Texto del párrafo (3)

“Te vi a los ojos bien Sentí cariño fiel Si me rompiera aquí Esperaría por ti” — Kevin Kaarl

Esto te lo escribo desde una parte de mi corazón y mi mente, donde llegaste y, sin querer, clavaste un ancla; a partir de ahí, no hubo nada capaz de quitarte de ese lugar. Es una noche tranquila en vacaciones de verano, a casi estar a un año de conocerte. Es increíble cómo pasa el tiempo pensando en ti, pero no importa, o al menos a mí no me importa cuando se trata de pensar en ti, escribir para ti y sobre ti, incluso hablar de ti, porque probablemente tenga ya hartos a todos con el mismo tema, pero de eso ya hablaré más adelante. Tal vez, un día, leas esto o tal vez no, y solo se quede en mi computadora y en mis pensamientos, así cómo todo eso que yo alcanzo a ver en ti...

I. Tú II. Yo III. Tú y yo

Tú No sé ni cómo empezar a escribir esto, y no porque no tenga que escribir, sino porque tengo mucho que decir; pero sé que describir lo que siento por ti en palabras, párrafos, hojas y hojas no es suficiente, ya que eso sería ponerle un límite bastante corto. Algunas veces recordamos a las personas por instantes, y en algunos casos las conversaciones que mantenemos con ellas, pero definitivamente contigo es distinto. Aunque no tenga la memoria para recordar exactamente todas las conversaciones que hemos tenido, sí tengo muy grabados todos los gestos que haces: cómo te expresas, tu voz coqueta, la forma en la que mueves las manos, la carita que haces cuando algo te saca de onda, el hoyuelo que se te hace en la mejilla derecha o cómo tuerces los ojos cuando algo no te parece. Algo me dice que tu intención en mi vida (si es que había una) no era hacer tanto ruido en ella; sería imposible que no lo hicieras, si desde el primer momento en el que te vi a los ojos, me perdí en ellos.

Si en algún momento me llegaran a preguntar por qué me gustas, seguramente no tendría una respuesta concreta; entre tantas cosas no podría elegir una sola, y no solo físicamente, porque tenemos bastante claro que algo que me vuelve loca de ti son tus ojos y tu hermosa sonrisa. Pero ¿cómo alguien comprendería lo más interesante que te vuelves cada vez que hablas, lo escuchada que haces sentir a una persona cuando te cuenta algo, así sea lo más mínimo? La manera en la que hablas de algo que te gusta, el cómo me cuentas un momento relevante de tu vida, por qué te gusta tal canción, cómo me cuentas de Kali, lo poco que me has contado de personas importantes en tu vida, el amor con el que me hablas de tu mamá, cuando te quejas de tus compañeros, entre más cosas, me hacen conocerte un poquito más a detalle, porque en cada una de esas conversaciones me doy cuenta de que, por más que me perdiera horas viéndote, no serían suficientes para poder admirar la gran mujer y persona que eres.

Si tuviera que escoger un recuerdo de ti, sin dudarlo sería una parte de tu nombre; no Fernanda, no te preocupes, no sería ese. Arana, esa parte que es tan de ti, tan único como tú; me gusta con todas las letras que lo componen, como a tu persona la componen tu increíble humor, tu buen estilo, tu excelente gusto, tu linda sonrisa, tu cabello largo y tus hermosos ojos. Probablemente quedó muy en claro que me gusta demasiado tu nombre desde el día en el que terminé trayéndolo en la piel. En mi vida cotidiana, donde quiera que esté, estas tú; tu nombre escrito en letras mayúsculas por todos lados, donde sea, con quien sea, a la hora que sea, te encuentro. Estás ahí, siempre.

