Un retrato para el capitán Fabián Ezequiel Cortez

Un retrato para el capitán Fabián Ezequiel Cortez Érase una vez un retratista escribiendo sobre sus últimas dos semanas. Coleccionó en su bitácora la descripción de calles; la ausencia de mascotas. Destacó las veces que los lugareños se lo quedaban viendo: globos saltones amortiguados en un rostro chupado. Noches de niebla, cuya espesura confundía hombres con no muertos. Un día se levantó tras una noche insomne. Desayunó, escribió en su cuaderno y partió hacia el muelle. Las cabañas apestaban a alcohol, y sin quererlo, vio a uno que otro niño cazando ratas. Pasada media hora, llegó a la fragata y accedió a cubierta. Su mirada desfiló. Buscó al hombre desaparecido, en vano, y recordó lo que había sido de él: trece noches atrás, en el camarote del capitán, Bartolomé componía el bosquejo. Le embargó la urgencia, se disculpó con Barba oscura y abandonó el caballete. Justo poníase en pie cuando el esclavo entró. ––Señor, tenemos un problema. ––Al demonio los problemas ––escupió Barbaoscura––. Encárgate, estoy ocupado. ––Pero, señor, es urgente.

––Dilo, qué esperas. Si no lo puedes resolver, al menos dime qué ocurre. ––¿Recuerda al negro que se nos unió en La Habana? Se niega a quitar el hollín de los cañones. Dice que alguien los vomitó. También aseguró que cuando pudiera se volvería corsario. ––Un infeliz. Hágale entender lo siguiente: si no deja los cañones relucientes yo mismo le volaré el cráneo cuando arribemos en Puerto Real. ––Entendido, Capitán ––dijo, antes de salir. ––¿Y tú qué esperas? La letrina está en popa. Desaparece. Al poco de visitar la letrina, Bartolomé accedió a cubierta. Allí fue testigo de cómo dos tripulantes arrastraban a otro. El pobre hombre, colgado al cuello, traía un forro de piel. Consultó sobre el incidente con el Capitán, a lo que Barbaoscura alegó: ––Mandé al negro que llevara bacalao al pueblo. El pescado podrido les vendrá bien, hace meses que no pescan nada. Acabada la reminiscencia, Bartolomé, de cuerpo quieto, pero mente nómada, trató de encontrar más rostros desaparecidos. Ni en babor ni en estribor halló nada. A hombres como aquel negro parecía habérselos tragado la tierra. Se hizo con las cabinas y entró en el camarote. Insuficiente era el fulgor de las velas hasta para Barbaoscura, quien parecía no tener rostro. ––Bienvenido de nuevo, españolín. Sigamos donde lo dejamos – –con suerte podía tenerse en pie. ––Primero necesito que me responda una pregunta, Capitán. ––Te contraté para pintar, no para pensar. Maldición, sólo cuando te pida una pregunta te permito dármela.

––¿Qué pasó con los tripulantes que mandó al pueblo? ––No te importa. ––¿Siguen vivos? ––insistió Bartolomé. Sintió el cuerpo como un témpano. Barbaoscura no contestó. ––De por entendido que, si están muertos, nunca volveré a hacer un retrato para usted. ––¡Ja! Lo admito, tienes más agallas que un español y un británico juntos. Eso amerita algo de sinceridad ––el pirata se inclinó hacia el calor de una vela y la observó consumirse. De pronto, pareció el hombre más sobrio que Bartolomé conoció jamás––. En una villa de pescadores no poder atrapar ni un bacalao debe ser duro, ¿no le parece? ––Capitán, ¿dónde están los tripulantes? ––En el pueblo. Siguen en la isla ––su tono de a poco se agravaba––. Y estará con ellos muy pronto si no continúa con la pintura. Bartolomé redactó la discusión un millar de veces. Se obsesionó y sobrecargó su bitácora con descripciones grotescas de la isla. Exageró las órbitas inyectadas en sangre de los rostros cadavéricos. Especuló sobre bocas relamiéndose a su espalda. Hasta imaginó los infortunios sufridos por los hombres y mujeres que contradijeron los caprichos de su señor. En cuanto al Capitán, no se atrevió a confiar en él ni uno solo de los días que le costó finalizar la pintura. Bartolomé cerró su bitácora transcribiendo la conclusión del pirata:

––No conoces a los lugareños, forastero. Y que me lleve el diablo si no los conozco como la palma de mi mano ––la esperanza finalmente se consumió––. Son pirañas que pescan peces. Son la hambruna que nos dejó el mar. Este texto es parte del libro “Inmarcesibles pesadillas” de Fabián Ezequiel Cortez. Conseguilo con -20% en https://wa.me/p/27680052761633573/5492612790938