peligro de preservar, libres para el uso, algunas palabras. Libres, sobre todo, para su uso por aquel que no medía el efecto que las palabras tenían cuando eran emitidas por su boca. En muchas ocasiones se encontró con que le reprocharan haber dicho tal o cual cosa. ¿Cómo decís eso? Eso, para él, no ponía el acento sobre la idea que expresaba, ni sobre el tono, sino que el “eso” eran las palabras mismas. ¿Cómo decís esas palabras? Un muro se levantaba entre él y los otros cuando le ocurría errar la lectura, y creer que el problema estaba en las palabras. Comenzó a escribir la lista de aquellas que dañaron, ofendieron, preocuparon, lastimaron a sus allegados. Eso, cómo decís eso, se convertía en cómo decís esas palabras. Las guardó una por una en un tubo y las quitó de su vocabulario. Mientras lo hacía les dijo, a las palabras, que tuvieran paciencia, que sólo lo hacía mientras averiguaba qué tenían, por qué dañaban, y cómo hacer para neutralizarlas. Las mantenía en

prisión preventiva, por averiguación de antecedentes, les dijo. Le encantaba utilizar léxico policial en su guión. Más difícil se le hizo poner las palabras en cuarentena en el procesador de texto de su computadora. Tuvo que recurrir a un programador, puesto que le resultaba muy fácil añadir palabras al diccionario, pero, en cambio, no sabía cómo quitarlas. También por eso es que desconfiaba de las computadoras. No podía estar verificando todo el tiempo que los programas no se actualizaran y les dieran nueva vida a las palabras en penitencia. La inercia informática que reconstruye los fallos de los sistemas siempre le pareció siniestra. La tarea que comenzó a emprender era claramente ciclópea, lo sabía. Tenía que encontrar qué hacía que esas palabras, esas y no otras, esas y no todas debieran salir de circulación. Claro que para averiguar eso no podía interrogar a las palabras recluidas, eso resultaría un privilegio para ellas, el de la libertad condicional, un privilegio inmerecido, aunque fuera momentáneo. ¿Y si por un descuido suyo se escapaban? Tampoco podía confiar en lo que las palabras le respondieran. Con tal de obtener la libertad cualquier argucia podría ser implementada por las reas. Y él nada tenía de la fina perspicacia policial. Se sentó frente al televisor; vio de mala gana una película en la que había que desactivar a unos replicantes, criaturas mecanocibernéticas dotadas de voluntad y que reclamaban la vida eterna. Improcedente, pensó, ni siquiera las palabras son eternas, ni siquiera los dioses. Esta frase, que ni supo de dónde le vino, resultó la que le reveló la orientación para su búsqueda. El peligro que conllevan esas palabras lo desconocemos porque su secreto no nos pertenece, no pertenece a nuestro tiempo. Entonces decidió practicar como novato, también

novato en ello como en escribir guiones, un hobby que solía mantenerlo entretenido durante los veranos. Quiso investigar la raíz lingüística de las palabras encerradas. Y, ¡eureka!, tras varias noches de desvelo comprobó que todas esas palabras tenían raíz griega. Su pasión por los orígenes por fin le brindaba un fruto útil para cosechar. Pero la vertiente etimológica no podía ser un argumento ofrecido como prueba en un juicio por jurados, decidió, por lo que la escena que había imaginado haciendo comparecer a filólogos en un careo con las palabras no iba a tener lugar en su película. Además, esa escena solamente tendría gracia para él. Se la reservaba para su función privada, para el llamado corte del director. Convencido de estar en la huella adecuada, persuadido por cuanto, en el vocabulario corriente que empleaba, la mayoría absoluta de palabras era de raíz latina, y en cambio, la estadística resultó unánime sobre la procedencia griega de sus palabras cautivas, ese notable hallazgo lo sumió en un sueño apacible y reparador. Entonces fue que tuvo un inesperado segundo sueño. Al decidirse a preparar la cena y abrir el freezer de su heladera en busca de unas milanesas, se encontró con que el tubo de las palabras encerradas estaba allí, entre los alimentos que quiso conservar hasta que se decidiera a consumirlos. Despertó sobresaltado. ¿Por qué en el freezer? ¿Acaso las palabras son organismos que se deben conservar en frío para que no se degraden, para conservarlos mejor a la espera de su uso? Nada como las palabras frescas, se dijo, confundido. No, no podía ser eso. Lo que el sueño cifraba era otra cosa. Se levantó, buscó un frasco con agua que solía guardar en la heladera, y miró hacia el congelador con desconfianza. No se atrevió a abrirlo. No podía ser que el segundo

sueño fuera contra el primero, no: las palabras no estaban allí, en el tubo, para ser mejor conservadas, recordó. Pese a no creer que las imágenes de los sueños develen situaciones de la realidad efectiva, no quiso atravesar ese litoral sinuoso para mirar dentro del freezer, prefirió pensar, pensar, pensar por qué el congelador, el tubo, las palabras. Tuvo entonces, tras apurar su vaso de agua fría, una suerte de revelación. Tampoco supo de dónde le vino. Fue una frase que se le imponía con fuerza de verdad: hay palabras que arden, que incendian, a las que conviene enfriar. Hay que enfriar las palabras, esa fue la frase. Entendió todo; eso creyó. Las palabras de origen griego no solamente debían sacarse de circulación, guardarse uno de usarlas, sino que, además, había algo que neutralizar en ellas: su fogosidad. Y para ello, un buen primer paso sería enfriarlas. Enfriarlas sin que tuvieran posibilidades de reproducirse en cautiverio, dentro de un tubo del que no se puede comprobar ni la temperatura ni la humedad. Quién sabe en qué condiciones las palabras copulan entre sí, y menos las griegas. Mejor asegurarse. Los días siguientes fueron de tranquilidad. No supo qué hacer con el tubo en la heladera. No supo de qué otros métodos podría servirse para neutralizar el fuego de las palabras, su calor embriagante y contagioso. Pero ahora disponía de tiempo, con las palabras congeladas y encerradas en el freezer. De allí no saldrían. Se dijo que nada va de lo frío a lo caliente, según aprendió en la escuela; creyó recordar que eso se llamaba entropía, o algo así. Dio con el puño un golpe brusco sobre la mesa. El vaso ya vacío rodó por la alfombra. ¿Para qué habrá dicho eso? De inmediato ese pensamiento lo perturbó. ¿Entropía no sería una de esas palabras de origen griego? Su cabeza comenzó a dolerle. Más y más.

¿Por qué tenía que hablar y pensar y recordar en esa lengua, la suya, que cada vez más se le hacía ajena, se le volvía heredera de quién sabe que orgias griegas? No podía estar seguro de poder continuar con su vida hasta terminar de revisar el diccionario y separar las palabras según su origen. Eso, pensó, le llevaría días, meses tal vez, porque ya no podía confiar en consultar uno solo de los diccionarios, debía consultarlos todos. En pocos minutos tuvo la certeza de que estaba enloqueciendo. Pese a eso se quedó dormido en el sillón, rodeado de diccionarios y, para su consuelo, no soñó por un par de días. Tampoco pudo moverse, permaneció quieto en el sillón, sin comer ni beber. Tras esos pocos días de calma le ocurrió ser asaltado por un tercer sueño, una verdadera pesadilla. Dos diccionarios etimológicos hablaban entre sí, recalcando que muchos vocablos en lengua española derivaban de locuciones latinas, y que estas a su vez provenían del griego. Despertó con una furia irrefrenable. Fue a consultar sus diccionarios, y su temor se hizo realidad, perturbadora realidad. Esta vez su sueño reflejaba una verdad dolorosamente comprobable en la vida despierta. Ya no podía asegurarse de que las palabras que leía, con las que pensaba, con las que pedía café en el bar, carne en el restaurante, cigarrillos en el kiosko, no fueran en su origen palabras griegas. Calientes y fogosas palabras griegas. Tuvo, pues, que cambiar su investigación. Ahora solamente le quedaba una posibilidad para estar tranquilo, y ésta era la recopilación de palabras de orígenes exóticos, chinas, islandesas, africanas, mexicanas. Solamente usaría esas palabras. Así estaría seguro. Así estaría seguro, se dijo, y se siguió diciendo una y otra vez mientras devoraba los diccionarios.