El pensar en ti me genera preguntas: ¿cómo te ves cuando estás sola? ¿qué piensas? ¿qué sientes cuando me ves? ¿sientes algo? ¿qué te preocupa? ¿qué te hace feliz? Si un día me recuerdas, ¿cómo será ese recuerdo? ¿Me piensas cuando andas grifilla o cuándo no, también? ¿qué tanto conozco de ti? ¿hay alguna canción que te recuerde a mí? ¿te gusta que insista? ¿cómo es la versión que tienes de mi en tu cabeza? Y tengo muchísimas más preguntas, tal vez algún día me las contestes, o no, o nada y no sepa la respuesta y eso me genere más. Entre más cosas que me generan intriga de ti, es: ¿cómo te veías de pequeña? ¿Cómo era esa Fernandita, además de coqueta y volada con los niños del kínder? Ya sé que obligabas a los gatitos a que estuvieran contigo, que no te aguantabas las ganas de ir al baño, que te vestían bien bonito y que siempre tuviste la misma sonrisita preciosa, pero aún tengo duda de si eras de las que hacían berrinches, si rescatabas bichitos o de las que sorprendían con fitsitos exóticos.

Si fueras una hora del día, para mí serías entre las 6:00 y 6:30 de la tarde con un clima soleado, ¿por qué esa hora en específico? Verdaderamente, creo que es una hora que transmite mucha paz en mi casa; no solo porque justo en ese momento hay un silencio tranquilo y todo está en su lugar, con la luz del sol que se va metiendo donde incluso la ilumina y entra un rayo que da directamente al comedor, es una luz cálida, sino también porque, entre más pasan los minutos, el sol se va metiendo cada vez más y, junto con él, van apareciendo colores más lindos en el cielo. ¿A qué viene esto? Tú me haces sentir toda esa paz que tengo en ese momento, tú eres la luz cálida que entra a mi casa; eres la mejor hora del día para mí.

Si un día te olvido (que es muy poco probable), podría empezar a recordarte por tus gustos: por tu gusto por el mar, por los perritos, por los gatos, por el color rosa en las flores, por esas flores en específico, por los chocolates blancos, por las paletas de coco o de limón, por la mafia del amor, por el arte, por andar descalza, por la cerveza dos equis, por traer las uñas lindas, por traer tu pelo bonito, por tener tus cejas bien hechitas, por echar chismecito, por las velas de lichi, por jugar plantas vs zombis y por todas esas pequeñas cosas que he ido guardando en mi mente; pero no es necesario olvidarte para poder recordar esa versión de ti que vive en mí. Algo muy especial de esto es que no me tengo que esforzar por recordarte; solo estás ahí, en mis pensamientos. Como si de alguna manera hubieras encontrado una forma de seguir presente incluso cuando no lo estás.

Ya mencioné tus ojos, sí, pero no lo suficiente para describirlos a detalle; digo a detalle porque me los sé de memoria: la luz que transmiten, el café perfecto de ellos, tus bonitas pestañas, cómo se te abren cuando me dices que no te haga cosquillas o que no te agarre el estómago, lo chinitos que los tienes y cómo se te hacen más cuando sonríes. En específico, todo eso hace que me gusten cada vez más cuando los veo. Estoy segura de que, aunque cuando nos conocimos me vieras tanto y no les haya puesto tanta atención por los nervios que tenía, sabía que tienes unos ojos únicos; porque, junto a todo eso que los adorna aún más, hay que agregarle tu mirada, tu linda mirada, que cada vez que hacemos contacto visual, me pierdo machín y lo podría hacer todo el tiempo, pero también cuando los veo no puedo evitar ponerme nerviosa y, seguramente, si se los regalas a mis hijos, así como tu personalidad coqueta, me seguirían causando el mismo efecto.

He visto muchos ojos, y seguramente voy a ver muchísimos más, pero no tiene sentido porque ningunos tienen la misma luz que los tuyos, ni mucho menos se van a quedar en tantos recuerdos, así como esos preciosos que tienes tu y ninguna otra mirada me dirá tanto como lo hace la tuya. Sé que podría llenar paginas completas de lo únicos que son tus ojos, pero también sé que siempre te digo cuanto me gustan entonces no quiero que eso te canse. Como lo dijiste alguna vez, no te conozco mucho, pero con lo poco que lo hago y tus ojos, son razones suficientes para elegir una y otra vez enamorarme de ti.

