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Icuerpo ,poder y justicia : La violencia institucional desde la perspectiva de generoINSTITUTO SUPERIOR DE FORMACION DOCENTE N51, PILAR. CARRERA: PROFESORADO DE EDUCACION SEC. EN GEOGRAFIA ESPACIO CURRICULAR: GEOGRAFIA DE GENERO PROFESORA: FLORES NATALIA C. ALUMNA: GONZALEZ CLAUDIA V. CURSO: 3°AÑO CICLO LECTIVO: 2026
. Cuando hablamos de violencia institucional, no debemos pensar solamente en la violencia física, sino también en aquellas situaciones en las que las instituciones —que deberían proteger y garantizar los derechos de las personas— terminan vulnerándolos. Esto puede suceder cuando se imponen decisiones, se juzga a alguien desde los prejuicios o no se escucha su voz. La película Belén nos muestra precisamente esto: cómo el sistema de justicia, la salud y las normas sociales pueden convertirse en una jaula invisible para una mujer que, lejos de recibir ayuda, fue juzgada, condenada y silenciada por quienes debían cuidarla. Su historia nos enseña que no siempre hay golpes; muchas veces hay silencio, demoras, indiferencia o leyes que no se cumplen. Esas formas de actuar —o de no actuar— también son violencia, porque generan daño, limitan libertades y profundizan desigualdades en el espacio que habitamos. Desde la geografía de género, entendemos que el espacio no es neutro: los lugares que transitamos y vivimos están construidos con relaciones de poder que muchas veces excluyen o subordinan a las mujeres. No es casualidad que la violencia institucional ocurra en espacios específicos: en una sala de hospital donde no se escucha a una mujer, en un juzgado donde los tiempos nunca llegan, en un barrio donde los servicios públicos desaparecen. Esos espacios no son solo escenarios, sino que forman parte del problema: reflejan y refuerzan las desigualdades de género que el propio Estado debería erradicar, pero que en muchas ocasiones reproduce. Mi propia experiencia me permite comprender esto profundamente. Al ir a denunciar a mi expareja por incumplimiento de la cuota alimentaria y por violencia económica y verbal, el abogado que me asignaron en el Juzgado de Paz de San Martín tomó mi denuncia y llamó por teléfono a mi pareja frente a mí, contándole lo que estaba declarando. En ese momento sentí mucho miedo: si él hubiera sido una persona agresiva, esa llamada pudo haber puesto en peligro mi vida. La institución que debía protegerme, en realidad, me expuso. También viví situaciones similares en el sistema de salud. En mi primer embarazo, la médica de turno me trató con indiferencia y malas formas cuando no reconocía lo que eran las contracciones, y me dijo frases que me hicieron sentir juzgada en lugar de acompañada. En el Hospital de San Fernando, durante mi segundo parto, la partera me respondió con burlas en lugar de ayudarme, y no recibí el apoyo médico necesario para avanzar en el trabajo de parto, lo que terminó provocándome un desgarro uterino. Estas experiencias me enseñaron que la violencia institucional no es algo lejano: ocurre cuando pedimos ayuda y no somos escuchadas, cuando somos juzgadas en lugar de contenidas, cuando el personal de salud o de justicia no cumple con su función de cuidar y proteger. El Estado, a través de sus organismos, la justicia, los servicios de salud y las leyes, tiene la responsabilidad de garantizar condiciones dignas de vida para todas las personas. Sin embargo, tanto en la historia de Belén, como en mis propias vivencias y en los casos que seleccioné, vemos que las instituciones a menudo reproducen desigualdades. La violencia institucional se manifiesta a través de la discriminación, la inacción y la impunidad: tratos desiguales por el hecho de ser mujer, la ausencia de respuestas oportunas y la falta de consecuencias cuando se vulneran derechos. Los casos analizados amplían lo que la película y mi propia experiencia nos muestran. Paola Ortiz permaneció más de trece años en prisión por una emergencia obstétrica, condenada por prejuicios de género similares a los que juzgaron a Belén. Los recortes en salud sexual y reproductiva limitan el acceso a derechos básicos, afectando principalmente a mujeres de sectores populares. Y las demoras de la justicia dejan a miles de mujeres esperando respuestas que nunca llegan. En todos, el denominador común es el mismo: las instituciones no cumplen su función protectora, y esa omisión también es violencia. Este ensayo fotográfico toma la historia de Belén como eje central, junto con mis propias vivencias y otras realidades, para mostrar que su caso no es aislado. A través de las imágenes, busco reflexionar sobre cómo la violencia institucional se instala en los espacios cotidianos, sobre la responsabilidad del Estado y sobre la urgencia de hacer visible lo que muchas veces se mantiene oculto. Desde una perspectiva critica reconocer que la justicia, la salud y las instituciones no funcionan igual para todos, es el primer paso para transformar esos espacios y lograr que, como en el caso de Belén, ninguna mujer quede sola frente al sistema.
puertas que se abren y se cierran,esperar justicia o respeto puede ser la espera mas larga
mujeres que piden ser oidas,pero las instituciones las dejan al margen,invisible tras un muro
Los espacios donde la violencia deberia terminar ,pero muchas veces recien comienzan
atadas por la violencia economica.una forma de violencia que limita la libertad y dificulta el acceso a la justicia
vidas guardadas entre papeles ,historias que esperan una respuesta que tarda en llegar
Mi cuerpo convertido en territorio.Cuando el espacio que deberia sanar se convierte en un lugar donde se pierden los derechos