Finalmente logró juntar en varias cajas todas las palabras de origen europeo. Hay que cortar por lo sano, pensó en lengua chiita. Voy por más cajas, se dijo en guaraní. Y las cierro muy bien, agregó en chino cantonés. Se maravilló pensando, ya no supo en qué lengua, lo bienaventurada que fue para su vida la experiencia de Babel y la dispersión de las lenguas. Y todo eso antes que los malditos griegos pronunciaran ni una vocal. Quiso por primera vez querer homenajear a los bárbaros. Cuando terminó su tarea de recopilación, extracción y guardado en cajas de la inmensa mayoría de las palabras que conocía, se dio cuenta de que no había manera de enfriarlas a todas en un freezer; sería un freezer gigante, y de uso exclusivo para las palabras. Qué absurdo, se dijo. Tenía que encontrar otra manera de librarse de esas palabras asesinas, calurosamente dañinas. Le vino otra idea. Ya sabiendo que sus últimas ideas no eran precisamente muy lúcidas, no pudo, sin embargo, evitar darle espacio entre las palabras permitidas. La solución, la solución final no era congelar las palabras. Era darles un destino según su propia naturaleza. ¡Había que quemar a todas esas palabras! El que a fuego mata a fuego muere. Encontró de ese modo el título para su película. Comenzó a imaginar el terreno en el que armar una fogata para ir arrojando palabra por palabra hasta reducirlas a cenizas. Se le impuso le necesidad de calcular cuántas palabras quemaría por minuto, según la cantidad de letras con que estaba compuesta cada una. Cuántos gramos de ceniza produciría por hora, cuántos kilos por día. Y se detuvo, espantado. De ninguna manera, se dijo en finlandés, de ninguna manera. No iba a arriesgarse a que tomaran su ejemplo y en vez de quemar palabras comenzaran a quemar a quienes las pronunciaban. No iba a pasar a la historia por eso.

Era necesario pensar en otra solución. Tal vez más drástica que reducir las palabras a cenizas. Quizás reducirlas a polvo, triturarlas. ¡Eso es! Compraría una máquina trituradora de papel y… No, eso no funcionaría. Recordó que había visto un film en el que los detectives reconstruían los restos de papel y con ello las palabras y las frases que se quiso eliminar. La solución, más simple todavía, estaba a su alcance, en su cocina. Recordó aquel pensamiento que tuvo mientras se resolvía a llevar el café a la productora, el pensamiento sobre el molinillo. Eso era, esa era la solución final. Comenzó por su propio guión, tomó las hojas, las cortó en pedazos pequeños y las fue colocando de a poco en el molinillo de café. Tardó treinta y siete días en moler, literalmente, toda hoja escrita que estuviera en su casa. Era el único modo de asegurarse que todas esas palabras desaparecieran para siempre. Esas y casi todas las demás, pagando justas por pecadoras. Era la injusticia que siempre justifican aquellos que hacen historia. Casi todas las palabras se habían vuelto sospechosas. No podía correr riesgos. Cuando le dieron el alta y volvió a su casa la productora quiso visitarlo, quiso contarle que su guión iba a convertirse en una obra de teatro, no en una película. Pensaba que eso iba a alegrarle, que lo ayudaría a recuperarse. Ella no sabía por qué él no mostró ninguna señal, ni de alegría ni de nada y, como toda respuesta le dijo, exagerando el tono de pregunta: ¿café? La madre le había dicho, a la productora, que, durante la internación, él se mantuvo en un insistente mutismo. Que ahora apenas pronunciaba algunas pocas palabras, casi todas ellas incomprensibles. Los psiquiatras le dijeron que parecían palabras inventadas. Ella, la productora, pensó inmediatamente que no eran palabras inventadas, sino que pertenecían a lenguas desconocidas

por ellos. Aceptó el café, asintiendo en silencio, con una levísima sonrisa. Él se dirigió a la cocina, tomó el molinillo y lo llenó de granos de café. No lo había usado desde que acabara de reducir a polvo todas las palabras. Siete molinillos, usó. Seis se habían quemado. Su vocabulario se vio reducido a dos palabras. Una era café. La otra la creyó ver estampada en cada grano de café, cada grano que era cuidadosamente examinado con una lupa. Nunca supo por qué los granos portarían esa palabra que nada significa. Lo aliviaba pensar que los granos también serían finalmente molidos. Cuando le sirvió el café a la productora tuvo un gesto de infinita cortesía. Le ofreció pronunciar la otra palabra, la que veía impresa en los granos. Estaba seguro de que no era una mala palabra. La dijo y la repitió. Pallask, pallask.

CONSECUENCIA

DESTINAL Primer acto (En una pantalla se proyecta la filmación de una gresca entre fanáticos de futbol. El personaje -la niña, ataviada con un vestido liso blanco, cinturón y diadema rojos- entra a escena y se dirige a una figura de forma humana cubierta por una tela oscura. La pantalla se oscurece también. La figura cubierta se ilumina) Acompañé a este hombre desde el día en que se volvió ciego hasta el momento mismo de su muerte. ¿Cuánto tiempo pasó? ¿Cuántos días? Incontables. Sé que lo acompañé entregándole lo mejor de mi vida, mi juventud. Y mi ingenuidad. Con su ceguera él perdió todo, todo lo que tenía. No me perdió a mí, es verdad. Pero también es verdad que lo que perdió ya lo había entregado a la muerte antes de que sus ojos se nublaran. Algunos dicen que los grandes traumas, el impacto de una noticia intragable, la pérdida de la estima de los otros, todo eso puede producir estragos. Autoinmunes llaman ahora a esos procesos de enfermedad que atacan a lo más propio, lo propio de cuerpo. Yo creo más en el destino que en la medicina. Esos ojos incisivos que supo haber tenido, esos ojos resultaron su perdición. Eso creo. Quiso ver de más. Recibió su castigo. A veces es mejor no ver, no querer saber. (La niña quita el velo de la figura. Se aprecia que es un torso con una cabeza oscura con anteojos negros) Perdió su casa, perdió su trabajo, perdió la estima de quienes lo querían, o lo respetaban, o le temían. Perdió su poder, su trono. Perdió al resto de su familia. No tuvo que fingir un gesto menesteroso para que yo decidiera acompañarlo. No digo quererlo,

porque no sé si realmente lo quise luego de haberme enterado. Antes sí, antes lo quería casi con adoración. Su inteligencia, su arrojo, su pasión. Su pasión a veces iracunda. Eso lo perdía, su ira; la ira lo llevaba a dar pelea aún cuando no era necesario, a emprender batallas que no eran las suyas. No podía contenerse. (La niña vuelve a cubrir la figura. Las luces alcanzan tenuemente la platea) Iracundo, violento, sí. ¿Les sorprende? Son pocos los que lo recuerdan de ese modo. Quizás sólo los más íntimos fuimos testigos de la furia que se desataba en él cuando las cosas no salían según lo que había previsto. Debo decir que nunca descargó su furia sobre mi, aunque por cierto que también yo recibí los coletazos de sus actos impulsivos. Aun así, decidí acompañarlo. ¿Podría haberlo abandonado? ¿La gente me habría perdonado si lo hacía? ¿Yo misma me habría perdonado si lo hubiera dejado solo, enteramente entregado a su suerte? (Las luces de la sala se apagan. Sobre la pantalla se delinea una ciudad en blanco y negro) Sin su hogar, sin su techo, sin más familia que yo, sin la ciudad en la que el respeto que se había ganado a fuerza de coraje y sabiduría lo perdiera de golpe en un mal día. Así, llorando lo perdido transcurrió ese tiempo de tinieblas, vagando a pie por caminos trazados y por trazar, sin un destino claro ni premeditado. Al clarear el cielo nos poníamos en marcha, decididos a perder, a seguir perdiendo. Porque él fue perdiendo más y más día a día; entre otras cosas fue perdiendo de a poco su gusto por el aseo. Se dejó estar, como se dice. Despreocupado por su aspecto, movido por la falta de espejo, se volvió harapiento. ¿Si no pude haber hecho yo de espejo? ¿Eso me preguntan? ¿Si no supe cuidarlo? Ustedes no saben lo necio que puede llegar a ser un hombre inteligente cuando pierde alguno de sus

dones. “¿A quién le importa cómo me veo?”, preguntaba con sarcasmo, como si su ceguera hubiera enceguecido al resto del mundo. Si él ya no podía ver ni verse, el mundo en que vivía tenía que transformarse en un mundo sin ojos. Un mundo de tinieblas. (En la pantalla la ciudad se tiñe de amarillo) Pero el sol siguió saliendo, y cuando clareaba nos poníamos de pie y echábamos a andar. No diría que íbamos sin rumbo, porque él había aguzado de gran forma el oído a partir de haber quedado ciego. Escuchaba entre los sonidos del bosque mínimas expresiones de la naturaleza a las que otorgaba algún sentido. Y orientaba así su deambular. Creía en los dioses del bosque, creía que le enviaban señales, si, señales dirigidas a él; otras veces, cuando no estaba tan creído de sí mismo, soñaba que había signos que reconocer y seguir, rastros que los dioses dejaban oír como si fueran marcas en los troncos de los árboles indicando el camino, un camino destinal ya trazado por los antepasados, o quizás por el destino mismo. (En la pantalla la ciudad se transforma en un bosque tupido. Se anima con movimiento de árboles y animales) Yo no creo en los dioses del bosque, el paganismo no es lo mío. Él en verdad creía no en uno, sino en una multitud de dioses. Cada uno con sus dones y atributos. En las noches bebía y me contaba fábulas sobre las acciones divinas, las acciones propias de cada dios, incluso de las deidades menores que no respetaban la unidad cósmica de los dioses consagrados. Él, secretamente, buscaba a esas deidades, quería encontrarlas; pero, por alguna razón que nunca estuvo a mi alcance, lo ocultaba. Sólo me lo reveló en sus últimos días, cuando recuperó la lucidez; fueron los días previos a su muerte. Yo creo que cada quien tiene que encomendarse a un solo dios; esa idea me proporciona cierta cordura, una cordura autoimpuesta, es verdad, pero fue lo que me permitió durante todo ese tiempo