Creo que nunca lo he dicho, pero tu manera de pensar me llama mucho la atención porque, siempre tratas de hacer las cosas correctamente y eso me gusta, aunque por eso exista tu mayor pretexto para estar conmigo. Me he dado cuenta de que no solo me gusta lo que es fácil de ver en ti, sino el darme cuenta de como ves la vida; tus certeras opiniones, donde me dejas ver un poco de cómo funciona tu cabeza, hacen que se me haga algo muy interesante escucharte hablar de cualquier cosa, porque me doy cuenta de lo inteligente que eres, y que no solo es académicamente, sino también en la vida. Tus ganas de siempre querer más es algo que siempre me ha sorprendido de ti.

Una vez mencionaste que no entendías por qué me gustabas si nunca te había escuchado reír; entre más cosas, ahora entiendo la importancia de hacerlo. Me gusta el sonido de tu risa, me gusta escucharte y hacerte reír. Siento muy íntimos esos momentos; aunque sé que lo puedes hacer con quien sea, sigue siendo algo que me hace sentir bonito escucharte. Creo que las veces que te he escuchado han sido muy genuinas y eso las hace más especiales. Espero que siempre tengas un motivo para reír y, si no es así, búscame para picarte las costillas. Hay algo en escucharte reír y hablar que me agrada bastante, pero nunca me ha resultado incómodo un silencio contigo; disfruto mucho de ese silencio cuando estamos acostadas en tu cama y solo tenemos de nuestra compañía muriendo de calor.

No sé cómo hayan sido todos tus anteriores cumpleaños; espero que cada uno de ellos haya sido especial y bonito, porque, como te lo dije, una persona increíble como tú se merece cosas increíbles. Ten por seguro que en todos los próximos cumpleaños te van a llegar florecitas, porque creo que es lo mínimo que te puedo dar en un día tan mágico como lo es tu cumpleaños; estés en Pachuca, en tu rancho, a mil millones de kilómetros de mí, me hables o no, siempre, en todos tus cumpleaños, estarán ahí esas flores que más te gustan.

Hay canciones, lugares, pinturas, horas, colores, atardeceres, amaneceres, poemas, aromas y pequeños detalles que pasan en mi día a día que me recuerdan a ti; aunque sean lo más insignificante, siempre me llevan a ti. Te encuentro en canciones, aunque no siempre transmitan un mensaje en específico, sino porque algunas simplemente tienen un ritmo que me lleva a pensar en tu forma de ser: vibrante, única, capaz de hacer sentir mucho en pocos segundos. En lugares donde ni siquiera hemos estado juntas, pero tienen algo que me provoca sentir lo bien que encajarías ahí, como si hubieran sido diseñados para guardar un recuerdo contigo. Los colores porque, aunque no pueda definirte en uno solo, hay varios que me hacen sentirte ahí, pero más en los que destacan entre todos por la intensidad que tienen y que persisten en la memoria.

Hay días en los que se nota tu ausencia; no, no porque me deprima o no tenga ganas de hacer cosas, no se siente como algo feo, más bien porque se sienten espacios vacíos del día o de mi vida, donde simplemente me gustaría que estuvieras. No sé, tal vez abrazándome, regalándome un rico beso, dándome cariño o simplemente que estuvieras ahí. A veces son días, noches y madrugadas que se me pasan así, sintiendo la necesidad de tenerte cerca, como si de algún modo estuviera acostumbrada a solamente estar así, acostumbrada a ti. Acostumbrada a que me hagas sentir los momentos más completos; no hay un rato en específico, pero tampoco hay ninguno en el que no quisiera que estuvieras.

Podría escribir más páginas sobre ti, solo sobre ti. Quizá nunca termine de explicar todo lo que tengo en mente sobre, porque siempre hay algo nuevo: algo que aprender, algo que preguntar, algo tuyo. También, quizá nunca encuentre la manera correcta de describirte; entre tantas virtudes, tal vez siempre olvidaré mencionar alguna que conozca. No podría considerarte una persona efímera en mi vida, como tú me pides; no podría porque, para bien o para mal, me has dejado muy marcada. Sé que es lo que menos querías, pero sería casi imposible, incluso si te recordara como un sueño, porque serías de esos que llevas en la mente todo el día, recordando a detalle lo que pasó, lo que te hizo sentir, dudando de qué hubiera pasado si siguieras durmiendo, si lo que seguía era lo que esperabas o si te iba a dejar con la duda del ¿por qué? Nunca he visto un problema al pensar en ti, pero escribiendo esto puede ser que encontrara uno: nunca he podido hacer que ocupes menos espacio en mi mente.

Te quiero a las diez de la mañana, y a las once, y a las doce del día. Te quiero con toda mi alma y con todo mi cuerpo, a veces, en las tardes de lluvia. Pero a las dos de la tarde, o a las tres, cuando me pongo a pensar en nosotros dos, y tú piensas en la comida o en el trabajo diario, o en las diversiones que no tienes, me pongo a odiarte sordamente, con la mitad del odio que guardo para mí. Luego vuelvo a quererte, cuando nos acostamos y siento que estás hecha para mí, que de algún modo me lo dicen tu rodilla y tu vientre, que mis manos me convencen de ello, y que no hay otro lugar en donde yo me venga, a donde yo vaya, mejor que tu cuerpo. Tú vienes toda entera a mi encuentro, y los dos desaparecemos un instante, nos metemos en la boca de Dios, hasta que yo te digo que tengo hambre o sueño. Todos los días te quiero y te odio irremediablemente. Y hay días también, hay horas, en que no te conozco, en que me eres ajena como la mujer de otro. Me preocupan los hombres, me preocupo yo, me distraen mis penas. Ya ves. ¿Quién podría quererte más que yo, amor mío? -Jaime Sabines

Yo Esto será más extenso, claramente, porque me toca escribir sobre lo único que puedo explicar por completo: lo mío, sobre ti. Tengo bastante claro que nunca pensé en llegar a escribir todo esto; no me entiendas mal, es porque nunca me imaginé llegar a enamorarme hasta este punto. Sé que, por más que haga, si no te lo decía, nunca ibas a entender el porqué de tanto sentir por ti, y creo que ni así se puede comprender. Pero también, ¿cómo se supone que empiece a hablar de una sola cosa cuando me haces sentir tanto? Cuando te vi por primera vez, puede ser que jamás se me cruzó por la mente enamorarme de ti, pero hubo algo que, desde que empecé a hablar contigo, me atrapó y, desde ese momento, no me suelta. Pensé, al igual que tú, que sería pasajero y que, si dejáramos de hablar no me importaría, pero obviamente no fue así. Recuerdo muy bien las veces que llegamos a hablar por teléfono y tu risita a través de él, hay cosas que, por más mínimas que parezcan, hacían que se me hiciera imposible querer dejar de hablar contigo. Si te soy sincera, yo tampoco esperaba ser paciente, pero vuelvo a lo mismo: entraste más de lo que imaginé a mi cabeza.

Tuve una conversación con mi tía sobre ti en la que hubo un momento en el que se me quitaron las ganas de insistir, y no por ti, sino porque me hizo una pregunta que me puso a pensar de más: Y tú, ¿qué le ofreces? No respondí, porque hasta el momento sigo buscando la respuesta, y no porque verdaderamente no tenga qué ofrecerte, sino porque cuando pienso en dártelo todo, no se me hace suficiente absolutamente nada, ni siquiera el amor que te tengo. Y eso es raro, porque sabes que me muero de amor por ti. Nunca había pensado en eso; simplemente sabía que, aunque no me lo pidieras, te iba a dar todo aquello que estuviera en mis manos: mi tiempo, mi apoyo incondicional, mis ganas de escucharte, mi atención, mi preocupación por que estés bien siempre, mi compañía, mis ganas de resolverte la vida, todo de mí hasta que no quede nada.

Cuando te conocí, era una persona completamente diferente. Y no por el típico cliché de que tú me llegaste a cambiar, no, no fue así, sino porque comprendí, por primera vez, que no todos pensamos igual. Obviamente, yo ya lo sabía, pero me refiero a que no todos vemos la vida igual y a que hay veces que simplemente es mejor no decir nada; que no todos compartimos las mismas ideas y que no siempre, por más que parezca fácil hacerlo, es lo correcto. Creo que justamente nunca lo he hecho, pero gracias; gracias por ponerme un límite incluso cuando insisto de más en que no lo hagas. Mi única molestia es que siempre me dices lo que no quiero escuchar, pero sé que, cuando sea posible serás la señora correcta conmigo, entonces, no me incomoda en lo absoluto. Me ha costado mucho, pero tengo que respetar esos límites que me pones, porque, obviamente también es parte de querer a alguien, lo empezare a hacer, aunque hay muchas veces donde quisiera que las cosas fueran distintas.