mantenerme calma. Los que conocieron el final de la historia, de la mía, dicen con arrogancia que yo me encomendé a los dioses del hogar, los de la familia. ¡Cómo pueden decir eso! Vagando por parajes inhóspitos acompañando a un hombre ciego, ¿de qué hogar hablan? ¿Acaso tuve una cama mullida, un fuego acogedor acorde a mi rango, una casa segura, sirvientes? ¿acaso tuve hijos? No, no saben lo que dicen. ¡Repudio a los dioses del hogar! (La pantalla se oscurece. Se ilumina una silla verde. La niña se sienta sobre ella y teje algo con lana) También dijeron que soy necia e iracunda como él, como si lo hubiera heredado en su ira. A veces pienso que la ira procede de las madres, de su madre y de mi madre, la misma ira. Yo no me reconozco así, y creo que él tampoco se reconocería así. Pero debo admitir que tanto a él como a mí lo que se sale de cauce nos producía una inquietud que trepaba brutalmente por las paredes de la irritación, de la congestión sanguínea, del desborde impulsivo. Nunca, nunca, nunca ese desborde nació de nuestras entrañas, siempre fue un desborde inducido. Mi hermana me dijo que veía hervir la sangre tras la piel enrojecida de mis mejillas y que la veía también hirviendo en las palabras sanguinarias que yo profería. Yo, yo subestimé a mi hermana. Lo hice. Ella se lo merecía, mi tibia hermana… Entregué lo mejor de mi vida acompañando a ese hombre hasta su muerte. Y luego de su muerte sufrí las consecuencias postreras de su ira, de su modo profético de maldecir. Tres de sus cuatro hijos comparecieron ante él los días previos a su muerte. El hijo mayor, en cambio, el preferido, el ungido como heredero de su imperio, el que no dejaba su silla ni para ir al baño menos lo iba a hacer para viajar a despedirse del padre enfermo. Así fue. Su hijo mayor no se despidió

de él. Sí, la historia de mi familia cuenta un rosario de injusticias. De traiciones. De miserias. (Arroja el tejido y se pone de pie. Busca un libro en una valija y lo abre. Se sienta en el piso. El foco de luz ilumina el libro) Durante las noches él me relataba fábulas sobre sus dioses y me hablaba de las deidades menores. Yo en cambio le leía los pocos libros que habíamos logrado rescatar cuando tuvimos que dejar la aldea, cuando tuvimos que huir como ratas. Créanme que fue por piedad que a veces le hacía trampa. No le leía fielmente las palabras del libro cuando la historia rozaba zonas dolorosas que se asemejaban a nuestros dolores. Él a veces se daba cuenta de eso y se enfurecía: su memoria era prodigiosa; otras veces consentía o se hacía el distraído. La vez que desperté su ira, y ahora recuerdo que sí, que una vez fue cruel conmigo, tuvo sus razones. Terminaba de leerle el cuento de Edgard Allan Poe La carta robada, y omití pronunciar las palabras finales. Aquellas que hablaban de un destino funesto, que si no era digno de Atreo era digno de Tiestes. Él se sabía de memoria el cuento, palabra por palabra: “¡qué destino tan funesto! Si no es digno de Atreo es digno de Tiestes”. Enfurecido por mi omisión me arrojó con violencia frases hirientes, más dolorosas que una lapidación. No, no las voy a repetir, él no se merece que lo recuerde así. Cuando a la mañana siguiente se le pasó el enojo me explicó que toda la narración estaba concebida como un interludio entre dos frases, la primera era una cita falsa, que no tenía otro valor que introducir una intriga en el lector. La segunda frase, la frase final que era una segunda cita, en cambio, daba sentido a toda la trama. El cuento, dijo, narra un fragmento de historia, la de la relación entre dos hermanos, una historia de traiciones, codicias, asesinatos, incestos. “¿Cómo se te ocurre engañar a un ciego quitándole lo único

que lo mantiene vivo, ya no erguido pero sí vivo: la memoria?” “Nuestra familia, me dijo, no es en nada diferente de la de los hermanos de ese cuento. También nosotros cargamos con un destino funesto. La triste historia de la familia. No lo olvides, me dijo, no olvides que no podemos evitarlo. Y no tiene sentido que te lo oculte”. (Deja el libro toma el tejido y vuelve a la silla. El foco de luz la acompaña) Yo hasta entonces no había sabido, o no había querido saber. ¿Acaso no fue el querer saber lo que lo había condenado? “Querer saber más de lo que se puede soportar, esa es tu perdición”. Eso, se lo dijo el brujo. Porque él creía que brujos eran los que sabían leer en los ruidos del bosque, o en el canto de los pájaros, las señales de los dioses. Hoy ustedes pueden bajar de internet una aplicación, una app, que identifica el canto de los pájaros. ¿lo sabían? Si, les aseguro que hay otras apps más interesantes que las de citas. (En la pantalla un film sobre la descarga de esa app. La niña se pone de pie y toma un celular, en él se descarga la app que se muestra en pantalla. Al terminar la descarga la niña vuelve a sentarse) Pero, si se fijan bien, esta aplicación apenas distingue entre el canto del pájaro y el llamado del pájaro. ¿Acaso cuando apreciamos el llamado de un pájaro, cuando lo identificamos, debemos interpretar que el llamado está dirigido a nosotros, como para ofrecernos algún indicio? Yo nunca tuve esa habilidad, los dioses nunca me hablaron, ni siquiera a través de los pájaros ni de los brujos. Sí, consulté a una bruja una vez, o dos. Y todo lo que me dijo se cumplió. Pero eso lo supe después. Cuando ella me habló, y me hablaba en lenguas, con frases enigmáticas, yo me desentendía creyendo que su sermón era pura cháchara, una chantada, como se dice. Una pérdida de dinero consultar a una bruja, eso creía.

“Esa brasa encendida se apagará”, me dijo, “y se convertirá en hielo”. No tenía motivos, por ese entonces, para dotar de sentido a semejante parábola. Su palabra fue profética, pero no lo supe hasta que se me heló la sangre y se me murieron las pasiones del amor. El destino había hecho que yo no hubiera podido siquiera escucharla con los ojos abiertos. Todos resultamos ciegos, finalmente. De ojos o de oídos. (La pantalla vira al rojo. La niña se para. Camina en círculos, cabizbaja) Yo vi y oí, sin embargo, otras cosas. Oí por ejemplo que el poeta que hizo la obra que lleva mi nombre me consideraba su preferida entre las mujeres. Ay, el dramaturgo… ¿yo su preferida? No, de ninguna manera. Yo les aseguro que el primero que contó mi historia no me prefería. Dicen que me pintó de heroína, que me hacía llamar “la niña”, y que por eso -salvo en el título- nunca se decidió a escribir mi nombre, ni a llamarme por mi nombre. Y el dramaturgo actual podría haberle puesto mi nombre también a esta obra de teatro, en vez de Destinal. Pero no… nunca me llamó por mi verdadero nombre. ¿Pero cuál es mi nombre en este asunto, en esta tragedia? El poeta no dijo nada acerca de mi nombre. Oportunidades no le faltaron, ¿no creen ustedes? Sí, en cambio, deslizó que el nombre del causante de la desgracia final significaba “el pleno de odios”. Yo no quiero ni pronunciar ese nombre. Me he vuelto supersticiosa después de haber padecido tanta injusticia. Quién sabe si de sólo pronunciarlo no atraigo las desgracias. Huyo de ciertas palabras como huyo de ciertos nombres, como huyo de ciertas imágenes. (En la pantalla, cerca de un ángulo, pájaros revoloteando) Como huyo de los pájaros. No porque sea fóbica a los pájaros, eso sería un rasgo de neurosis demasiado común. No. Es que no soporto