Debo confesar que, a mis cortos y extraños 17 años, me han gustado muchas personas y me he enamorado muy pocas veces; pero, sin dudarlo, es la primera vez que estoy tan enamorada como lo estoy de ti. Es la primera vez que siento tanto hasta querer llorar, la primera vez que regalo flores un día cualquiera, que me nace querer hacer y deshacer por alguien; es la primera vez que pienso en una persona incluso sin querer hacerlo. Eres mi primer y último pensamiento del día, siempre; desde la vez que te conocí, sin duda alguna sé que todos los días eres la última imagen que está al cerrar mis ojos. Te lo he dicho muchas veces: me gusta sentir por ti, lo que me haces sentir; me haces sentir todas esas emociones que clasificamos como positivas a tope, me haces sentir feliz, emocionada, comprendida, en paz, simplemente me haces sentir.

Creo que es muy notable, pero soy muy sensible cuando se trata de ti; hablo de que me emocionan cosas que son muy comunes: que me tomes de la mano, que me cuentes de algo que hiciste, que me hagas cariñitos en el cabello, entre más. Y eso no tendría impacto en mí, pero contigo especialmente se siente diferente, como si tuvieras un no sé qué en las manos, en las palabras, en ti que todo hace diferente, y ese no sé qué me gusta demasiado. Puede ser que por eso mismo recuerdo tanto de ti o contigo, seguramente cosas que no consideres relevantes. Eres de las pocas personas que me alegran, las que me emocionan y que me hacen sentir con cosas tan simples, como verme, sonreírme o hablarme.

Regresando a las conversaciones que he tenido sobre ti, han sido muchas, pero te puedo decir que las últimas han sido las más especiales, porque son aquellas en las que te puedo describir completamente (o no sé porque hasta las palabras parecen insuficientes) pero ahí es donde las personas con las que platico se pueden dar cuenta de lo mucho que me gustas y lo importante que eres para mí. Porque esas veces que hablo de ti son las mismas veces que menciono la increíble persona que conmigo has sido, lo mucho que me gusta verte, compartir cosas relevantes contigo y compartir un poco de la gran mujer que eres. De todas esas veces en que mis amigos me han visto con los ojos llorosos por todo lo que me haces sentir, nunca ha sido por tristeza, sino que siempre tengo algo objetivo que decir de ti y de lo que me haces sentir; o más bien, trato de explicarlo, porque no sé qué me haces sentir con exactitud; solamente sé que siento mucho y que me hace sentir bien.

Si ahorita, aun sabiendo que me faltan muchísimas cosas por vivir, experimentar y sentir, me preguntaran qué es el amor para mí, contestaría que eres tú en mis ojos, mi reflejo en los tuyos, las tardes en las que estamos juntas y no me quiero ir, las noches en las que me desvelo pensando en ti, las conversaciones que quisiera que nunca tuvieran un final y esos momentos de tranquilidad que encuentro en tus brazos. He comprendido que puede ser que el amor sí se encuentra en el estar junto a una persona muchísimo tiempo, pero también en las cosas que parecen simples y, al final, no lo son cuando las ves en la persona que te hace sentir el tiempo lentísimo; sin embargo, siempre quisieras un minuto más con ella. Si me preguntaran del amor, simplemente hablaría de las veces que estás en mi mente sin siquiera yo llamarte y de las incontables ganas de compartir mi vida contigo.

He perdido la cuenta de las veces que me has dicho que no. La mayoría me hicieron insistir de más y otras, cuestionarme si era lo correcto seguir siendo persistente, pero ninguna hizo que se me quitaran las ganas de seguir aquí, ni que me dejaras de gustar. De hecho, hasta cariño les agarré. Creo que hubiera sido más sencillo si en algún momento hubieses sido indiferente conmigo, porque puede ser que no me habrían quedado ganas de esperar: tiempo, acciones, esperar algo de ti. Me ha costado un poco, pero he entendido las circunstancias y los porqués detrás de cada “no”. Han existido días en los que me he frustrado; claramente nunca me has obligado a estar y no quiero que pienses que me molesta, sino que me frustra el tiempo, la situación, el que las cosas no sean tan sencillas como tantas veces he querido. Nunca me frustraste tú; sé que has hecho lo posible por siempre ser sincera conmigo.