el grito desgarrado de los pájaros cuando descubren que su nido fue mancillado. No soporto a los pájaros salvajes llorando sobre las tejas de las casas humanas. Eso no va lejos, como metáfora. No. Todos los pájaros son salvajes. Yo misma troné un grito salvaje, acerado como el de un pájaro. Y con eso perdí toda cordura. Mi acto más cuerdo me condujo a la locura. ¿Yo la preferida? ¿Yo la niña? Andá… (En la pantalla un mensaje de texto de un celular escrito en griego. La niña toma su teléfono del bolsillo y lo mira) Disculpen, me llegó un mensaje, debo leerlo. Cuando una tiene una familia está siempre atenta a la llegada de los mensajes, porque pueden advertirnos de una desgracia inminente. A ver… dice el mensaje que no olvide informarles que yo frecuento insolentemente la inmortalidad. ¿La inmortalidad? Ah, no, fue el corrector ortográfico, ¡ese invento endemoniado! La inmoralidad, eso es: que yo frecuento la inmoralidad, no la inmortalidad. Ojalá hubiera algo de inmortal en mi historia, mi historia plagada de muertes. Pero la inmoralidad si, la inmoralidad es esa figura obscena que sobresale del escudo de mi familia. Una gorda inmoral. Otro mensaje. Odio los mensajes consecutivos, ¿por qué no escribirán toda la idea de una sola vez? Juegan con nuestra atención. ¿A ustedes no les pasa que leen un mensaje y se quedan pensando qué les quieren decir?, pero no, imposible entenderlo, porque al instante les llega otro mensaje, y otro. ¿Será el último o habrá más? Entonces te quedás esperando… esperando… y nada. Ese resulta que había sido el fin del mensaje. Con la telegrafía era más fácil. Todo mensaje terminaba con “stop”. A ver… Dice que en mi discurso no se distingue si el hombre al que acompañé desde el día de su ceguera hasta el de su muerte era mi esposo. O si era mi padre. Acá, acá, acá está la supuesta inmoralidad de la que quiere advertirles el mensaje. ¿Quieren

ustedes adivinar? ¿Fue mi esposo o mi padre? Hagan sus apuestas, señores… (Pantalla negra. De a poco se ve una ruleta de casino girando) Yo les digo, escuchen bien, les digo que en mi familia esa diferencia, ser hija o esposa, era considerada una mimiedad, apenas un detalle. Yo no era su hija menor, presten atención, y por no ser su hija menor pude haber sido a la vez su esposa y su hija, sí, podría haber sido ambas. Porque en mi tiempo se considera incesto sólo cuando lo es con la hija menor, según las leyes no escritas de los dioses de arriba. Así como su esposa pudo ser su madre y pudo también ser mi madre, eso no despertaba ninguna condena. Entiendan bien. En mi familia había actos prohibidos. Pero no esos. Esos no entran en la lista. ¡Ah! ¡Caras de horror! ¡Tragedia! Si, claro, tragedia, ¿qué más…? El problema inmoral no era lo que llaman incesto: el problema inmoral era no saberlo, ignorar ese detalle. (En la pantalla la entrada a la cueva de Delfos. Conócete a ti mismo escrito en griego) Es así. No sé por qué mi padre se escandalizó tanto cuando se enteró. Si ni siquiera su esposa lo acusaba por tener sueños funestos, sueños incestuosos. “Madre, esposa, sufro por estos sueños”, le dijo. “¿Qué hombre no los tiene?”, le respondió ella. ¡Ah! Mi madre… mi madre querida… ¡qué liberal ella! Y de eso hace como dos mil quinientos años. Una pionera mi madrecita. Claro que una cosa es soñar que te acostás con tu madre, y otra cosa es hacerle realmente un hijo. ¿Que el sueño es una realización de deseos? Eso en mi familia no fue aceptado. Las teorías que veinte siglos después hizo don Freud sobre nuestra constelación familiar fueron completamente erradas. Y no solamente por los sueños, ya verán. Ya verán, como ahora ven y conocen de dónde provengo, de quién soy hija. Ya verán, ahora que adivinan mi nombre.

(En la pantalla fotos de las tinajas, de las que sobrevivieron, con la historia de Antigona) Mi nombre, ahora lo saben, mi nombre nombra lo que va contra natura, pero también lo que defiende a natura. Lo que va contra la familia para defender la familia. Deberían haberme llamado Oximorón. Pero me bautizaron Antígona. Hay cosas que una no elige. Pero el nombre condiciona, ¿no? ¿Ustedes qué creen? ¿Debo ser anti-genes, ir contra natura, o debo ser la que antepone los genes, la que defiende la herencia? ¿O debo ser la que reemplaza a un hijo nacido de un mismo vientre? Esa pregunta nunca pude contestarla. Quizás porque no soy buena para la etimología de las palabras. Me aburría enormemente ese profesor de filología. Fingía que le prestaba atención, pero no, durante sus clases pensaba en otro uso para las palabras, pensaba en qué nombres les pondría a mis hijos. (Se apaga la pantalla. Foco sobre la figura del hombre cubierto. La niña le saca el velo y le arranca los anteojos negros. La cuenca de los ojos está roja, iluminada de rojo) Bueno, por mi nombre ahora ya lo saben. Si, el hombre al que acompañé hasta su muerte fue mi padre, Edipo. Fue también el primer hijo de mi madre, es decir mi abuela. Fue por ende también mi hermanastro. Y fue también el asesino de su padre, es decir de mi abuelo, o sea el primer marido de mi madre y abuela. ¿Qué lugar puedo tener yo en este mundo con semejante pedigree, me quieren decir? ¿Antígona tenía que ser anti- algo? Pues bien. Decidí ser anti. Lo confieso. Soy antivacunas, sépanlo. No crean que es un sarcasmo, no. Es que el incesto se expandía en mi tiempo como una pandemia, como un virus. Y créanme que no hay antídoto contra el incesto, ni hay prevención posible. Lo he comprobado. Como tampoco hay vacuna contra el destino. Ese descalabro generacional que inauguró mi padre morirá conmigo, ese

es mi único bálsamo y a la vez la estocada final a la historia de mi familia. Porque la pobre Ismene, mi hermana, la débil de carácter, tampoco ella tendrá descendencia. ¿Quién podría quererla, al fin de cuentas, tan poca cosa ella? Y mis hermanos, los varones, ¡ay!, ellos murieron al unísono, atravesados mutuamente por sus propias espadas. ¡Ah! ¡Qué destino tan funesto! Pero, si quieren saber qué pienso, sepan que yo declaro culpable de toda mi desgracia a ese hombre, al que acompañé hasta su muerte. Culpable de actuar con ira y no con astucia. Se rumorea que fui su esposa porque estuve con él hasta que la muerte nos separó. Esa frase es cristiana, yo no la conocía, claro. Pero me hace pensar que aquellos hijos que no se despegan nunca de sus padres, que viven con ellos la decadencia de sus cuerpos y la miseria de la vejez, en el fondo de sus cabecitas neuróticas actúan como si fueran esposos, quedándose junto a ellos hasta que la muerte los separe. Una fantasía muy convencional, ¿no creen? (En oposición simétrica a la figura de Edipo aparece la de Freud. La niña se dirige a ella y lo mira cuando habla) Cuántos niños pequeños declaran amor a sus madres diciéndoles que se casarán con ellas cuando sean grandes… Quedarse pegados a los padres hasta la muerte puede ser la realización inconsciente de ese deseo de casarse con alguno de ellos, diría Freud, y en eso no estaba tan errado, debo admitir. Pero esa fantasía tiene su contracara, es como un ancla que condena a los hijos a no despegarse de los padres, y eso desconociendo que están cumpliendo un deseo incestuoso. La culpa por ese deseo los hace depositar en una casa de empeño sus propias vidas. Como si recién muertos sus padres ellos pudieran hacerse dueños de su destino, o renacer al mundo como seres autónomos. Viudos, pero autónomos.