Me gusta haberte cambiado de compañía; de otra manera no estaría escribiendo esto. Me gusta haberte conocido en ese momento de mi vida, pero no te miento, me hubiera encantado conocerte en otro momento, uno en que tal vez ya tuviéramos todo resuelto, uno donde tú no cargaras con tanto y yo no fuera tan tibia, donde fuera mayor de edad; pero a veces me pongo a pensar que eso es lo que lo hace más interesante, más tuyo y mío. Quizá ese es el por qué detrás de todo, detrás de esperar, porque nunca he esperado por costumbre, sino porque en todos esos “no” te sigo encontrando a ti, encontrando a la persona que hace que siga queriendo esperar.

Probablemente una de las cosas más voladas que he hecho en general fue rayarme tu tag, pero mientras que a ti, a mis amigos y a la morrita que me lo estaba haciendo les parecía raro, loquísimo o como lo quieras clasificar, a mí hasta el momento nunca me pareció de esa manera. No me lo tatué por creer que tenía el futuro asegurado, ni porque pensara que las cosas iban a funcionar o a ser exactamente como yo quería, mucho menos porque esperara algo a cambio. Me lo hice porque, no importa qué pase, no importa si nos vamos de la vida de la otra o si regresamos, si quedamos bien o no, si les agarro rencor a tus ojos o los sigo amando hoy, mañana y siempre, quería que quedara claro que siempre iba a estar una parte de ti en mí. ¿Y por qué no hacerlo con tu nombre en mi piel? Puede ser que sí, nada más es tinta en la piel, pero para mí es el tatuaje con el significado más cabrón que tengo. Porque me hubiera encantado que fuera el primero, pero parece que es el único que tengo. Además de que está precioso.

He pensado que quiero aprender muchas cosas; no hablo de habilidades, conocimientos o algo así, bueno, sí, pero ese no es el chiste. Hablo de aprender a leerte. Aunque nunca he leído un libro completo, quisiera que tu manual fuera el primero. Quiero aprender a escucharte mejor, a entender cuándo necesitas que te acompañen o cuándo prefieres estar sola. Conocer qué cosas te hacen feliz en días pesados. Aprender a quererte de la manera correcta, porque a mí me nace hacerlo de una forma, pero tal vez esa no sea la indicada ni la que a ti te gustaría. A veces uno quiere tanto que asume que lo demuestra lo suficiente, pero tal vez no sea así si no sabemos cómo lo recibe la otra parte. Quiero aprender todo de ti, mujer; me gustaría entender y aprender verdaderamente quién eres, y no solamente la persona que me imagino. Aunque no lo sé, porque tu pareces un libro sin fin, que sin duda siempre te leería una y otra vez.

No sé cómo me vas a recordar con el tiempo. Al final, no depende solo de mí. Cada persona guarda lo que más la marcó. Sin embargo, si yo pudiera escoger cómo ser recordada por ti, creo que lo tengo muy claro. Me gustaría que me recordaras como la persona que, siempre que encontraba detalles de ti, se sentía la persona más afortunada por tenerte en su vida; como aquella que, cada vez que te veía a los ojos, sentía eso que ni ella misma podía explicar; quien nunca tuvo que fingir absolutamente nada contigo, que todo lo que dio de sí fue sincero y genuino. Y como alguien que siempre fue transparente contigo, porque siempre sentí la libertad y la confianza de ser exactamente quien soy: con todo y errores, con berrinches tontos, momentos de inmadurez, mis celos y mis dudas. Si un día el tiempo empieza a hacer lo suyo y empiezas a perder detalles de eso, espero que no olvides que nunca tuve que esforzarme por quererte. Que jamás me costó volver a escribirte o volver a buscarte, volver una y otra vez a ti.

Jamás aspiraría a que me recuerdes al cien por cien; tengo muy claro que de esto se trata la vida, que por más que te aferres a un lugar nos terminamos yendo. Solamente quisiera que me recuerdes, que si alguien descubre que coincidimos en esta vida y te pregunta de mí, le contestes con sinceridad que fui una persona más en tu camino, pero que te quise con mucha honestidad, que siempre encontré paz en tu compañía, que disfrutaba escucharte hablar de cualquier cosa y que probablemente me quedé con muchísimas ganas de seguirte conociendo. Que cada que se trataba de ti nunca oculté todo lo que sentía y que si, siempre te busqué con la mirada más fija que nunca había tenido. Que recuerdes mis oraciones mal formuladas por lo nerviosa que me pones, mi manera de ver la vida y cómo nunca me importó cuántos años me llevaras, y que no importaba dónde estaba, siempre buscaba tu mirada. Y si un día solo me toca quedar como un vago recuerdo en tu mente, espero que sea lindo y que lo único que recuerdes sea que cada momento que viví contigo fue con el corazón completamente enamorado.

No sé quién te ama, Fernanda, ni a quién ames. La verdad, tampoco me corresponde saberlo. Hay cosas que nunca me pertenecieron y sentimientos de los que nunca se habló y que solamente tú conoces. Lo único de lo que puedo hablar con certeza es de los míos. No sé cómo me veo a tus ojos, si en algún momento me pensaste en la misma frecuencia en la que yo lo hacía o incluso si en algún momento llegaste a hablar contigo misma de lo que pasaba entre tú y yo. Con el tiempo aprendí que hay preguntas que no siempre tendrán respuesta, no porque se esconda esta, sino porque no están hechas para ser respondidas. Por eso mismo, siempre hablaba de lo que sí sé. Sé que nunca fue labia, sé que una conversación mínima contigo me cambiaba siempre el estado de ánimo, sé que aprendí muchas cosas sobre mí que de otra manera no sé si hubiera aprendido.

No sé quién seré dentro de unos años, ni a dónde me lleve el camino que estoy tomando. Pero si la vida, el destino, Dios o quien sea quiere que nuestros caminos sigan coincidiendo, espero ser una mejor persona de la que soy hoy. No ser distinta, simplemente ser más madura, más paciente y más capaz de darte esa tranquilidad. Si dentro de uno, dos, tres o los años que sean suficientes volvemos a coincidir, verás que, si hubo un cambio en tal vez todo, lo único que sé que quedará intacto será la forma en la que te miro y con la que siempre te voy a querer.

Tú y yo ¿Tú y yo, o nosotras? Un sabio dijo: “I say we sound better than you or me”, y hay razón en esa frase. Sin embargo, nunca me he atrevido a utilizarla contigo. No porque no me parezca una buena idea ser nosotras, sino porque, sinceramente, nunca sé en qué momento empezar a emplearla o si simplemente no existe en esto que pasa entre tú y yo. Nunca sentí la necesidad de preguntarlo, aunque en algunos momentos te sentía tan mía que llegué a pensar que, si era así, solamente éramos nosotras. Nunca supe que fuimos, o si fuimos algo, pero sí sé lo que no éramos: no éramos algo cotidiano donde se forzaba la comunicación o el sentir; sé que no era así porque nunca se sintió una plática vacía. Sé que tampoco éramos esas que solo comparten cosas interesantes o importantes; contigo comprendí que hasta lo más insignificante se puede compartir: avisarte que llegué a mi casa después de haberme sentido en casa contigo, mandarte una foto de cualquier cosa o hablar de algo que simplemente no le habría contado a alguien más.

Nunca voy a olvidar el verano en que nos conocimos, pero mucho menos de la primera vez que nos vimos después de conocernos; de acordarme me da pena lo tibia que me vi esa vez y todas las primeras veces en las que nos veíamos, como el nerviosismo me consumía, me ganaba. Nunca me había preocupado tanto de hacer algo que incomodara, decir algo fuera de lugar o no tener de qué hablar; al final todo eso me pasó, existieron momentos donde me quedé completamente en blanco. Cada que te veía había de dos: me perdía entre tanto que quería decir o simplemente hablaba de más, ni hablar de ese abrazo. Perdóname por hacer las cosas tan incomodas. Si tuviera la oportunidad de regresar a esos momentos, lo haría; y tal vez no cambiaría mucho, solo me gustaría estar más tranquila, disfrutar más de ti, verte más y no morir de pena.