(El foco deja de iluminar las figuras masculinas. Ahora se concentra en la niña) Pero yo ni renací ni reviví con la muerte de mi padre. Muerto él regresé al palacete familiar. Antes, cuando aún mi padre vivía, mi tío había intentado raptarnos. A mí y a mi hermana. Separarnos de mi padre y quitarle a él mi compañía; su ojo, como dulcemente me llamaba. Eso quiso mi tío. Tuvo que intervenir, para salvarnos, un desconocido, un viejo admirador de mi padre, del tiempo en que era respetado como un gran señor. Mi tío le había ofrecido un trato a mi padre, pero él no lo aceptó. ¿Quieren saber? (En la pantalla una ciudad antigua, piedras y todo en tono sepia. La niña señala la pantalla y luego se sienta en la silla) Una mañana llegamos a un pueblerío. Divisé un triste monumento, unas piedras lo coronaban, a la manera de asientos circulares. Nos sentamos allí. “¿Dónde estamos, ojo mío?” me preguntó. No lo sé padre, no hay carteles, no hay naides, tampoco hay señal de GPS. ¿Cómo saber dónde coño estamos? De pronto descubrí otros ojos, escondidos tras algunas ventanas. Nos miraban como si nos conociesen, como si fuéramos de esos exiliados que vuelven al pueblo a reclamar las migajas de herencia de las propiedades que habían abandonado en su huída. Pero cómo podrían reconocernos si nunca habíamos partido de allí. (La niña se levanta y toma una escoba. Acompaña su relato con movimientos espasmódicos) Salieron de sus casas al unísono tres mujeres harapientas, tan harapientas como mi padre, tres brujas. Con escobas llegaron hasta nosotros haciendo gestos ampulosos, como si anunciaran que si no nos movíamos de allí nos iban a barrer. O quién sabe qué nos harían, qué poderes escondidos tendrían esas escobas. “Vamos padre, aquí no nos quieren”. Ustedes no pueden ni imaginar la soledad que

siente una mujer cuando tiene que arrastrar a su padre ciego; y mucho peor se siente la soledad cuando es el padre ciego quien nos arrastra. ¿A dónde habíamos llegado siguiendo sus fabulaciones sobre los sonidos del bosque? ¿A dónde nos había conducido su delirio? El peligro se convirtió en sudoración fría. Sentí miedo. (Le vuelve a colocar los anteojos a la figura, nuevamente iluminada, y pone a sus pies la escoba) Mi padre, en cambio, mantuvo la calma. Preguntó a viva voz, con una potencia que le creí perdida, dónde estábamos y por qué debíamos dejar de sentarnos sobre esas piedras tan acogedoras. Se las hago corta. Era un santuario de una secta marginal, no muy apreciada pero sí tolerada por los dioses oficiales; era tan vigorosa esa secta que logró subsistir por años gracias a sus poderes mágicos. Nadie se atrevía a enfrentar a esas brujas, a esas escobas. Sus poderes nunca me fueron revelados. Mi padre soltó una carcajada. “¡Así que por fin he llegado a destino! Y tú me dices, ojo mío, hija mía, que no hay señal de GPS”. Si, de pronto él me trataba de tú, como si fuéramos personajes de un culebrón centroamericano. “Dile a ese aparatito que he llegado a destino orientándome solamente por las señales que decodifican mis oídos. Sin satélites ni recálculos. Dile al GPS que ya no lo necesitamos”. “¡Hemos llegado, por fin!” Exclamó, y se dejó caer sobre el suelo pedregoso. (La niña empuja a la figura y la hace caer. Las luces imitan una tormenta. Suena un trueno) En ese mismo instante un rayo cavó la tierra y enseguida un trueno ominoso rugió en el cielo justo encima de nosotros. Hubiera sido un golpe de efecto más logrado que el rayo y el trueno cayeran

juntos, desafiando una física aún en pañales, pero no, no se trataba de ningún milagro. Se trataba de una premonición. (Coloca de nuevo erguida a la figura, y le acomoda las gafas. Le da un beso en la frente) Cuando mi padre volvió en sí me contó, con un entusiasmo inusitado, su delirio completo. Lo había guardado celosamente durante todo el tiempo de la peregrinación. Porque entonces me confesó que eso había sido nuestro vagabundear: un tortuoso y demorado camino hacia la tierra de las Erinnias, una verdadera peregrinación. “Padre, estás delirando”, le dije, “las Erinnias fueron declaradas extinguidas hace más de veinte siglos. Eso me enseñaron en el liceo al que me mandaste a estudiar. ¿Qué te ocurre, padre, no ves que deliras?” (Se dirige al público) Créanme, no hay nada más infructuoso que discutir con un delirante, intentar convencerlo. “¿No escuchaste acaso el trueno de Zeus, ojo mío?” Eso me dijo. Ese trueno fue para él otra señal, el cumplimiento de otro oráculo. Yo estaba harta de los oráculos. ¿Que también se extinguieron los oráculos? ¿Eso creen ustedes? Yo creo que no. ¡No no no no no! Escuchen. Los oráculos no se extinguen, se reconvierten. Sí, se transforman, mutan. Los oráculos son necesarios. ¿Qué haríamos sin ellos? Les doy un ejemplo: cuando las adolescentes de hoy en día quieren salir de noche, divertirse, ir a bailar o a drogarse, ¿acaso no le piden permiso y dinero al padre? ¿Y él qué responde? Siempre responden lo mismo los padres. ¿Qué responden? Preguntale a tu madre. Y lo que diga la madre será como una sentencia oracular. El oráculo, amigos míos, nunca existió. Les voy a pinchar el globo, lo lamento. La verdad verdadera es que el oráculo es … es y siempre fue la madre. Delfos es la madre.

(Luz fuerte sobre la figura de Freud) ¿Que no? Se ríen, creen que estoy mandando pescado podrido. ¿Quieren verdadera etimología? Esta me la sé. No se la esperaban, ¿eh? Pero esta sí me la sé. Delfos en griego quiere decir útero. ¡Tomá! (La niña acaricia la cabeza de Freud y hace mutis. En la pantalla se ve la cueva de Delfos y su nombre en griego, con la etimología desarrollada: Δελφοί, Delphoi proviene principalmente de la raíz griega delphys, útero o matriz, centro u ombligo (ónfalos) del universo.) Segundo acto (Cambio de vestuario y de escenografía. En la pantalla un fondo de ciudad moderna. La niña está vestida con ropa muy suelta, negra, con peinado varonil, haciendo equívoco su género). ¿Dónde habíamos quedado? Ah, sí, en que el oráculo no existe, que el oráculo es la madre. Una madre sabe todo lo que hay que saber. Sabe lo que quiere su hijo, adivina palabras cuando el hijo apenas balbucea y ella dice entenderlo. ¿Y una mujer? Una mujer sabe lo que quiere su marido. Entiende perfectamente incluso lo que el hombre también apenas balbucea, lo que no se atreve a decir; hay hombres que no se atreven a decir lo que quieren, cuando es claro que todos los hombres quieren lo mismo. Porque todos quieren lo mismo, ¿verdad? Lo digo yo, Antígona, y lo sé por experiencia, eso no me lo profetizó ningún oráculo. ¿Qué pensarán ustedes ahora de mí, de la histórica Antígona, la primera mujer en la política, la primera feminista? ¿En qué se ha convertido la pobre, se dirán? Si, lo declaro, soy antivacunas, también terraplanista y, además, machista, ¡muy, pero muy machista! Todo eso junto, más reaccionaria imposible. “Vamos,

querida. Vámonos de este horrible teatro”, ¿eso dijiste?; sí, lo leí en tus labios. Dijiste eso. Te entiendo. Pero esperen, por favor no se vayan. Fueron ingratas circunstancias la que me han llevado a esta dolorosa transformación. No se vayan todavía. Les cuento. Mi padre fue enterrado en tierras lejanas, según su deseo. No aceptó la propuesta de mi tío de enterrarlo en nuestra aldea, porque tendría que haberlo hecho fuera del cementerio, porque es afuera donde entierran a los que cometieron actos indignos. Él, en sus últimos días, negó haber cometido crímenes horrendos, y hasta se arrepintió públicamente de los errores que fueron producto de su cólera; porque realmente no pudo con ella, nunca pudo controlarse y hasta en su último día de vida la cólera lo llevó a maldecir a sus hijos varones, a los que cuando fue necesario no lo habían defendido, los que no habían acudido a redimir sus faltas, a pagar sus deudas. Un padre injusto, si, un padre cruel. Maldijo a sus hijos. Les predijo que se iban a matar entre ellos. (Una tercera figura se ilumina de violeta, vestida de militar: el tío) Yo regresé al palacete que ahora era de mi tío, regresé junto con mi hermana apenas mi padre murió. Mis hermanos varones, ya lo saben, se mataron mutuamente. No habían leído el Martín Fierro, eso es claro. Mi tío quedó a cargo de la empresa familiar. Por fin lo había conseguido. Lo había anhelado desde que su cuñado, o sea mi padre, tuvo que salir de la ciudad, huyendo. ¿Que si mi tío fomentó la enemistad entre mis hermanos? Tenía maldad como para hacerlo, pero creo que le bastó confiar en la eficacia de la maldición que les echó mi padre. Se dedicó a esperar. Mi padre, por su parte, había argumentado que él solamente cumplía el papel en el destino que el oráculo le había comunicado. Que su descendencia se autodestruiría, ese fue el designio.

Obediencia debida, argumentó mi padre. ¡Bien, papá, bravo por tu valentía al defender a tu prole! Un ejemplo de padre, ¿no les parece? ¿Tendré yo las fuerzas para defender a los míos? ¿Podré hacerlo bien, o me tengo que atener al papel que el mito construyó sobre Antigona? Es tan difícil este personaje que me obligan a actuar… Es tan desconcertante que no puedo componerlo definitivamente. En cada función algo se me desdibuja. En fin, sigo… Cuando mi tío decidió que a uno de mis hermanos había que enterrarlo con honores y al otro dejarlo a la intemperie para que las fieras destrozaran su cuerpo en señal de escarmiento, no pude con mi alma. No quería y no podía quedarme quieta, cómoda como mi tibia hermana, la pobre, la que prefería la televisión antes que la calle, el relato antes que la realidad, las palabras antes que la acción. Intenté persuadirla. “¡Mejor que decir es hacer, mejor que prometer es realizar!”, la sermoneé, pero fue inútil. No quiso acompañarme. (En la pantalla escenas de Ezeiza cuando regresó Perón) Yo debía impedir que mi tío se saliera con la suya y privara de sepultura a mi hermano menor. Y tuve que hacerlo sola. Ya no recuerdo si fui yo en la soledad de una noche o si fue el viento el que cubrió con un manto de tierra ese cuerpo ya muerto y frío. Era el cuerpo de mi hermano. Y yo no podía tener más hermanos. Porque mis padres habían muerto. Diferente habría sido si el ultrajado fuera un marido, porque podría haber tenido otro; o un hijo, porque podría haber concebido otro. Los esposos y los hijos son reemplazables. Pero los hermanos no, hermanos no podría tener nunca más, porque éramos huérfanos. Tal vez por eso el destino fue incisivo conmigo y me obligó a reparar la afrenta, el error de mi tío, y hacerlo contrarrestando el acto mismo por el que el error se produjo: tenía que enterrar a mi hermano.

Yo ya no sé si hoy este argumento podría sostenerse. Reparar una afrenta casándome con otro o pariendo otro hijo no repara nada realmente. Yo ya lo sabía, pero aún así tuve que utilizar ese argumento. Mi personaje me lo exigía. Yo ya sabía, digo, que un error se repara corrigiéndolo y no declamando solidaridad, como hizo mi hermanita, ni mediante un acto simbólico, de esos que llaman acto de reparación. No, los errores se reparan donde se produjeron. ¡Y si eso no es posible, agarrate Catalina! (La pantalla se oscurece. En escena un ataúd abierto, sin tapa, apoyado semi verticalmente sobre el fondo, se ilumina tenuemente) El que escribió mi historia seleccionó y desechó tanto algunos datos como muchas evidencias. No lo culpo, no podía abarcar todo. Tenía que elegir. No describió, por ejemplo, cuál fue mi primera reacción al enterarme de la muerte mutua de mis hermanos. ¿Y ustedes? ¿Qué creen que hice? No, no corrí a abrazarlos ni a llorar sobre sus cadáveres. No. Lo que hice fue ir a buscar a los testigos, a interrogarlos, a que me dijeran cuáles fueron sus últimas palabras. Yo sabía que la palabra que los llevó a la muerte no había sido la de ellos sino la de mi padre. Pero ellos, ellos, ¿qué se dijeron? Pregunté a casi todos los vecinos. Los testigos fueron unánimes: los dos, mis dos hermanos al unísono gritaron “¡Muere!, Narciso, ¡muere!” (La niña toma un recipiente con arena y la va arrojando de a poco sobre el ataúd. En la pantalla reaparecen las hinchadas de fútbol peleándose) Sabían lo que hacían y lo que decían. El que mata a su hermano se mata a sí mismo. Es como clavar la daga en la propia imagen que refleja el espejo. La suerte de ambos estaba encadenada por la palabra del padre. Si moría uno moría también el otro, su imagen ¿Por qué mi tío quiso separarlos? ¿Por qué a uno brindarle funerales dignos de un héroe y al otro entregarlo a los pájaros y los lobos?

Divide y reinarás, dice el dicho. Creonte, mi tío, tomó partido por Eteocles, el que se había negado a alternarse en el poder con Polinices, cuyo nombre, el de todos los odios, ahora me atrevo a pronunciar. Y Polinices, por atacar la ciudad cuyo trono creyó usurpado por su hermano mellizo, fue culpado de traición a la patria. Por eso se le negó sepultura. ¡Ay de mi tío! Quebrar así el albur fijado por las leyes no escritas lo condujo a la desgracia, lo hizo entrar a él mismo en el círculo funesto de la familia, a ser uno más a sucumbir ante los designios del destino. (En la pantalla un retrato de Minerva y la lechuza en la tumba de Bohr, en Copenhague) ¿Qué debía haber hecho yo para evitar el río de sangre que sobrevino? Les cuento que hay muchos que visitan mi tumba mientras hacen su paseo turístico -porque ahí ahora sí hay carteles junto a un busto con mi hipotético rostro: “aquí yace la malograda Antígona”-. Y cuando hacen su paseo por ese cementerio improvisado en una caverna se prosternan ante mi imagen y me preguntan, como si yo pudiera oírlos, por qué no negocié con mi tío, por qué no le propuse la misma solución que él le había sugerido a mi padre, enterrar a mi hermano fuera de los límites de la ciudad, para no privarlo de tumba. (La niña, que se había prosternado como si fuera un visitante, se incorpora) Pero, pero, pero… yo no podía hacer eso. Y si hubiera podido haberlo hecho, es seguro que no lo habría hecho. ¿Por qué, si eso conducía a un final si no feliz al menos no tan cruel? Tengan paciencia. Dos fueron los motivos. Y comprueben ustedes qué poco impulsiva fui, cómo nada de un delirio febril fue lo que guiaba mis pensamientos y mis acciones. Mi padre se había negado a ser

enterrado fuera del cementerio familiar. Su acto criminal, dijo en su lucidez agónica, fue obra de los dioses que así lo dispusieron y que le tendieron la emboscada en la que no tuvo control de su ira, es verdad; pero es verdad también que él no sabía a quién mataba. Condenado por asesinato sí, eso está fuera de discusión. Pero condenado por parricidio, eso no. De ninguna manera. ¡No ha lugar! Así, siguiendo la ley de mi padre, yo no podía avalar que uno de mis hermanos fuera culpable de otro delito que el que cometió su gemelo. Si es por la ley de la familia, ambos debían correr igual suerte en las honras funerarias. Pero mi tío decidió separarlos, y para ello desdobló las varas con las que midió el crimen en común, dictando dos sentencias que se contraponen entre sí. El creyó que separándolos le daba una lección a su pueblo, a la ciudad que él gobernaba desde esa indigna muerte fratricida. Pobre mi tío… Pero hubo otro motivo, que quizás ustedes no alcancen a entrever, y es que yo quería casarme, tener hijos, formar una familia. Y para eso antes tenía que tener yo misma una familia; tenerla no: formar parte, defender sus insignias, y entre ellas honrar el legado de mi padre. Me dirán que, de mi padre, de su legado, mejor prescindir, ¿no? Si fuera tan fácil… Pero ¿cómo prescindir de él sin antes reivindicar que pertenezco a su familia? Prescindir es una cosa, negar es otra. Para prescindir es necesario antes aceptar de dónde provenimos. Si yo no daba entierro a mi hermano, si permitía que se quebrantaran las leyes de la familia, ningún hombre de bien me habría aceptado para casar conmigo a un hijo. Eso, eso, eso es lo que mi tío quiso evitar: que yo me casara con su hijo, con mi amante, con mi prometido. Todo hubiera quedado en familia. ¿No habría sido bello eso? Su hijo heredando el trono de mi padre, como suele suceder en los casamientos entre primos. Pero no.