Puede ser que los viernes estén destinados a ser ese momento para compartir tiempo entre tú y yo. Nos conocimos un viernes, nos volvimos a ver un viernes y después te volví a ver otro viernes, pero aún no sé si me gustan más los viernes o los miércoles, porque, aunque tuviera más tiempo para estar contigo los viernes, los miércoles lo disfrutaba más porque era tiempo contado; pero siendo sincera, nunca me importó cuánto tiempo era para verte. Así como ese día entre muchísima gente era casi imposible encontrarnos, me alegré bastante de verte 10 minutos contados; así sean 10 minutos, 1 o 5 horas, disfrutaba mucho de vernos, estar juntas, reírnos, hablar. No importa qué día era: miércoles, jueves, viernes; no importa si era de día o de noche, todo parece eterno cuando estamos tú y yo solamente, donde las nubes parecen que se mueven lentísimo y el aíre parecía no soplar.

Me gusta mucho caminar a tu lado, no dejarte caminar del lado de la orilla, casi siempre darte el paso y, cuando tenía oportunidad, tomarte la mano. Aprendí a andar un poquito más lento; no me había dado cuenta de que caminaba tan rápido hasta que tú lo notaste; desde ahí, empecé a caminar más lento. De alguna forma parece mejor: así más tiempo tocaba tu mano o se hacía más largo el camino. Contigo los caminos duraban muy poco, pero lo chidito era ese momento antes de llegar al lugar, donde no había prisa por sentarnos, despedirnos o cualquier cosa que tenía que pasar después de llegar. Mi camino favorito contigo, sin duda, es de la entrada de la privada a tu cuarto, porque ese mismo camino es el que me llevaba a tus brazos y ese mismo es el que lleva tus labios a mi cara.

Esos abrazos que me dijiste que no te gustaban se volvieron mis favoritos. Los primeros, sé que fueron medio torpes, duraban muy poco tiempo y ninguna de las dos sabíamos cuánto era suficiente; había duda de cuándo hacerlo y cuándo soltarnos. Después, cuando dejaron de ser saludo o despedida, se hicieron más especiales; cada vez que te veía no podía esperar más por ese primer abrazo, me hacen sentir que por fin estamos juntas. Debo admitir que los primeros me gustaban, me emocionaban a pesar de que eran raros, pero los que se hicieron costumbre me gustan más porque ya sé dónde poner las manos y cuánto tiempo es el indicado; siendo sincera, no me parece que lo correcto sea un tiempo en específico: entre más cerca estemos, mejor. También se hicieron más cálidos, más cómodos, más tuyos, más míos. Creo que tú sabes bien que, si tuviera que elegir uno, sería ese donde estás entre mis piernas mientras mis brazos rodean tu cintura y tus manos están agarrándome la cara o perdiéndose en mi cabello antes de regalarme un beso.

Ahorramos muchos besos, estoy casi segura de eso; besos que se quedaron en miradas largas, que se quedaron en segundos donde se dudó muchas veces de hacerlo o no. No sé si era pena, nervios o cobardía. Lo único que sé es que, en esos momentos donde solo nos quedábamos frente a frente, esperando que alguna de las dos hiciera algo, simplemente nos abrazábamos o desviábamos la mirada; y aunque no te lo decía en ese momento, solo esperaba un beso tuyo. Cuando por fin llegó ese glorioso momento en que sentí tus labios con los míos, supe que valió sin duda cada minuto de espera. No sé cómo describir esos ricos besos que solo me das tú; cada uno fue diferente, especial y, de alguna manera, se convirtieron en algo que recuerdo y extraño todos los días con mucho cariño. Mis favoritos son esos donde nos vemos por mucho tiempo, te empiezas a acercar y nos besamos; esos que son lindos que duran poco, pero que son bonitos porque se siente algo inexplicable, aunque no te voy a negar que me encanta cuando duran más, donde tus manos me agarran la cara y las mías se funden en tu cintura, en tu bonita cintura.

Puedo describir momentos que pasamos juntas a la perfección

Te amo siempre, preciosa.