El decreto de mi tío no tenía otro fin que evitar mis nupcias con su hijo. Él quería el trono para sí mismo. Y, además, el azar, o el destino, me jugaron una mala pasada, porque mis hermanos deberían haber esperado a mi boda, ya anunciada, antes de pelearse a muerte. ¿No están de acuerdo en que debieron esperar? ¿Qué les costaba? ¡Qué poca empatía hacia su hermana y hacia su primito! Me arruinaron el matrimonio esos desgraciados. Me condenaron. (La niña toma una bandera lgtb+ entre sus manos, y la agita mientras declama) Y aún así. ¿Qué otra cosa podría haber hecho yo que reunir a dos en uno, a los dos hermanos en un destino común, ya que no pude hacerlo con la unión que pretendía, la de unirme a mi amante, a mi amor, unirme en matrimonio? Mi suerte estuvo echada desde el momento mismo en que las espadas intercambiaron carnes. Si yo no daba sepultura a Polinices me auto excluía de la familia. Y una mujer sin familia es como una pordiosera, una huérfana condenada a la soltería para siempre. Pero el destino y la lógica jugaron en mi contra: al desacatar la orden de mi tío logré, sí, logré que se sostenga bien en alto el estandarte de la familia, pero ipso facto me condené a muerte, me privé de los goces de la vida y me entregué al inframundo. Suicidio, dicen. Delirio, sostienen. Lógica, más bien. En eso era buena, en lógica. Y antes de Aristóteles, fijensé. (La niña cubre el ataúd con la bandera) Insisto en que no hubo nada de delirio allí; no fui una loca, como decía mi tío para ganarse popularidad. Para convencer a su gente de apoyar su decreto. ¿Qué podía hacer, yo, qué? Cuando te encontrás con que cae sobre vos una lluvia de granizo cargado con injusticias, cuando te apuñalan con el mismo filo del arma del segundo asesinato que sufre tu hermano, ¿qué hacés? ¿Mirás para el costado, decís

“esto también pasará”, posponés la boda para cuando el hedor de la descomposición del cuerpo muerto ya se haya evaporado? Si, escucharon bien, dije segundo asesinato de mi hermano. Porque todo hombre, toda mujer, cuando tuvieron un nombre, merecen ser honrados con esa segunda muerte; no la de los cuerpos, sino la muerte que se ritualiza en los funerales. La primera muerte la decreta el médico, cuando el corazón deja de latir. La segunda la decreta el pueblo al que pertenecía cuando estaba vivo, y con las honras funerarias que corresponden. Y yo… yo no podía permitir que se le arrebatase a mi hermano su segunda muerte. (En la pantalla imágenes de un coro en actividad, como los coros de las tragedias) Intentaron disuadirme, claro, a coro me pedían que negociara con mi tío. Al fin de cuentas los problemas de las empresas familiares se discuten en familia y se solucionan en familia. Pero yo era mujer. ¡Soy mujer!, pero ser mujer no es hoy lo que era entonces. Entonces no existía el cupo femenino. ¿Pueden creeelo? La política en ese entonces era íntegramente cosa de hombres. A tal punto que no existía un sustantivo femenino para nombrar a una mujer que hiciera política. No existía la palabra senadora. Eran los señores senadores. ¡Ellos! Las mujeres no teníamos voz, ni voto. No es que no habláramos, todo lo contrario, hablábamos sin parar, como siempre. ¿Pero, por qué hablábamos sin parar? Porque nuestra voz en la política no tenía más valor que el gemido de un esclavo o el rebuznar de un burro. Nuestra tarea en la vida era quedarnos dentro del palacio, a la espera del momento de entrar en acción, es decir: de contraer nupcias y parir machos para entregarlos a la familia, a la empresa, a la ciudad. Por eso, porque mi voz no era una voz política, tuve que hacer lo que hice. ¿Mi tío había ordenado dejar insepulto el cadáver de mi

hermano para que los pájaros y los lobos lo destrozaran? Pues bien, me acerqué al cuerpo de mi hermano y lancé un grito salvaje, el grito de un pájaro que defiende a su cría; lo hice para que el guardia lo oyera, me viera, me denuncie. Gritando como un pájaro cubrí a mi hermano con tierra, desesperadamente. Lo inhumé. Lo hice humano de vuelta. Me sentí orgullosa. (La luz se apaga. Cuando el público aplaude pensando que la obra terminó se enciende nuevamente) No, no me aplaudan, no todavía. Porque ese no fue mi verdadero acto. Fue apenas la antesala. El acto tenía que representarlo sobre la escena. Exigencias del teatro. Lógica de la tragedia. Sobre el escenario la acción prohíbe la sangre y prohíbe la arena del combate, solamente debe haber acción en las palabras. ¡Ah, la catarsis! El público debe llorar o reír tan sólo por los parlamentos. El cine llegaría muchos siglos después. ¡Ay! Las películas de acción… Odio las películas de acción, las detesto. Está ahí todo a la vista, pura mostración, híper realista. La sangre chorreando por la pantalla. No dejan nada para la imaginación. Nunca podría actuar en una película. Lo mío es el teatro. Mi tío Federico decía que, si quería palabras, fuera al teatro, y si quería acción que fuera al cine. Creo que él nunca había ido al teatro de revistas, estoy casi segura de eso. Pura acción sin palabras, el teatro de revistas. Pero era tan formal mi tío, tantas cosas claras creía tener… Perdón, me salí del guion. Vuelvo. (El foco ilumina la figura del militar) El guardián me llevó a la rastra ante mi tío. Mi tío Creonte, el de la tragedia, no mi tío Federico, el de la comedia de mi vida. Mi tío Creonte se habría contentado con matar al mensajero, estoy segura; de hecho, estuvo a punto de hacerlo cuando fue el mensajero quien lo anotició del primer intento de sepultar a mi hermano, el intento

anónimo y fallido. Esta vez era necesario que alguien se hiciera responsable de desobedecer el decreto, la prohibición. Había que hacerle saber al pueblo que no fueron los dioses ni los vientos, que fue una mujer travestida en pájaro la que trajo justicia; que fue la niña, que fue Antígona la que enterró a su hermano. (sonidos de aplausos, ovación. La niña hace una reverencia y se sienta en el suelo un instante con los ojos cerrados. Luego se incorpora). Es el dramaturgo quien me hace decir aquí y ahora una frase que se volvió célebre, famosa. Miles de candidatas a actrices la ensayan sin descanso. Según cómo decís esa frase se decide si pasás la audición o no. Es una frase brutal. Tiene una fuerza que no está sólo en sus palabras, está en cómo se la vive, en cómo se compone el personaje, en cómo se interpreta esta escena. Porque es cómo se monta la escena lo que te lleva a decirla de un modo o de otro, según cómo la entiendas. No es una frase tan perfecta como to be … or not to be. A esa la podés decir de mil maneras, podés decir to be or… not to be. To be or not… to be. No, esta es una frase más simple. Y no se la puede convertir en una pregunta, como sí se puede con to be…?, porque esta, mi frase, es ya una respuesta. Respuesta a una pregunta. Mi tío me pregunta, y me lo pregunta mal, cuando el guardia me señala como la responsable de cubrir con tierra el cuerpo de mi hermano. Me pregunta, “¡eh, tú! la que agacha la cabeza, ¿confirmas o niegas que lo hiciste?” Yo levanto la cabeza y lo miro a los ojos. Tomo nota de su respiración agitada. De lo que diga depende si el castigo recaerá sobre mí o sobre el guardián. De mi respuesta depende el destino político de mi tío y el destino del honor de la familia. Podría negarme a responder, y así condenar al pobre guardia que tuvo que

denunciarme para salvar su pellejo. Podría simplemente mentir, inventar que también yo había oído el grito de un pájaro y visto que con el aletear frenético de sus alas había levantado tal polvareda que el cadáver de mi querido hermano quedó así cubierto y casi sepultado. Al fin de cuentas, el error ya había sido reparado, el cadáver ya gozaba de tener tierra encima, y el alma de mi hermano podría entonces descansar en paz, entregado a los dioses de abajo, los del inframundo. Pero no, el autor, el poeta, el dramaturgo me hace hacer otra cosa. Porque la frase que tengo que decir no es sólo una frase. Es un acto, un acto a la segunda potencia. Después de un silencio tenso y que debiera parecer eterno contesto: “Digo que lo he hecho y no lo niego”. Digo que lo he hecho y no lo niego. Voilà! Observen con cuidado la estructura del diálogo. Mi tío me hace una pregunta que propone una disyunción: una cosa o la otra, ¿confirmas o niegas? Como si me preguntara ¿to be or not to be? ¿Confirmas o niegas? Hubiera bastado con responder que sí, que lo confirmo, o que no, que no lo niego. Pero el guionista me fuerza a responder a una disyunción con una conjunción. No le basta que le dé valor de verdad a una parte de la pregunta y simplemente descartar la otra parte, no: quiere que responda a las dos. Que diga que sí lo hice y que diga que no lo niego. Pocas actrices reparan en este detalle. Yo lo hago porque, como les decía antes, no soy ducha en etimología, pero sí en lógica. Amo a Aristóteles… (En la pantalla el busto de Aristóteles) Responder a las dos partes de esa pregunta, lo reitero, con eso se alcanza el cénit de mi personaje, el momento cumbre de su monólogo, porque se trata de un acto a la segunda potencia. Ya que no solamente lo que diga decidirá la suerte de todos los

protagonistas, fundamentalmente la mía, sino porque ante la elección a la que cree forzarme mi tío, la de afirmar o negar, yo le respondo eligiendo afirmar y no negar a la vez, afirmar que lo hice, y, además, no negarlo. Que lo he hecho, afirmo así que eso fue en tiempo pasado. Y que no lo niego, afirmo así que eso es ahora, en tiempo presente. Mi respuesta actualiza el acto, lo hace valer de nuevo, ya no en las sombras de la noche, gritando como un pájaro herido, sino a la luz del día, frente a todo el pueblo, hablándole al rey con una soberbia aún mayor que la suya, hablándole como solamente una mujer puede hablarle. “Sí, lo hice anoche, como pájaro, lo confirmo”. “Y sí, no lo niego, lo hago ahora como mujer, como sobrina, como amante de tu hijo, como la primera mujer que alza su voz en la política”. La primera mujer política. Pero no se crean que con esto arreglé las cosas. No, qué va… Mi tío estaba tan enceguecido que me hizo acordar de mi padre. Necio, estaba. Iracundo como estaba su cuñado al tomar las peores decisiones. Mi tío no quiso discutir conmigo, no quiso debatir, argumentar y llegar a un acuerdo, como siglos después el entrañable Hegel quiso entender; como si pudiera superarse el conflicto entre dos posiciones inconciliables conservando algo de las dos. Negociando. No, mi tío no podía aceptar eso. Hubiera sido un gesto de extrema debilidad. Creonte, mi tío, creyéndose empoderado, dobla la apuesta: le dice a la multitud que yo fui insolente dos veces, la primera por desobedecer su edicto, la segunda por enfrentarlo. Me comparó con un caballo indómito, al que el buen domador sabría dominar. Me comparó con un esclavo, al que no se le permite tener pensamientos orgullosos. Lo ven, ¿no? Un discurso despreciable. Dijo que si el crimen quedara impune no sería él un hombre, sino que lo sería yo.

¿Yo un hombre? ¿Por qué querría yo semejante transformación? Ya fui pájaro, ya me trató mi tío como a un animal salvaje y como a un esclavo. Prefiero ser pájaro caballo o esclavo, es decir mujer, antes que hombre. No quiero ser hombre. ¿quién querría ser hombre si eso, mi tío, si eso es un hombre? Quizás porque tomó nota de mi desinterés por disputarle la hombría es que el diálogo pudo seguir un poco más. Hasta que él encontró cómo llegar a un final, al punto final desde el que ya no se podía tener retorno, desde el que ya no habría vuelta atrás. Él me dijo que el malvado no puede correr la misma suerte que el bueno. Yo le respondí que tal vez para los dioses del inframundo las cosas no se valorasen de ese modo. Parecía que el duelo podría seguir un rato más. Pero no, porque entonces sí, porque entonces llegó su proclama final a toda orquesta. Ahora es él el que grita, el que grita “el enemigo nunca es mi amigo, ¡ni aún cuando ha muerto!” Yo le replico que no estoy hecha para separar sino para unir, que no estoy hecha para el odio sino para el amor. Tonta de mí. Invocar a Eros en ese momento. Creí que con eso lo ablandaría, que se derretiría ante la simple mención del dios del amor, el que ha triunfado en todas las batallas. Si no podía mi tío doblegarse ante una mujer sin sentirse humillado, pensé que tal vez sí lo haría frente a ese dios tan poderoso. Pero no. Para evitar esa rendición es que mi tío elevó la apuesta, y creyó haber ganado el juego desafiando al mismísimo dios del amor. (La niña se dirige al militar, y mirándolo imposta una voz grave) “Si tenés que amarlos, andá para abajo, al inframundo, para amarlos ahí, que mientras yo viva no mandará una mujer”. Eso me dijo, eso dijo y me dio la espalda, me dio la espalda y se retiró de la escena. No sólo me condenó a la muerte a la que yo ya me había

entregado, sino que condenó a todas las mujeres a no poder participar de la política. A no participar, al menos como mujeres. Nos condenó a estar apenas en contra, en contra de los políticos. Porque él también sabía de lógica, y de falacias lógicas. Él también sabía que, cuando una mujer se pone firme, la opinión común quiere ver en esa firmeza un atributo viril, un falo. Nos llaman mujeres fálicas. ¡Habráse visto! ¿Es que acaso es necesario travestirse para que una mujer pueda hacer valer lo que piensa, para luchar por sus convicciones, como lo hizo Juana de Arco?, ¿es necesario travestirse para incidir en la política? Yo estuve mucho tiempo confundida porque no encontraba la manera de ser firmemente femenina sin parecer un hombre, y ese prejuicio machista me hizo errar el blanco muchas veces, y resignarme a que a una mujer sólo le cabe la denuncia, la oposición, la posición anti. Algunos creyeron, algunos hombres claro, creyeron descubrir que cuando una mujer se expresa con firmeza lo hace porque no está inmersa en la verdadera trama del poder, del poder real, que es el de los hombres; dicen que, siendo mujeres, sin tener responsabilidades ciudadanas, es fácil ser anti, anti lo que fuere, antivacunas como dije hace un rato, anticiencia como los terraplanistas, o anti-derechos. No, yo estaba errada. Estaba sometida al mismo machismo que denuncio, sometida porque me limitaba a declamar una posición anti. Así que les agradezco a ustedes haberse quedado hasta el final, haberme permitido hacerlos partícipes de mi error y de mi conversión. Permítanme decirles que cuando una mujer disputa el poder eso no la convierte en alguien que quiere ser un hombre, ni mucho menos. Las mujeres de hoy no envidiamos el falo, profesor Freud. Así como cuando los hijos desafían a sus padres tampoco eso

los convierte en pequeños perversos que quieren acostarse con sus madres. Nadie, ninguna mujer envidia lo que tienen o creen tener los hombres, créame. (Se ilumina la imagen de Freud) Querido Freud, habiéndolo amado tanto tengo ahora que ir más allá de lo que usted pudo llegar. ¿No cree que habría sido más fértil tomarme a mí como ejemplo, antes que a mi padre? Pero usted no lo hizo y, para colmo, usted construyó su teoría tomando a mi padre en tanto que hijo. Pero mi padre tuvo una vida después, él también fue padre, y por cómo se comportó como padre es que yo me vi obligada a actuar como actué. Mi padre desconoció al fin de sus días haber sido responsable de parricidio y de incesto, porque él no sabía. ¿Es lo mismo cometer un acto sin saber que sabiendo? Al final de sus días mi padre consideró que no, que en esa época no existía el saber inconsciente, y se despojó de la culpa. Brillante, ¿no les parece? Mi padre había sido un pobre iracundo que prefirió asumir la culpa porque no supo desafiar, no a los dioses, no al oráculo, sino a las lecturas banales que se hicieron sobre los oráculos. Entendió todo mal. No digo que yo haya entendido todo bien. Pero, al menos, sé algo más de lógica que lo que supo mi padre. Entendí que si hay una controversia eso pone a las partes en igualdad; si quieren podemos enfrentar a unos dioses contra otros, pero ningún dios tiene más jerarquía que otro cuando se enfrentan; podemos contraponer un discurso contra otro, pero nunca midiéndolos por el género de quien los pronuncia. Yo me tuve que inmolar, veinte siglos atrás, porque mi voz debió esperar hasta este tiempo para encontrar un eco, y un discurso. Pero ahora, ahora que encontré ese eco, ahora nadie me va a convencer de que yo, en tanto que hija, tenga menos méritos que mi

padre para que en mí se funde una ética. Una ética y, por qué no, una estética. Y, por qué no, una política. Hace algunos años un recién electo presidente de un lejano país cometió un lapsus. Dijo: “volveremos y seremos mujeres”. Quiso decir, claro, “volveremos y seremos mejores”. Pero no fue ni lo uno ni lo otro, lamentablemente. No es para disculparlo, pero ocurre que no se trata de ser, de ser hombre o mujer. Mejor dejar la cuestión del ser para entretenimiento de los filósofos, porque con eso del ser y la ontologia del ser-ahí ya vemos a dónde hemos llegado. ¿De qué se trata, entonces, si no del ser? Quizás se trate de que llegue el momento en el que el poder no empodere, que el poder no virilice, que el poder no corrompa. Ojalá llegue el momento en el que el poder, simplemente, feminice. (En la pantalla otro mensaje de un celular en griego) Y ahora los dejo, tengo una cita. Me encuentro con Aristóteles, mi querido e inmortal Aristóteles. Lástima que no sea Aristóteles Onassis, el magnate, pero bueno, ¡basta de griegos, con un Aristóteles alcanza! Mi querido Aristóteles, el filósofo, es ahora mi amante y mi maestro de lógica. ¡No crean que me quiero parecer a su alumno más famoso, a Alejandro Magno, no! No porque tenga menos agallas que las que él tuvo, pero sí es verdad que tengo menos pretensiones. Me conformo con que después de pasar la noche con mi amante él me explique, y me explique lógicamente, qué quiso decir Lacan con eso de que “la mujer no existe”.